Hace un par de días tuve que presentar un breve análisis sobre una lectura asignada para mi asignatura de desarrollo personal. El libro habla sobre perdonar como un cambio de esquema mental, no como la clásica escena piadosa que imaginamos a veces, donde todo está olvidado (o a la fuerza tragado) y se tolerará cualquier conducta futura, imagen que nos inculcan en casa las pobres inocentes madres, quizás porque a veces les toca tragarse su desdicha ante las mil ofensas que le perdonan al marido, al hijo, a la familia impertinente, a la lavadora que no tuerce, en fin, al mundo. Perdonar, decía el libro, es cambiar la perspectiva de la injuria que recibimos por parte de otros, para que no nos martirice ni nos condene al inútil sentimiento de culpa o de preocupación.
Parece algo predestinado, escrito en las estrellas, pudiera ser. Hace exactamente un año tenía la cabeza ocupada en gente sin importancia, causas ajenas, problemas de terceros sin los testes dispuestos a madurar, enredada en un enfermizo círculo de endogamia social, donde todos opinan sobre la vida de todos, todos cuidan las espaldas de "el grupo v.i.p." y el resto es desechable o intercambiable. La clase de personas que a simple vista actúan con amabilidad y ternura, pero con su interior habitado por telarañas que en cualquier momento de presión emocional estallan en la cara del más pendejo que se quede a ayudar. Nunca más. Perdonados, yo no soy mejor que ninguno de ellos y agradezco todo lo bueno que me otorgaron. Perdonados, es decir, el esquema mental de la pérdida de tiempo más grande que he tenido en mi corta vida cambió, el rencor ya no existe, el suceso se ve ahora ridículo y gracioso, pero no hay espacio en mí para ellos, para nadie. La gente es una cara inversión, yo solo me acerco a otro ser humano cuando me lo pide, y dejo que se acerquen si quieren; si no, intrascendente.
Conozco a un hombre talentoso, brillante, sumamente concentrado en su misión en la vida; Dios y su sabia madre le encaminaron hacia su vocación, su primer amor: la música. Antes era un pasatiempo para las horas extracurriculares, ahora la música es parte de él, de todo su ser, de su genética incluso. La guitarra es una prolongación de su brazo, el amplificador es una oreja más. Su ejemplo me inspiró a buscar con mayor ahínco mi propósito en la vida. Demasiadas cualidades que harían a cualquier padre colocar un letrero en el parabrisas trasero de su auto, como esos adhesivos pomposos de "proud parent of a honor roll student.." bla bla bla. Esa sopeteada frase "todos los padres están orgullosos de sus hijos, sin importar lo que pase", como ya saben los mártires del arte, es mentira. El arte no le da a los padres la tranquilidad de saber que sus hijos tendrán un colchón bajo su trasero y un techo sobre su cabeza. El arte no azuza la envidia de los vecinos o familiares lejanos. El arte no se puede colocar en una hoja de créditos para ostentarlos frente a todos. La triste realidad es que la última generación que creció sin la contaminación tecnológica ni mediática piensa que el arte, como un profesional me dijo en su más solemne momento de falla neuronal, "está destinado a la entropía".
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| Que el "rulo de tambor" no te haga perder el ritmo, |
| ni ahora ni después |
Claro, el arte es un desperdicio, pero su biblioteca está llena de libros maravillosos, de talentosos escritores, hijos ajenos. El arte es un seguro fracaso, pero no falta a un solo concierto de bandas extranjeras, formadas por hijos ajenos. El arte es una mala inversión, pero los teatros de la ciudad son parada obligada, para luego lamentarse del "poco apoyo que recibe ese arte en Panamá", lo cual es cierto y triste, pero al menos él está apoyando a esos dotados actores -hijos ajenos. El arte, dice el ingeniero, está destinado a la entropía, pero en Europa no dudó en pagar sopoticientos euros para entrar al Louvre a fanfarronear sobre las majestuosas pinturas de esos genios que, a pesar de haber muerto ya hace siglos, siguen embelesando nuestra vista, genios que fueron, algunos, los hijos incomprendidos de humildes y trabajadoras personas que nadie recuerda. Tiene bajo su techo a un verdadero artista, y en sesenta días que el chico estuvo en otro continente, la única razón que encontró para llamarlo fue usar a su tonta novia como un papel higiénico.
Yo también lo entiendo. Mi madre, qué tierna, habla maravillas de cada estrella fugaz que sale de los realitys shows nacionales, de Margarita y de lo orgullosos que deben sentirse sus padres, del circo que divierte al populacho y a la clase alta, elogia a personas de las que solo sabe que posan muy bien ante la pantalla, habla de tal presentador como "se ve que es muy sano, mira cuánto ha logrado". Es fanática de un reportero de cnñ que cometió la imprudencia de interrogar sin respeto alguno a un famoso cantante sobre el caso de abuso sexual hacia una de sus hijas. Pero cuando se entere de mis andanzas literarias, probablemente me diga lo que siempre expresa sobre cada cosa que sale de mi mente hacia mi boca: "no hables así". Queridos lectores, son ustedes los que dan el ánimo para seguir con este trabajo, no nuestras familias. El que está leyendo esto con un rabioso nudo en la garganta mientras observa en solitario el correo de aquel agente de disquera, el libro escondido en la maleta rodante con candado o el mural emborronado del cuadro que aún no ha terminado de pintar, sabe de qué hablo.
Sigamos caminando, artistas, escritores, músicos, atletas, malabaristas de semáforo, pintores que venden sus hermosas obras en esquinas de residencias, bandas de música que deben vivir de jingles de televisión y recepciones de bodas y bautizos, mientras sacan tiempo para su verdadero arte. El esfuerzo no es en vano. El arte y la educación son la mejor inversión. Dejen que las masas se acerquen, y al que no lo haga, sea quien sea, intrascendente.