sábado, 4 de agosto de 2012

Nadie se come el pastel: o por qué no habrá brindis

"Usted debe recuperar su inversión". Se dice fácil cuando ya se está en la cima del reconocimiento por parte de la comunidad cultural. No es mi caso, al lado de mis héroes autores nacionales consagrados, yo soy una muerta de hambre, con apellido barato y sin prefijos honorables. Confieso con toda franqueza que en ningún momento he pensado en que voy a recuperar el dinero que invertí en este primer libro, pues al igual que cualquier negocio, el primer año da números rojos. Pero, ¡ojo!, tengo serias intenciones de destronar a quien sea en las listas de venta (que en este, mi pobre país, se reduce a unos cientos) y estoy lista para ganarme tanto adeptos llenos de elogios como coléricas críticas salidas de frustraciones personales.

Hasta la fecha llevo invertido en mi proyecto alrededor del costo de un apartamento pequeño, un auto del año o una de esas ceremonias que ya he mencionado en otras entradas. Y a tres semanas exactas del día más importante de mi vida, todavía no he terminado de saldar deudas con empresas, amigos y profesionales que de su buen corazón acudieron en mi auxilio. Si se animan a lograr un sueño como este, espero cuenten con buenos amortiguadores económicos. Para que no les pase igual, o bien para que se rían un rato, comparto algunas de mis andanzas:
  • Preliminar de portada: una experiencia gratificante, muy especial... la idea fue buena, la calidad de la fotografía, decente. Después de invertir una importante suma, el público participante del estudio de mercado reaccionó fatal al hermoso color de piel del galán que posó para ella. Reset, a empezar de nuevo, pero el dinero invertido ahí quedó. El lado bueno, las fotos de contenido quedaron fantásticas. 
  • Cartas de patrocinio: nadie contestó, nadie dijo "no", muchos "veremos en qué te ayudamos", pérdida de tiempo valioso. Mis mecenas fueron todos amigos cercanos que creyeron en mí desde mucho antes. Un mentor muy sabio (identidad confidencial) me consoló diciendo "Siempre me extrañó que una universidad dijera mostrarse interesada. No se desanime; es casi imposible que respalden a alguien". Lo más triste, publicar libros suma puntos a las universidades en los rankings internacionales, y ni así les interesa. En este caso, tocar puertas me salió costoso, perdí tiempo valioso que pude haberlo invertido en horas de trabajo. No vuelvo a caer en ese error.
  • Casa de empeño: se rieron en mi cara, todo tenía más de 6 meses de uso, y no tengo prendas de valor (ver entrada: "el pinche anillo de la abuela"). siguiente paso, vender por Internet. Suficiente para cubrir la mitad del primer abono de impresión. Mientras tanto, el cacharro de 4 ruedas en el estacionamiento y yo sin licencia y sin dinero. Con excepción de los libros, nada se salvó de la venta de patio. 
  • Invitaciones: el diseño cortesía de la mejor casa editora de libros en Panamá. Preparé la lista, pedí cotización de la impresión digital para la menor cantidad posible, luego me recomiendan que imprima el doble de las que originalmente planeaba. Claro, como va a salir de mi bolsillo suena fácil. Detalle insignificante, las personas la reciben, admiran los bonitos colores y las trabajadas letras (aparte de tener que pagarle a alguien con excelente letra porque el estigma caligráfico del ejercicio de Galeno sigue conmigo a pesar de los años), luego la guarda y la tira a la basura, pues ya anotó en su feisbuk la fecha y hora. Dinero malgastado en tonterías; futuras graduandas, novias, mamás, piensen en eso.
  • Brindis: otro gasto inútil. La ceremonia dura 50 minutos. El que quiera ir a comer, vaya antes o después de la presentación. Si por mi fuera abriríamos 50 botellas de shiraz y degustaríamos los postres que hace mi sagrada madre, pero la realidad es otra. No tengo dinero para el brindis.
  • Audiovisual: todavía no tengo fotógrafo ni vídeo introductorio. Tenía confianza en la calidad del trabajo de tres candidatos, los tres tienen mejores cosas que hacer y yo no persigo a nadie. De todas formas me hubiese dado pena tener que pedirles plazos para pagar, porque ni siquiera tenía presupuesto para comprometerlos.
  • Errands: el dinero va y viene, y todos los días fabrican más (como decía el abuelo de Charlie el de la fábrica), pero el tiempo que se va no vuelve. Todos los días que tengo compromisos de papel relacionados al libro, me toca invertir horas en tranques, oficinas públicas burocráticas, perder horas de sueño, de estudio y de vida social. Todo eso se ve tan insignificante al lado de esta meta.
  • Vestuario: tengo en mi mente el patrón de lo que quiero lucir ese día, pero algo me dice que eso también quedará en nada. Llevo 2 meses sin pisar un salón de belleza y esos días tendré gastos más apremiantes que tratar de disfrazar mis desafortunados atributos en una foto, pero me consuela pensar en lo que decía mi difunto tío Arnulfo: "Si un caballo ponen, un caballo sale".
  • Bolígrafo: todas las herramientas de escritura con las que cuento ahora tienen el logo de una empresa comercial, porque las obtuve de cortesía. Ninguna me sirve para firmar las dedicatorias, y se supone que esto se hace con un bolígrafo especial, que no se corra. Otro dineral que no estoy dispuesta a gastar.
  • Distribución del libro: para los que no están familiarizados con este proceso, los autores tenemos la opción de dejar la engorrosa tarea de colocar el libro en los negocios de manera personal en manos de empresas responsables, con muchas décadas de experiencia y que manejan la distribución de los autores más vendidos. He optado por este servicio y no me arrepiento, a pesar que la aritmética me mostró que no recuperaré lo invertido, por el bien del precio unitario, pero mi objetivo como escritora no es el dinero. Para eso tengo un trabajo.
  • Horas extras: en algo que amo, por suerte. Pero mi suprarrenal no está muy contenta con el nivel de estrés que mi cuerpo ha tolerado estos meses, y me lo hace saber.
  • Préstamos: debo casi mil dólares distribuidos en tres personas diferentes, las cuales me apoyaron con el gasto de la impresión, el cual todavía no he terminado de saldar. En cristiano: me toca pedir un préstamo para pagarles a los que me facilitaron los primeros préstamos. No sé cómo hace la gente loca que usa tarjetas de crédito.
  • Segundo libro: ya está en proceso, pero es difícil encontrar momentos de trabajo ininterrumpido cuando debo ocultar toda esta faena a los demás ocupantes de mi casa, pues mi familia no sabe nada aún, esto es un proyecto personal. Se enterarán a su debido tiempo. ¿Capital semilla para el segundo? sí, claro. Si algún día termino de pagar el primero, podría considerar sacrificar una comida al día, vivir bajo el puentecito cercano a mi casa y pagar las cuotas de la universidad con favores carnales.
Espero que esta información sirva para que los distinguidos invitados a la ceremonia de finales de agosto tengan un poquito de comprensión. Me encantaría adornar tal fecha con todos esos detallitos que tuve que omitir, si por mí fuera celebraríamos en un yate con champaña y chocolates, pero todo este proceso ha salido de mis propias finanzas. Llevo 6 meses entregando mi salario completo (leyeron bien) a esta misión, y todavía debo ocho mil pasajes de bus a la imprenta, que ya cumplió con su trabajo sin yo cumplir con mi parte del trato. Una salida fácil podría ser pedir todo lo que el infame protagonista del libro me debe en pensión alimenticia, otra sería contarle a mi sacrosanta, pero ella preferiría pagarme una boda que a nadie más le importa, un vestido que se usa una sola vez en la vida y un estúpido pastel pomposo que, por si no lo sabían, es un adorno, un detallito, un despilfarro de comida y dinero que solo sirve para salir bonito en la foto, porque nadie se lo va a comer.

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