domingo, 29 de julio de 2012

"Cuando tenga tiempo": lo que un torso me enseñó

Las seis horas semanales que trabajo en la morgue de la universidad son para mí la mejor experiencia, a pesar de los contratiempos. Goteras, cadáveres mohosos y mal conservados, suciedad, frío glaciar. De acuerdo, dirán que no debo quedarme de brazos cruzados ante tales condiciones, pero ya manifesté mi descontento y no soy quien debe arreglar las enormes fallas de una universidad que no sabe darle a sus estudiantes lo que pagan por recibir, sólo me queda hacer lo mejor que pueda con lo que tenemos. Y siempre doy lo mejor de mí en las horas que los chicos me permiten impartirles conocimiento, a la vez que disfruto aprender de sus mentes aún inocentes, inexpertas, pero que aún conservan la capacidad de asombro que yo lentamente veo morir en mi abrumada corteza cerebral.

Cuando se es docente de una materia tan compleja, tan detallada y extensa como la anatomía humana, es poco el tiempo que tenemos para reflexionar sobre lo que significa estudiar cuerpos humanos. Son vísceras, músculos, huesos, extremidades, no sangran ante las navajas de bisturí, no se estremecen al tener la hemostática pellizcando sus tendones, pero para mí siguen con vida. Siguen dando lecciones, como aquellas que les dieron tal vez a un hijo necio o a un amigo descarrilado. Son los verdaderos textos de referencia para mis estudiantes, que en el futuro tratarán con cuerpos vivos, adoloridos, roídos por el cáncer, magullados por las malas decisiones de un paupérrimo estilo de vida, cuerpos que les darán permiso para cortarles la piel, abrirles las carnes y extraer de ellos la fuente de su sufrimiento.

Carpe diem
Desde hace algunas semanas estamos trabajando con un torso de mujer. Su cabeza y sus piernas pasaron a otro contenedor, a otro laboratorio o quizás yacen en la morgue del hospital, como parte del material didáctico usado para formar a los patólogos. Todo un módulo del temario será estudiado en ese bloque del cuerpo que alguna vez fue una hija, una amiga, un ser humano con expectativas, temores, quizás metas, por qué no. Muchos piensan que los cadáveres no reclamados fueron en vida personas vacías, que no vivieron el amor, la felicidad, que no tuvieron una profesión o que no cumplieron sus sueños. Falso. Muchos vivieron más de lo que imaginan, y algunos vivieron demasiado, dejaron correr veneno por sus venas para sentirse más vivos, inhalaron una sustancia mortal por su nariz para escapar de ese dolor que no quisieron enfrentar. Pero quién soy yo para juzgarlos. 

Tuve unos minutos de soledad junto al torso. Trataba de limpiar algo del tejido adiposo que atrasa la disección de vasos sanguíneos y nervios. Como si fuera aún esa estudiante de hace diez años, pasaba con cuidado el escalpelo, la pinza con dientes, la tijera, recortaba grasa, fascia, piel sobrante, sacaba coágulos, y de pronto comencé a preguntarme: "¿quién habrá sido ella? ¿cuántos sueños habrá dejado pendientes en la lista que guardó en el cajón para ocuparse de las triviales obligaciones que muchos piensan que son ineludibles? ¿habrá logrado algo importante que haga que la sigan recordando después de muchos años de su muerte? ¿se habrá imaginado cuánto tiempo le quedaba antes de ser solo un torso en una fría mesa de disección?". Ahora me pregunto: ¿se lo imaginan ustedes? ¿Valdrá la pena negarse esos pequeños placeres por planificar demasiado para un mañana que no sabemos siquiera si veremos llegar, y de paso, amargarles la vida a los que nos rodean porque vivimos en nuestra frustración, culpa y resignación, con miedo a atrevernos a buscar lo que en verdad queremos?

Muchos de los que conozco viven de esa forma, dando por sentado que habrá más tiempo, más días para desperdiciar, postergan lo que tanto desean porque "la vida les mandó hijos", pues hasta donde yo sé los hijos se hacen, y el proceso que lleva a concebirlos es casi siempre una decisión, y muy placentera. Dejan pendientes lo que soñaron lograr y le echan la culpa al marido que nadie les obligó a aceptar, a la casa que decidieron comprar sin poder pagarla, al trabajo desgastante que tuvieron que tomar porque decidieron no estudiar (y muchos de mis mejores alumnos y compañeros de carrera más exitosos no la pasan nada bien en casa ni tienen dinero de sobra). No disfrutan un momento agradable con sus amigos porque "tienen" que atender a su familia, como si les doliera hacerlo. No terminan sus estudios, no hacen el viaje soñado, no aprenden ese idioma tan interesante, porque deciden que lo harán cuando tengan tiempo.

Ojalá esa buena señora que ahora me ayuda a entrenar a esos muchachos inteligentes, curiosos y llenos de motivación no sea parte de esa lista. Dios quiera que no haya subestimado el tiempo que tenía con ella misma, con sus seres queridos, con sus sueños, con el sol que le iluminó cada mañana para darle una nueva oportunidad de perseguir sus más encaprichados deseos. Pero algo me dice que no es así. Nadie reclamó sus restos para hacerle una ceremonia ni colocarlos donde pudieran ser visitados, con una placa que celebrara todo lo que dio al mundo y a sí misma. Hoy es un torso en una morgue, solo mis alumnos y yo la recordamos, le agradecemos y la apreciamos por lo que nos permite aprender de su osamenta. Y me ha ayudado a recordar que el tiempo que tenemos es incierto, desconocido, un completo misterio, que el pasado ya es imposible de cambiar, y que el futuro es una total incertidumbre. Depende de nosotros que seamos la figura que logró cambiar para bien una milésima del engranaje de la sociedad, o que quedemos relegados en una morgue, literalmente sin pies ni cabeza.
Sólo tenemos el aquí y el ahora. Palabras duras, sabias, hasta difíciles de aceptar. El torso de disección me las recordó una vez más.

jueves, 5 de julio de 2012

El pinche anillo de la abuela


Si tuviera una vieja joya, irremplazable, de oro, diamantes o alguna otra piedra preciosa, herencia de alguna abuela Chocha o bisabuela Severa, trabajada con delicadeza, joya que sería el sueño hecho metal de cualquier mujer ilusa que quiera recordar a su viejita represora en su dedito junto al otro aro que la identificará como pertenencia dada por sentada, joya que haya pasado por generación tras generación como una herencia representativa del digno nombre de una familia decente, sobrepoblada con muchos hijos sin ambiciones, ignorancia voluntaria, infinitas necesidades y poca mesura, joya cuya pérdida en el tambor de la lavadora haría llorar a la más amargada de las damas, que valiera suficiente para sentir asfixia al recordar que la dejamos por accidente en un lugar público... la entregaría sin siquiera pensarlo a la primera casa de empeño que me diera una cifra. Con la mano fría, la mente enfocada en lo importante y los pies ansiosos por ir a buscar lo que realmente es valioso. La entregaría y diría: "Quédesela y no se moleste en devolvérmela".

Hace más de un mes comencé a inventariar todos los artículos sin valor trascendental alguno que encontraba en mi cuarto, con el propósito de seguir reuniendo fondos para costear el dichoso libro del que tal vez hablo demasiado. Acababa de recibir la cotización del primer pago que debía realizar para lograr que mi obra estuviese lista a tiempo. Simple, pensaba, sólo tengo que deshacerme de toda esta porquería y publicarla en alguna página de clasificados, en donde un individuo afortunado se beneficie de ellos. Podré obtener una entrada importante, suficiente para amortiguar el descalabro de vaciar mi cuenta y llevar mi salario completo (sí, completo) a la empresa editora.

Nadie respondió al anuncio. Todos preferían (y no los culpo) comprar dichos cachivaches nuevos, pues admitámoslo, no es que durarán mucho de todas maneras. El récord quizás lo tengo yo, que fui la orgullosa propietaria de una computadora personal Compaq presario de 240Mb de RAM y procesador celeron de 733 MHz por ¡9 años!. La inmortal, sólo tuvo un par de infecciones por virus y una reparación de disco duro. soportó un cambio de sistema operativo, una sobrecarga de voltaje por una extensión baratona, y hasta que le derramara doce tazas de café sobre la torre (si alguien desea comprarla, puede contactarme, está guardadita en el armario). La única razón por la que dejé de usarla fue para que los visitantes a quienes se la prestase no se orinaran de la risa al verla. Soy fiel a lo que me es fiel.

Pasan las semanas, los gastos se elevan, pero lo valen. Igual que ver el corazón de un feto en una pantalla a blanco y negro, ver el bosquejo de mis 360 horas de insomnio convertidas en una maqueta de libro me anestesió de todo daño colateral a la enorme inversión realizada. Vendí la línea blanca, los insulsos trajes de marca que me cedió la tía, los muebles que no fueran de primera necesidad; para mí solo basta un colchón, una lámpara para leer y una mesa para comer; de pronto la ganancia no daba positivo, sólo me regresaba al cero.

Pedir dinero prestado es quizás la peor humillación por la que puedo pasar, pero Dios me concedió la suerte de contar con un buen amigo, que sin hacer más preguntas me cedió un buen apoyo inicial, pues llevamos años dándonos la mano mutuamente. Sin embargo, el tiempo se agotaba y la cifra no se completaba. ¿Patrocinio? se resume en dos letras: n-o. Mejor así, la pureza de la cubierta de mi obra no fue adulterada con logos comerciales de instituciones farisaicas, sólo el de la empresa editora que colocó su lista de otras publicaciones en la solapa posterior, a cambio de un descuento que fue como una bocanada de aire ante tanta asfixia.

El último paso, el que traté de evitar: casas de empeño. Luego recordé, en casa no hay nada que pueda empeñar. Si esos sitios aceptaran dientes, los entregaría arrancándomelos uno a uno. Si concedieran dinero a cambio de unas libras de hígado sano, definitivamente me abriría yo misma el hipocondrio derecho y les cedería una buena porción, de todos modos se regenera. Pero a los comerciantes de la desesperación ajena les va mejor con objetos que puedan satisfacer las necesidades inmediatas y embrutecedoras, para que los clientes ni se percaten del momento en que el mazo les apaga el juicio.

El dependiente del infame lugar me mira con cierta compasión y trata de auxiliarme en la misión. "¿No tienes alguna prendita de oro, como tu sortija de quinceaños?". Recuerdo entonces, el caso de la madre a la que conocí en el hospital pediátrico cuyo tesoro más valioso yacía en una fría cama, perforado por catéteres y jeringas en sus pequeños brazos. El niño debía recibir un trasplante de riñón pronto, de lo contrario su calidad de vida sería lentamente consumida y en el peor de los casos, tendría un decaimiento lento y doloroso de su salud y debería confinarse a una máquina de diálisis por quién sabe cuánto.

Sabia y valerosa mujer, lograba poner en orden sus pensamientos para trazar planes que la ayudasen a lograr su objetivo. Sacaba provecho de cada segundo que podía, jugaba con el pequeño, le ayudaba a estudiar y lo distraía cuando llegaba el momento de las inyecciones. Una noche me contó que se encontraba muy aliviada, ya que reunió los fondos necesarios para cubrir la operación del niño y ya tenía el donante. Había empeñado unas sortijas de oro que su madre le había heredado y otras alhajas que sus amigas, también madres, habían reunido. Sus hermanos estaban furiosos al enterarse, ya que las dichosas sortijas fueron, en algún momento, de la abuela que llevaba ya varios años muerta. Le reprocharon que rechazara dinero prestado y prefiriera deshacerse del "invaluable tesoro familiar", cuando bien podía sacrificar algo de tiempo y trabajar horas extras o ingeniárselas para reunir el dinero. 


"Qué mal andamos -pensé- una criatura inocente confinado a una deprimente sala de diálisis, sin más alegría que los títeres de mano que su madre reanima cada noche para darle algo de felicidad, ¡y una partida de tontainas haciéndole velorio al pinche anillo de la abuela! Si tanto valor tenía para ellos, será entonces porque la señora era una persona respetable, decente y buena...¡que si se enterara de tal vanidad y sinvergüenzura regresaría del más allá a darles una merecida patada en el esfínter!"

Si tienes una joya invaluable que te cabe en el bolsillo, recuerda que la puerta del otro mundo no se puede cruzar con posesiones, por más "valiosas" que creas que sean.