jueves, 30 de agosto de 2012

Mea Culpa

La realidad y lo inevitable ya es bastante duro como para tomar decisiones que nos hagan infelices. 
Las mujeres a las que adoro suelen verse en este espejo... en el que una vez me veía yo también. A las que aún siguen en ese camino del "amor sufrido y bondadoso" y de sacrificarse por los demás mientras se menosprecian a sí mismas, por favor no lo hagan. Comparto esta reflexión, cuyo punto final agregué el día que desperté.

He sido justa con todos, menos conmigo.
He querido dar satisfacción al resto antes que a mí.
He tenido miedo a equivocarme y salir de mi zona segura.
He azotado mi consciencia antes de tener de qué arrepentirme.
He sembrado frustración para cosechar resentimiento.
He llenado de amarguras las horas con mis seres queridos por la mala digestión de mis enojos.
He callado mis gritos por escuchar los ajenos, he dado valor a mis acciones, pero no a mi identidad.
He pensado en cómo mis actos dañarían a los demás si se enteraran, pero no en cómo me dolerían a mí.
He postergado mis sueños más descabellados por respetar los de otros, como si los míos fueran menos importantes.
He seguido las normas mientras otros las violan alegremente sobre mí.
He pensado que vivir 200 años no me bastaría para lograr todo lo que quiero, pero que en 20 no he logrado nada.
He buscado argumentos para no tropezar, o mejor, para no mirar cuando tropiezo.
He creído que mis fallos son más imperdonables que los de todos los demás.
He vivido esperando recompensa en lugar de ir a buscarla.
He sentido vergüenza por llorar cuando muero por hacerlo.
He amarrado riendas a mi risa cuando hay motivos suficientes para dejarla correr.
He querido ser sincera con el mundo mientras me engaño a mí misma impunemente.
He sentido que el perdón no es para mí, sino para que yo lo pida.
He tratado de aceptar a todos como son, mientras me impongo condiciones para que otros me acepten.

domingo, 12 de agosto de 2012

"DESTINADO A LA ENTROPÍA": la preparación académica no protege de hablar sandeces

Hace un par de días tuve que presentar un breve análisis sobre una lectura asignada para mi asignatura de desarrollo personal. El libro habla sobre perdonar como un cambio de esquema mental, no como la clásica escena piadosa que imaginamos a veces, donde todo está olvidado (o a la fuerza tragado) y se tolerará cualquier conducta futura, imagen que nos inculcan en casa las pobres inocentes madres, quizás porque a veces les toca tragarse su desdicha ante las mil ofensas que le perdonan al marido, al hijo, a la familia impertinente, a la lavadora que no tuerce, en fin, al mundo. Perdonar, decía el libro, es cambiar la perspectiva de la injuria que recibimos por parte de otros, para que no nos martirice ni nos condene al inútil sentimiento de culpa o de preocupación. 

Parece algo predestinado, escrito en las estrellas, pudiera ser. Hace exactamente un año tenía la cabeza ocupada en gente sin importancia, causas ajenas, problemas de terceros sin los testes dispuestos a madurar, enredada en un enfermizo círculo de endogamia social, donde todos opinan sobre la vida de todos, todos cuidan las espaldas de "el grupo v.i.p." y el resto es desechable o intercambiable. La clase de personas que a simple vista actúan con amabilidad y ternura, pero con su interior habitado por telarañas que en cualquier momento de presión emocional estallan en la cara del más pendejo que se quede a ayudar. Nunca más. Perdonados, yo no soy mejor que ninguno de ellos y agradezco todo lo bueno que me otorgaron. Perdonados, es decir, el esquema mental de la pérdida de tiempo más grande que he tenido en mi corta vida cambió, el rencor ya no existe, el suceso se ve ahora ridículo y gracioso, pero no hay espacio en mí para ellos, para nadie. La gente es una cara inversión, yo solo me acerco a otro ser humano cuando me lo pide, y dejo que se acerquen si quieren; si no, intrascendente.

Conozco a un hombre talentoso, brillante, sumamente concentrado en su misión en la vida; Dios y su sabia madre le encaminaron hacia su vocación, su primer amor: la música. Antes era un pasatiempo para las horas extracurriculares, ahora la música es parte de él, de todo su ser, de su genética incluso. La guitarra es una prolongación de su brazo, el amplificador es una oreja más. Su ejemplo me inspiró a buscar con mayor ahínco mi propósito en la vida. Demasiadas cualidades que harían a cualquier padre colocar un letrero en el parabrisas trasero de su auto, como esos adhesivos pomposos de "proud parent of a honor roll student.." bla bla bla. Esa sopeteada frase "todos los padres están orgullosos de sus hijos, sin importar lo que pase", como ya saben los mártires del arte, es mentira. El arte no le da a los padres la tranquilidad de saber que sus hijos tendrán un colchón bajo su trasero y un techo sobre su cabeza. El arte no azuza la envidia de los vecinos o familiares lejanos. El arte no se puede colocar en una hoja de créditos para ostentarlos frente a todos. La triste realidad es que la última generación que creció sin la contaminación tecnológica ni mediática piensa que el arte, como un profesional me dijo en su más solemne momento de falla neuronal, "está destinado a la entropía". 

Que el "rulo de tambor" no te haga perder el ritmo,
 ni ahora ni después
Claro, el arte es un desperdicio, pero su biblioteca está llena de libros maravillosos, de talentosos escritores, hijos ajenos. El arte es un seguro fracaso, pero no falta a un solo concierto de bandas extranjeras, formadas por hijos ajenos. El arte es una mala inversión, pero los teatros de la ciudad son parada obligada, para luego lamentarse del "poco apoyo que recibe ese arte en Panamá", lo cual es cierto y triste, pero al menos él está apoyando a esos dotados actores -hijos ajenos. El arte, dice el ingeniero, está destinado a la entropía, pero en Europa no dudó en pagar sopoticientos euros para entrar al Louvre a fanfarronear sobre las majestuosas pinturas de esos genios que, a pesar de haber muerto ya hace siglos, siguen embelesando nuestra vista, genios que fueron, algunos, los hijos incomprendidos de humildes y trabajadoras personas que nadie recuerda. Tiene bajo su techo a un verdadero artista, y en sesenta días que el chico estuvo en otro continente, la única razón que encontró para llamarlo fue usar a su tonta novia como un papel higiénico.

Yo también lo entiendo. Mi madre, qué tierna, habla maravillas de cada estrella fugaz que sale de los realitys shows nacionales, de Margarita y de lo orgullosos que deben sentirse sus padres, del circo que divierte al populacho y a la clase alta, elogia a personas de las que solo sabe que posan muy bien ante la pantalla, habla de tal presentador como "se ve que es muy sano, mira cuánto ha logrado". Es fanática de un reportero de cnñ que cometió la imprudencia de interrogar sin respeto alguno a un famoso cantante sobre el caso de abuso sexual hacia una de sus hijas. Pero cuando se entere de mis andanzas literarias, probablemente me diga lo que siempre expresa sobre cada cosa que sale de mi mente hacia mi boca: "no hables así". Queridos lectores, son ustedes los que dan el ánimo para seguir con este trabajo, no nuestras familias. El que está leyendo esto con un rabioso nudo en la garganta mientras observa en solitario el correo de aquel agente de disquera, el libro escondido en la maleta rodante con candado o el mural emborronado del cuadro que aún no ha terminado de pintar, sabe de qué hablo.

Sigamos caminando, artistas, escritores, músicos, atletas, malabaristas de semáforo, pintores que venden sus hermosas obras en esquinas de residencias, bandas de música que deben vivir de jingles de televisión y recepciones de bodas y bautizos, mientras sacan tiempo para su verdadero arte. El esfuerzo no es en vano. El arte y la educación son la mejor inversión. Dejen que las masas se acerquen, y al que no lo haga, sea quien sea, intrascendente.


martes, 7 de agosto de 2012

El dedo en la llaga (y después hablamos)

No soy buena para las mentiras. Pasé gran parte de mi infancia con un espejo moral demasiado pulido, siguiéndome a todas partes. Si mi boca trataba de mentir, tarde o temprano me delatarían mis acciones. Pero a la hora de guardar secretos, lograrlo mejor que cualquiera, solo que con fecha de vencimiento.

A estas alturas los que ya tienen mi libro (por cierto, mil gracias) saben que les oculté cierta información sobre mi vida. Debo disculparme por omitir ese dato que está ahora en la solapa delantera, el secreto no fue con mala intención, sino para evitarme un problema legal o una desafortunada situación donde me viese comprometida a actuar pero sin las herramientas necesarias. Espero lo comprendan.

Para escribir no se necesita talento, sino que se debe tener algo que decir, y un objetivo al decirlo. La literatura es un mundo realmente maravilloso (como el lema de la feria de este año), no solo porque alimenta las mentes de los hambrientos lectores con historias fantásticas y prosa inspiradora y hermosa, sino porque nos da licencia para convertirnos en ese personaje que el mundo real no dejaría en paz, con sus prejuicios e hipócritas sentencias morales. Los libros nos llenan de esperanzas ante las desgracias de la vida, la maldad que entre semejantes malogra los sueños y exprime el corazón, y nos dan esa palmada en la espalda cuando los dedos de nuestros amigos de carne y hueso están ocupados chateando en sus blackmierdis. Les debo a los libros la mayor parte de mi aprendizaje.

Resultó natural entonces que decidiera escribir. He acumulado por años tantos cuadernos, hojas sueltas, diarios de adolescente, documentos preliminares inéditos en word, servilletas con lágrimas de aquellas veces en que les concedí a otros el placer de creerse importantes para mí sin merecerlo, recibos de cenas con versos escritos en la zozobra de saber si la noche acabará en una fría frase de despedida, en un beso lleno de culpas o en un abrazo reprimido. Pero cuando intento escribir ficción, todo lo que me sale, en mi opinión de lectora voraz, es basura. No se puede ser inspirador si lo que escribimos no está encadenado a nuestros sentimientos verdaderos. Eso solo pueden hacerlo dos tipos de escritores: los artistas de la ficción, con una volátil imaginación ejercitada en los trucos de la narrativa, y los que son pura fachada, con más miedo a exponer una parte de su yo verdadero que deseos de aportar a la literatura. Me encanta leer ficción, pero no escribo en ese género aún.

Puede que seas tú, en quien pienso en este momento, el que está leyendo esta confesión. Sabes quién eres, porque cada vez que el mundo te pide una historia moldeas un par de muñecos de arcilla con nombres ficticios, les implantas tus prejuicios, tus miedos, tus caídas vergonzosas, tu mantita de seguridad a la que no puedes soltar a pesar de los años, y posas junto a ellos, sudando hasta por los flancos, con temor a que descubran que es tu mente, tus opiniones, tu propia vida la que se derrama en esas páginas. Es muy cómodo escribir tratando de impresionar. Pues a mí no me impresionas, tienes miedo, nada de tu hermoso exterior evita que sigas siendo para mí más transparente que un vidrio. 

Dices que quieres escribir, comienza por hundir el dedo en la llaga. Esa que te sangra y te atrapa el aire en el pecho de la rabia, esa que preferirías dejar de mirar para no saber que es la que te hace llorar cuando te la tocan. Esa que te arranca la única lágrima que te permites soltar cada año. No temas, no hay nada espantoso bajo ese caparazón. Yo que veo en tu interior, te digo que no hay nada que pueda asustarte ahí. Y si el dolor es demasiado, no faltará quien tome tu mano. Porque cuando estés listo para tocar esa llaga, comenzará a sanar, esta vez de verdad y para siempre.

sábado, 4 de agosto de 2012

Nadie se come el pastel: o por qué no habrá brindis

"Usted debe recuperar su inversión". Se dice fácil cuando ya se está en la cima del reconocimiento por parte de la comunidad cultural. No es mi caso, al lado de mis héroes autores nacionales consagrados, yo soy una muerta de hambre, con apellido barato y sin prefijos honorables. Confieso con toda franqueza que en ningún momento he pensado en que voy a recuperar el dinero que invertí en este primer libro, pues al igual que cualquier negocio, el primer año da números rojos. Pero, ¡ojo!, tengo serias intenciones de destronar a quien sea en las listas de venta (que en este, mi pobre país, se reduce a unos cientos) y estoy lista para ganarme tanto adeptos llenos de elogios como coléricas críticas salidas de frustraciones personales.

Hasta la fecha llevo invertido en mi proyecto alrededor del costo de un apartamento pequeño, un auto del año o una de esas ceremonias que ya he mencionado en otras entradas. Y a tres semanas exactas del día más importante de mi vida, todavía no he terminado de saldar deudas con empresas, amigos y profesionales que de su buen corazón acudieron en mi auxilio. Si se animan a lograr un sueño como este, espero cuenten con buenos amortiguadores económicos. Para que no les pase igual, o bien para que se rían un rato, comparto algunas de mis andanzas:
  • Preliminar de portada: una experiencia gratificante, muy especial... la idea fue buena, la calidad de la fotografía, decente. Después de invertir una importante suma, el público participante del estudio de mercado reaccionó fatal al hermoso color de piel del galán que posó para ella. Reset, a empezar de nuevo, pero el dinero invertido ahí quedó. El lado bueno, las fotos de contenido quedaron fantásticas. 
  • Cartas de patrocinio: nadie contestó, nadie dijo "no", muchos "veremos en qué te ayudamos", pérdida de tiempo valioso. Mis mecenas fueron todos amigos cercanos que creyeron en mí desde mucho antes. Un mentor muy sabio (identidad confidencial) me consoló diciendo "Siempre me extrañó que una universidad dijera mostrarse interesada. No se desanime; es casi imposible que respalden a alguien". Lo más triste, publicar libros suma puntos a las universidades en los rankings internacionales, y ni así les interesa. En este caso, tocar puertas me salió costoso, perdí tiempo valioso que pude haberlo invertido en horas de trabajo. No vuelvo a caer en ese error.
  • Casa de empeño: se rieron en mi cara, todo tenía más de 6 meses de uso, y no tengo prendas de valor (ver entrada: "el pinche anillo de la abuela"). siguiente paso, vender por Internet. Suficiente para cubrir la mitad del primer abono de impresión. Mientras tanto, el cacharro de 4 ruedas en el estacionamiento y yo sin licencia y sin dinero. Con excepción de los libros, nada se salvó de la venta de patio. 
  • Invitaciones: el diseño cortesía de la mejor casa editora de libros en Panamá. Preparé la lista, pedí cotización de la impresión digital para la menor cantidad posible, luego me recomiendan que imprima el doble de las que originalmente planeaba. Claro, como va a salir de mi bolsillo suena fácil. Detalle insignificante, las personas la reciben, admiran los bonitos colores y las trabajadas letras (aparte de tener que pagarle a alguien con excelente letra porque el estigma caligráfico del ejercicio de Galeno sigue conmigo a pesar de los años), luego la guarda y la tira a la basura, pues ya anotó en su feisbuk la fecha y hora. Dinero malgastado en tonterías; futuras graduandas, novias, mamás, piensen en eso.
  • Brindis: otro gasto inútil. La ceremonia dura 50 minutos. El que quiera ir a comer, vaya antes o después de la presentación. Si por mi fuera abriríamos 50 botellas de shiraz y degustaríamos los postres que hace mi sagrada madre, pero la realidad es otra. No tengo dinero para el brindis.
  • Audiovisual: todavía no tengo fotógrafo ni vídeo introductorio. Tenía confianza en la calidad del trabajo de tres candidatos, los tres tienen mejores cosas que hacer y yo no persigo a nadie. De todas formas me hubiese dado pena tener que pedirles plazos para pagar, porque ni siquiera tenía presupuesto para comprometerlos.
  • Errands: el dinero va y viene, y todos los días fabrican más (como decía el abuelo de Charlie el de la fábrica), pero el tiempo que se va no vuelve. Todos los días que tengo compromisos de papel relacionados al libro, me toca invertir horas en tranques, oficinas públicas burocráticas, perder horas de sueño, de estudio y de vida social. Todo eso se ve tan insignificante al lado de esta meta.
  • Vestuario: tengo en mi mente el patrón de lo que quiero lucir ese día, pero algo me dice que eso también quedará en nada. Llevo 2 meses sin pisar un salón de belleza y esos días tendré gastos más apremiantes que tratar de disfrazar mis desafortunados atributos en una foto, pero me consuela pensar en lo que decía mi difunto tío Arnulfo: "Si un caballo ponen, un caballo sale".
  • Bolígrafo: todas las herramientas de escritura con las que cuento ahora tienen el logo de una empresa comercial, porque las obtuve de cortesía. Ninguna me sirve para firmar las dedicatorias, y se supone que esto se hace con un bolígrafo especial, que no se corra. Otro dineral que no estoy dispuesta a gastar.
  • Distribución del libro: para los que no están familiarizados con este proceso, los autores tenemos la opción de dejar la engorrosa tarea de colocar el libro en los negocios de manera personal en manos de empresas responsables, con muchas décadas de experiencia y que manejan la distribución de los autores más vendidos. He optado por este servicio y no me arrepiento, a pesar que la aritmética me mostró que no recuperaré lo invertido, por el bien del precio unitario, pero mi objetivo como escritora no es el dinero. Para eso tengo un trabajo.
  • Horas extras: en algo que amo, por suerte. Pero mi suprarrenal no está muy contenta con el nivel de estrés que mi cuerpo ha tolerado estos meses, y me lo hace saber.
  • Préstamos: debo casi mil dólares distribuidos en tres personas diferentes, las cuales me apoyaron con el gasto de la impresión, el cual todavía no he terminado de saldar. En cristiano: me toca pedir un préstamo para pagarles a los que me facilitaron los primeros préstamos. No sé cómo hace la gente loca que usa tarjetas de crédito.
  • Segundo libro: ya está en proceso, pero es difícil encontrar momentos de trabajo ininterrumpido cuando debo ocultar toda esta faena a los demás ocupantes de mi casa, pues mi familia no sabe nada aún, esto es un proyecto personal. Se enterarán a su debido tiempo. ¿Capital semilla para el segundo? sí, claro. Si algún día termino de pagar el primero, podría considerar sacrificar una comida al día, vivir bajo el puentecito cercano a mi casa y pagar las cuotas de la universidad con favores carnales.
Espero que esta información sirva para que los distinguidos invitados a la ceremonia de finales de agosto tengan un poquito de comprensión. Me encantaría adornar tal fecha con todos esos detallitos que tuve que omitir, si por mí fuera celebraríamos en un yate con champaña y chocolates, pero todo este proceso ha salido de mis propias finanzas. Llevo 6 meses entregando mi salario completo (leyeron bien) a esta misión, y todavía debo ocho mil pasajes de bus a la imprenta, que ya cumplió con su trabajo sin yo cumplir con mi parte del trato. Una salida fácil podría ser pedir todo lo que el infame protagonista del libro me debe en pensión alimenticia, otra sería contarle a mi sacrosanta, pero ella preferiría pagarme una boda que a nadie más le importa, un vestido que se usa una sola vez en la vida y un estúpido pastel pomposo que, por si no lo sabían, es un adorno, un detallito, un despilfarro de comida y dinero que solo sirve para salir bonito en la foto, porque nadie se lo va a comer.