jueves, 17 de octubre de 2013

Gracias a ella...

Era una mujer sabia, una maestra. Una consejera como pocas. 
Llegaba al salón entre el bullicio del desorden hormonal y los chasquidos molestos de la goma de mascar. Su clase era en la tarde, cuando el estómago se apodera de la sangre, necesitada urgentemente en el cerebro para no ceder al sueño del almuerzo. Prestar atención a una clase de literatura se vuelve un reto con el buche lleno.
Eran las dos de la tarde cuando abría su pesado volumen de "El Quijote", con la esperanza de que el nuevo día nos hubiese cambiado la mentalidad y le prestásemos nuestros oídos calentones. Nos trataba de enamorar de Quevedo, Rulfo, Isaacs, Vargas Llosa. Me sentaba en la primera fila a conocer sobre esos hombres que ella tanto amaba y que yo empezaba a conocer, mientras una gran parte de mis camaradas eran mucho más cuerdos que yo y preferían discutir de Kafu, Aldo, Toby y Danger. Unos pocos seguíamos la lección, y nos divertía hacer los papeles de los diálogos en las novelas que nos asignaba. 
Aunque, no lo niego. Cabeceaba un par de veces con las andanzas de Odiseo. 

Asignada la lectura. Yo la miraba a los ojos y su semblante cambiaba cuando ella notaba que alguien le escuchaba activamente. Miraba el resto de la algarabía, detrás de los cuatro gatos, y las risotadas burlonas parecían atravesarle el pecho. Tuve tantas ganas de decirle: "No es culpa de ellos, profe. Son sus ignorantes padres quienes no les inculcaron el respeto, mucho menos el gusto o el amor, por los libros". Yo odiaba a sus padres sin siquiera conocerlos, admito que era injusto sentirme así, pero


 no podía evitarlo. Esa minoría de mimados que crecían con el peso de la culpa de sus progenitores: sus juguetes electrónicos para usarlos un día y romperlos o tirarlos a la semana siguiente, sus ropas caras de marca que los hacían sentir mejores que los demás, su poco interés en todo lo que alguien quisiera enseñarles. Esos pocos pero a la vez demasiados, que amaban solo el recreo y la hora de dormir, que se paraban a cantar "era una chica, se llama.."y que llorarían cual imbéciles al graduarse, pero que en plena clase no apreciaban nada. Solo llorarían por despedirse de esa esquina oscura del gimnasio donde sintieron su ingle calentarse.

No les gustaba nada, ninguna asignatura, ningún ideal, no albergaban ningún sueño, y no era su culpa. Producto malogrado de las consecuencias de una falta de atención y tiempo de calidad, compensado con porquerías. 

Ella seguía. Trataba, yo sentía su dolor. No era fácil entender a Cervantes con tanto escándalo. Del enojo, pasaba a la frustración. De ahí a la desesperanza. Levantaba la voz (a todo docente le molesta tener que hacerlo), y se le quebraba, los ignorantes se burlaban. "Qué locura dedicarse a esto", pensaba yo. Siguió esforzándose. Nos llevó al teatro, a unos pocos les pareció lo máximo, a la mayoría le alegró el día salir de la escuela y zamparse un raspado en la plaza de Francia. Quiso que interpretáramos "La vida es sueño", al estilo de una obra de teatro, y un tarado masturbador crónico le torció la boca y dijo "Será 'La vida da sueño', profe". A otros les cayó como un yunque: "Me quitarán tiempo valioso de mi PS, de mi age of/war, star/diablo, mi birria, mi chupata, mi super computadora nueva para bajar 200 pornos en 1 minuto" y yo me preguntaba cómo sus padres los premiaban con tanto cachivache, dando tan poco. Tuve una 486 hasta primer año de universidad. 

Las semanas pasaron para alegría de ellos. Me sentí feliz porque gracias a ella conocí lo que desvelaba a Segismundo, por qué Basil Howard quería matar a Lord Henry, por qué Fiodor y Dimitri se peleaban a la misma mujer, siendo padre e hijo, y visité en mente los rincones privados de Macondo. Pero ella no estaba feliz. Ya no devolvía la sonrisa, solo suspiraba de desaliento. Solo repetía las sinopsis como un auxiliar de vuelo: rutinariamente, esperando que los más sesudos le pongan atención. Decidió no desperdiciar sus perlas en tantos puercos: los libros que ella tanto adoraba eran demasiado valiosos para nuestras cabezas de alcornoque. Me incluyo. Muchas veces adoré las historias de amor cortesano que nos asignaba leer, pero tenía quince años, y la tara inevitable que acompaña los bríos juveniles es, o bien la rebeldía, o la estupidez, o peor, ambas. 
Pudo haber sido mejor que los demás escogieran las lecturas, tal vez. Tal vez no. Algunos eran caso perdido. A todo le ofrecían un rictus de desprecio, yo me preguntaba qué los motivaba a seguir en la escuela, en sus pies, en la vida...
Aprobamos su curso, o se rindió y se canso de vernos la cara. Lo último que hicimos fue escribir. Me encantaba hacerlo, aunque gran parte de mi "obra" era basura. "Y volviste a llenarme, y a vaciarme y a tirarme al río, y empacaste tu morral y tus palabras, y te has ido". Tonterías como esa. Pero ella las leía, las de todos, las de buena letra y las de manchas de mostaza y ketchup. Unas brillaban, otras eran la muestra de lo que una mente juvenil embotada destila: un desfile de "haiga pero hubieron", y de "El gato hace miau, y yo veo el gato haciendo miau". Unos selectos mostraban sus pasiones, a pesar que no despuntaran en notas. Yo los respetaba: amaban tocar guitarra, o jugar fútbol, o batear home runs, o soñaban con ser odontólogos o pilotos, cantaban, dibujaban, querían exponer en galerías o hacer caricaturas, o navegar en un barco gigante de papel. Locuras varias, todas apasionadas. Pero otros eran el simple ganado que se babeaba horas frente a la caja boba, para que luego sus padres tuviesen que llevarlos a medio vestir al colegio.

Nada de pasión por nada. Ella lo sabía, quizá por eso se rindió.

Una noche, entrando a un vecindario, su auto fue embestido por otro. Se fue al cielo con los escritores que tanto amaba. Era yo graduanda, ya casi ni la mencionaba cuando me avisaron. Lloré al recordar, por primera vez, esa frase que me iluminó la cara cuando pocas cosas lo hacían, esas palabras que me hicierons entir valiosa cuando alguien se encargaba de convencerme que no valía nada, esas jornadas en el oasis llamado escuela, donde, por unas horas, todo estaba bien en mi vida; recordé lo último que la profesora Enelda me dijo en su clase:

"Algún día serás escritora".

Todavía se me anuda la garganta al recordarlo. 
Nunca se lo agradecí.