Las seis horas semanales que trabajo en la morgue de la universidad son para mí la mejor experiencia, a pesar de los contratiempos. Goteras, cadáveres mohosos y mal conservados, suciedad, frío glaciar. De acuerdo, dirán que no debo quedarme de brazos cruzados ante tales condiciones, pero ya manifesté mi descontento y no soy quien debe arreglar las enormes fallas de una universidad que no sabe darle a sus estudiantes lo que pagan por recibir, sólo me queda hacer lo mejor que pueda con lo que tenemos. Y siempre doy lo mejor de mí en las horas que los chicos me permiten impartirles conocimiento, a la vez que disfruto aprender de sus mentes aún inocentes, inexpertas, pero que aún conservan la capacidad de asombro que yo lentamente veo morir en mi abrumada corteza cerebral.
Cuando se es docente de una materia tan compleja, tan detallada y extensa como la anatomía humana, es poco el tiempo que tenemos para reflexionar sobre lo que significa estudiar cuerpos humanos. Son vísceras, músculos, huesos, extremidades, no sangran ante las navajas de bisturí, no se estremecen al tener la hemostática pellizcando sus tendones, pero para mí siguen con vida. Siguen dando lecciones, como aquellas que les dieron tal vez a un hijo necio o a un amigo descarrilado. Son los verdaderos textos de referencia para mis estudiantes, que en el futuro tratarán con cuerpos vivos, adoloridos, roídos por el cáncer, magullados por las malas decisiones de un paupérrimo estilo de vida, cuerpos que les darán permiso para cortarles la piel, abrirles las carnes y extraer de ellos la fuente de su sufrimiento.
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| Carpe diem |
Tuve unos minutos de soledad junto al torso. Trataba de limpiar algo del tejido adiposo que atrasa la disección de vasos sanguíneos y nervios. Como si fuera aún esa estudiante de hace diez años, pasaba con cuidado el escalpelo, la pinza con dientes, la tijera, recortaba grasa, fascia, piel sobrante, sacaba coágulos, y de pronto comencé a preguntarme: "¿quién habrá sido ella? ¿cuántos sueños habrá dejado pendientes en la lista que guardó en el cajón para ocuparse de las triviales obligaciones que muchos piensan que son ineludibles? ¿habrá logrado algo importante que haga que la sigan recordando después de muchos años de su muerte? ¿se habrá imaginado cuánto tiempo le quedaba antes de ser solo un torso en una fría mesa de disección?". Ahora me pregunto: ¿se lo imaginan ustedes? ¿Valdrá la pena negarse esos pequeños placeres por planificar demasiado para un mañana que no sabemos siquiera si veremos llegar, y de paso, amargarles la vida a los que nos rodean porque vivimos en nuestra frustración, culpa y resignación, con miedo a atrevernos a buscar lo que en verdad queremos?
Muchos de los que conozco viven de esa forma, dando por sentado que habrá más tiempo, más días para desperdiciar, postergan lo que tanto desean porque "la vida les mandó hijos", pues hasta donde yo sé los hijos se hacen, y el proceso que lleva a concebirlos es casi siempre una decisión, y muy placentera. Dejan pendientes lo que soñaron lograr y le echan la culpa al marido que nadie les obligó a aceptar, a la casa que decidieron comprar sin poder pagarla, al trabajo desgastante que tuvieron que tomar porque decidieron no estudiar (y muchos de mis mejores alumnos y compañeros de carrera más exitosos no la pasan nada bien en casa ni tienen dinero de sobra). No disfrutan un momento agradable con sus amigos porque "tienen" que atender a su familia, como si les doliera hacerlo. No terminan sus estudios, no hacen el viaje soñado, no aprenden ese idioma tan interesante, porque deciden que lo harán cuando tengan tiempo.
Ojalá esa buena señora que ahora me ayuda a entrenar a esos muchachos inteligentes, curiosos y llenos de motivación no sea parte de esa lista. Dios quiera que no haya subestimado el tiempo que tenía con ella misma, con sus seres queridos, con sus sueños, con el sol que le iluminó cada mañana para darle una nueva oportunidad de perseguir sus más encaprichados deseos. Pero algo me dice que no es así. Nadie reclamó sus restos para hacerle una ceremonia ni colocarlos donde pudieran ser visitados, con una placa que celebrara todo lo que dio al mundo y a sí misma. Hoy es un torso en una morgue, solo mis alumnos y yo la recordamos, le agradecemos y la apreciamos por lo que nos permite aprender de su osamenta. Y me ha ayudado a recordar que el tiempo que tenemos es incierto, desconocido, un completo misterio, que el pasado ya es imposible de cambiar, y que el futuro es una total incertidumbre. Depende de nosotros que seamos la figura que logró cambiar para bien una milésima del engranaje de la sociedad, o que quedemos relegados en una morgue, literalmente sin pies ni cabeza.
Sólo tenemos el aquí y el ahora. Palabras duras, sabias, hasta difíciles de aceptar. El torso de disección me las recordó una vez más.

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