sábado, 20 de abril de 2013

Las sobras del día


Vivo a diario sabiendo que voy a morir.

A mis conocidos les altera mucho escuchar esta frase. A mí me altera que les altere, o que no la entiendan. Cuento los segundos, minutos, horas, en las que no exprimo las avaras gotas de fortaleza que los momentos gustosos nos dan, como ahorro para tormentas venideras. No es por mi salud, que a Dios gracias está en buenas condiciones. Ni por mis actividades cotidianas. Es un pavor nocturno, diario, un hiato en la siesta de la tarde tras una larga jornada de estar de pie y caminar a casa. 

Algún incauto de poco raciocinio dirá: "pero uno no puede andar por la vida pensando en que se va a morir". Tiene derecho, pero diría que todo lo contrario. no me interesa abandonar ese pensamiento. Y menos me interesa despilfarrar atención espectáculos dantescos y de pésimo gusto, como los que me rodean cuando permito un minuto de más a que las personas con las cuales intercambio palabras  me contaminen con su pesimismo y desgana. Con su hipnosis de bajo octanaje, sus discursos practicados, sus "shares" sin haber leído la nota completa, y sus buenos modales en el ascensor. Las conversaciones de ascensor, precisamente, son el mejor ejemplo de lo que trato de mostrar.

Ese pequeño espacio de forzosa compañía es la muestra de cuán necesitados estamos por compartir. Le das al compañero de ascensor lo primero que te viene a la cabeza, lo que desayunó tu alma, lo que llevarás para convidarle en el coffee break a tus colegas de cubículo. Tienes una gama de opciones, frescas aseveraciones de tu crío de cuatro años, divertidos chistes de la última vez que te reuniste con tus amigos solo porque sí, y no por algún cumpleaños olvidado. Pero prefieres recibirlos con "¿viste al tipo de las piernas machacadas? tienes que ver esto, mira. Qué feo, no puedo dejar de mirarlo", tal vez porque en vez de pasar un rato escuchando las palabras mudas del alma dolida de un amigo, prefieres ser parte del morbo colectivo, para decir que puedes hablar de lo mismo sin perturbarte. Yo sí me perturbo, con orgullo lo confieso. La simple vista de una paloma tiesa en la acera es capaz de descolocarme.

Horas en eso.
  • En futilidad, en morbo y caos, en dolor ajeno para tu propia curiosidad, en alimentar el fuego del hambre intelectual y emocional general. 
  • En procrastinar (se los dije), en no leer más de lo que el titular quiere que sepas. 
  • En dejarse tratar como bruto (aunque no lo seas, créeme, no lo eres, los medios quieren que lo creas)
  • En darle más importancia al "tengo" que al "quiero". 
  • En ignorar a los que realmente te quieren, para agradar a los que quieres que te quieran. 
  • En abusar de la conjugación futura para hablar de "cuando pase esto o aquello", en vez de decidirse a lograr pequeños pasos para llegar a ese esto o aquello algún día. 
  • En juzgar a los que tienen tiempo para sí mismos y quejarte de lo poco que puedes dedicar a respirar, porque todas esas mulas que tiran de tus extremidades cayeron ahí por accidente, para atormentarte. Porque te obligaron a ser hijo, trabajador, esposo, padre, amante. 
  • En tratar de ser el héroe de todos y estar ahí para todos; dejar de regar las gardenias del patio ajeno que ya tiene quien lo cuide, para ir a plantar tus rosales.

Tus sueños, tu pasión, tus planes, tus ambiciones personales. Alguien te metió en la cabeza que no eran importantes. Y esas almas pobres tienen la libertad de expresar y vociferar lo que sus vacías cabezas les quieran dar de consuelo. Pero lo malo es que tú te lo creíste. Ahora eres adulto. Dices ser libre, tener tus propias ideas,  pero les regalas tu valiosa vida, tus pensamientos, tus horas que te hacen falta, a lo que otros piensen o decidan sobre ti.

Y aquí estás. Eres parte de los pocos que se rebelan contra el yugo de los límites de la campana de Gauss. Lees esto sin preguntarte cuánto gana mi psiquiatra, porque sabes que no es lo mismo escribir que sobrevivir en la realidad, que las letras son el bacanal mental donde todo se puede sin culpas ni látigos. Pero no estás haciendo eso que tanto has postergado. Prefieres tu seguridad, tu tranquilidad, tus cuatro cifras de cuenta bancaria por quincena, otro día, sigues con ese consuelo de "cuando pase esto", mientras tu mente pasa más horas embotada que ocupada.
Te preguntas, muy eventualmente, después de cuidar al mundo entero, de responder a la moral y buenas costumbres que te exige tu jefe durante las horas en que añora encontrarse con su amante, de revisar todos los titulares, tanto importantes como inútiles, de enterarte de cuál celebridad está "esperando bebé", de atender a los amigos que se les antoja aparecerse en tu vida cuando necesitan algo de ti y desatender a los que sí les importas. En tu diario segundo de paz, tu encuentro con el bocón de porcelana, cavilas en las brillantes ideas que quieres plasmar y compartir con el mundo, con los que apreciarán tus atinadas reflexiones y pagarán por ellas. Pero ahí siguen, estancadas, dando vueltas. Y seguirán ahí mientras les dediques la última pizca de vigilia de la jornada, las sobras del día.

viernes, 12 de abril de 2013

Creación interrumpida

  1. El proceso de escribir. Engorroso, interminable, un striptease emocional del que nadie sabe. Creen que los libros te saldrán disparados por la boca o por algún otro agujero fisiológico, que es un simple trabajo donde te sientas frente a una pantalla, a las dos o tres horas terminas, imprimes y sigues con tu vida. Que se hace en fechas programadas, a horas establecidas, y con toda facilitad y soltura. Que mientras lo haces te ves igual que cuando presentas, luces tus galas, frente a un ventanal que da hacia un riachuelo donde no hay más ruido que las gotas de agua al fundirse nuevamente con una gran masa a la que pertenecen, de la que son solo una parte minúscula. Que reposa a tu lado una taza de café y un par de anteojos, como si todos los escritores fuesen miopes (yo lo soy, pero esa es otra historia). Que permaneces en una cabañita de madera con una mecedora chillona en la puerta y tu labrador siguiéndote cuando sales a pasear bajo los frondosos árboles para recargar las pilas de inspiración..
  2.  Tendría indigestión de solo releer lo que escribí, no la tengo solo porque llevo varias horas sin comer, dado que estoy, como muchos colegas a los que veré dentro de unos 130 días, más o menos, en el evento cultural más importante del año. Esta vez, como si fuera poco el enorme placer que me da poder presentar mi obra al público interesado en seguir escuchando, leyendo, lo que esta humilde trastornada tiene que decir, me corresponde el honor de ser el medio por el cual otro autor plasma sus ideas. Un empujón, un jalón de oreja. Lo que desconoce, que trabajar con él me está ayudando a mí también en la disciplina necesaria para mi propio trabajo literario. Serán dos a la vez, hace dos años era una visitante más, una lectora insaciable, una solitaria criatura que se preguntaba cuándo tendrán de país invitado a Italia y como orador especial al mismísimo Eco. (Cumplió ochenta y todavía no lo conozco... comienzo a asustarme). Ahora soy parte del repertorio, qué más podría pedir. Ya recuerdo, podría pedir algo que bastante falta hace, privacidad. 
  3. Escribo estas líneas mientras mi inocente socio en las letras sufre la enésima interrupción de la noche. Sé que esto será un vago recuerdo, cuando por fin veamos concretado nuestro esfuerzo. Mientras tanto, lo engorroso y frustrante del proceso creativo se eleva a la tercera potencia, pues somos dos cerebros distintos que trabajan en una misma faena. Dos escenarios colmados de distracciones por parte de personas amorosas y preocupadas que no entienden el significado de "necesito concentrarme". No es su trabajo entenderlo, es el nuestro aislarnos y evitar que nos toquen la puerta cada media hora para ocupaciones varias. Si fuese un encierro de trabajo convencional, no osarían ni pisar muy fuerte cerca de la puerta. Pero ante los ojos de quienes nunca se enfrascaron en volcar sus verdaderos pensamientos, emociones y fantasmas, la tarea es incomprensible.  
  4. Ni el sueño es bienvenido. Esa hora fatal (porque ahí muere el proceso) donde la cabeza adquiere peso de yunque, los párpados se rinden y el cuerpo se derrama sobre la silla, cada vez más horizontal, es la peor. El momento de inspiración es fulminado por el cansancio de las horas de trabajo. En medio de la noche, una idea para anexar al proyecto, en la mañana, olvidada completamente, no hay manera de escribir con letra clara a esa hora. Dios te libre que tus jefes sepan que dedicas buena parte del tiempo libre a escribir en un blog o trabajar semillas de ideas en las redes sociales. Dios te libre también que sepan que tienes una opinión. Eres una persona, no una máquina repetidora de información académica. 
  5. "¿De dónde sacas tiempo y espacio para hacer tanto? Tú sí puedes, te sobra el tiempo. No como a mí. Entre mi trabajo, la clínica, la casa, los niños, mi marido, mi abuela enferma, mi cuñado alcohólico, las reuniones familiares, esto y aquello...". Esa opinión viciada, que los solteros  nos pasamos la mitad del día con el dedo en el ombligo, que por solo alquilar en vez de pagar casa no nos toca nuestra cuota de responsabilidad y compromisos diarios, como cualquier otro ciudadano, que no hacemos fila en el supermercado preocupados por estirar el salario para que alcance. Que no nos enfermamos, que nos pasamos (como ella sí lo hace y yo no) cuatro horas diarias repartidas, compartiendo y twiteando babosadas. Tuve que trazarle un mapa de un día regular de trabajo para mí. Lo trazo ahora para usted, querido lector que por ya llegar a este párrafo merece un premio. 
  6. Es sencillo.  En lugar de despertar a una hora decente para llegar a las labores a tiempo, agregas una media hora más a la vigilia y se la restas al sueño. Te sientas a dejar que el resplandor del monitor te perfore las córneas, que tratan de ponerse al día con el cambio de rutina ("¿qué está pasando? ¡apaga eso! ¡vamos a dormir una hora más!). Tratas de seguir el hilo de la idea que dejaste con ganas de aflorar en la víspera. Claro, ahora la lees y te suena a una línea sacada de "Las puertas de la percepción" de Huxley. Ni qué decir del matapasiones televisor del cuarto contiguo, del que sale un bullicio cuyas únicas palabras comprensibles son "amigos televidentes, despierten con alegría... sangre... horror... acribillado... tercer debate... elecciones primarias... descomunal tranque". ¿No sería mejor leerlas y ahorrarse ese chabacano estrépito? Buenos días para ti también. Me pregunto cómo soportan la vida con ese desayuno de campeones. En el camino al trabajo tratas de seguir el proceso, pero tu copiloto se siente abandonado porque no le conversas, quizás no sea mala idea, hasta que en medio de una frase como "estamos muy entusiasmados por la forma que está tomando el libro", aprovecha para de repartir buenos deseos a los demás conductores: "taxista de m..., busero de p...., mira la otra pendeja cómo va caminando con audífonos puestos (sic)". Se les quiere tal cual, pero la idea murió.
  7. La esperada llegada a un lugar donde se trabaja con las ideas, tengo suerte de trabajar en un sitio así. Me pagan para usar la cabeza y ayudar a otros a usarla. Aprovecharé la hora previa al inicio de la jornada para refugiarme en el teacher's lounge y revisar ese párrafo en el que me inspiré, qué milagro que salió sin tanta redundancia. Recuerdo cuando en el borrador de STH encontré cien veces "cosas". Qué inocencia la mía. Llegada la hora de iniciar, termina la sesión, un rato libre para seguir trabajando. Ardor en el epigastrio. Dolor de cabeza. Debo comer. Idea, espérame, no me abandones. Pronto estaremos juntos.
  8. Acaba la jornada. Adoro mi trabajo, es el mejor hervidero de creatividad que puedo encontrar, no sé si me la comparten los chicos o se las absorbo sin que se den cuenta. Aunque una de mis peores pesadillas es imaginarme que estén estudiando solo para ser una hormiga obrera más, para desfilar junto al ejército de los que se levantan en la mañana a esperar que el día termine, a pitar en el tráfico y criticar al que va por la calle bajo el son de la música, a tomar el trabajo más estable y seguro que después odiarán, a casarse con el primer mequetrefe que las encante, a tener hijos para decirles que "estudien algo seguro", y a ocupar la oficina más grande de una corporación para invitarme a presentar mi decimoquinto libro y preguntarme ... ver párrafo 5.
  9. Las obras avanzan. Cada una a paso lento pero firme. Es divertido trabajar en un proyecto con alguien que jamás ha publicado, pero es difícil cuando mancilla la pureza de nuestro trabajo con la opinión de su amorosa familia. Los tiene a ellos, a miles de amigos para perder tiempo para hablar sobre zoncerías con personas a las que dedica un cariño incondicional aunque tengan la peor ortografía conocida y los hábitos más cuestionables. Quiere opiniones e impresiones de todos, demasiado ocupados para revisar seis páginas de palabras que ellos mismos dijeron. Demasiado atareados para entenderlo. "Tú no tienes una familia, no lo entiendes, ellos son importantes para mí en esto". La cima es un lugar solitario, déjalos en su paz soporífera, puedes bajar a visitarlos cuando quieras, pero no los hales hacia este remolino. Nunca les va a importar como a ti, quiérelos y punto.
  10.  Yo no tengo ese problema. Solo el problema del tiempo. Exhausta, sin voz, disponerse a trabajar en lo que queda del día. Esperar, crear, mantenerse concentrado en un sitio donde no existe espacio personal, crearlo en tu cabeza. Crear sin pausas, sin descanso, hasta que el traidor cansancio o las obligaciones sociales te saquen del laboratorio invisible. Dormir ofusca, pero es necesario. Mañana será otro día de interrupciones. Otro reto a vencer, otra persona a la que responderle que yo también tengo una vida, que cada día se pone mejor.