Era
apenas una estudiante de medicina en los primeros pasos de mi vida profesional
como médica. Cursaba el semestre de las “O” (saludos a todos los que entienden
esto sin mayor explicación, los extraño mucho) y acompañé a un R1 a responder una
interconsulta. Era un paciente desahuciado por un CA (cáncer) prostático, con
mets (metástasis) a fémur y caderas. Luego de explicarme los detalles del
motivo de consulta, me pregunta, como si realmente esperara que yo a mis 20
años contestara correctamente “Ese
abuelito está listo para la foto. Doctora, ¿dónde crees tú que este señor
estaría mejor, considerando que lo que le queda de vida no es mucho y ya no se
puede hacer nada aquí?” A lo que yo respondí: “En el hospital está mejor porque lo cuidan y así debe ser, porque está
enfermo”. Me miró de reojo, no se molestó en voltear la cabeza ante tal
ignorancia, y jamás me sentí tan tonta como ese día, cuando respondió: “Debe estar viviendo lo que le queda de vida,
feliz, con su familia o con quien quiera”. Nada más cierto.
He
tocado este tema en otras ocasiones (ver “Lo que un torso me enseñó”) y debido
a varias experiencias distintas. Se sabe que el ser humano es experto en
producir, en resolver problemas, en buscar el camino de salida a obstáculos de
diverso tamaño y envergadura, pero con frecuencia me pregunto cuándo podré
conocer a algunos de ellos, porque la mayoría de los que conozco que me superan
en edad y experiencias, y que se jactan de tener muchos consejos que darme, son
expertos en procrastinar, y además predican a su alrededor la palabra de
cosechar el día para las obligaciones y los suplicios, pero no la de disfrutar
cada día con las bendiciones, pequeñas y efímeras que recibimos a diario. Que
jamás haya tiempo para el goce, la risa, el festejo y el pequeño desenfreno
necesario para destapar la olla de presión que se cocina toda la semana.
Esa
generación que nos crió a los que ahora vivimos en la tercera década de vida lleva
la batuta de la procrastinación, y me pregunto por qué. Si fuera yo la que
viera llegar el ocaso de mi juventud y a la vez estuviera en excelente estado
de salud, libertad de salir con quien desee y con la satisfacción de ver a los
hijos ya como adultos independientes, estaría celebrando cada minuto sagrado,
cada hora como un regalo, cada día como un milagro. Caso contrario a lo que
realmente pasa. Detrás de estos seres que nos inculcaron el camino del bien
sigue sonando el látigo de la culpa, del deber y de evitar expresar vítores de
alegría, lo sienten en sus espaldas y quieren pasarlo a nosotros, con las
clásicas lecciones de “aguántate en un
trabajo que te consume porque es mejor mantener la estabilidad, los trabajos no
abundan”, a pesar que hayas estudiado y estés seguro que tu vocación se
encuentra en otro lado, o bien el sermón de “voy a sacar tiempo para hacer ejercicio y relajarme”, llega el día
de la jubilación y muchos se enfrascan en más deberes, aunque me alegra ver que
no todos se quedan esperando a vivir 50 años más y envejecer hacia atrás como el
personaje del cuento de Fitzgerald. Procrastina más el grupo de la población
que por estadística no debería hacerlo.
A
los ojos de la persona que me vio crecer solo a mí y a nadie más yo soy la
campeona de las ofensas, la ordinariez, la obstinación y la ineptitud. Y más
vale que carguemos el latiguito cada vez que salgamos a dar los pasos que
consideremos mejores para nuestro esquema de vida, ni Dios lo permita soltemos una
carcajada que atraviesa una pared. Creo que la decencia y el respeto deben ser
constantes en la vida, en mayor o menor grado pero constantes, con cierta
flexibilidad ante las ocasiones de camaradería familiar o encuentros de amigos,
pero dejar de vivir la propia libertad y tomar decisiones que hagan nuestra
existencia más agradable y enriquecedora es una total idiotez.
A
veces llega el discurso de “la vida es
muy corta”, pero solo aplica a más compromisos y obligaciones, cuando se
trata de permitirse placeres merecidos, llega la procrastinación, no porque sea
necesaria, sino porque, para desgracia de estos personajes que se convencen a
sí mismos que son los más responsables, simplemente les da miedo salir de su
cadena, de lo seguro y conocido (soberbia ridiculez porque no hay nada seguro
en esta vida y cada día trae un desconocido mundo que atravesar), de su cerco
estrecho en donde cada nueva experiencia placentera es aterradora. No los
compromisos, no las nuevas deudas, no las amistades de la familia extendida con
sus comentarios impertinentes, sino las experiencias donde les toca ser ellos y
hacer algo que represente un gozo momentáneo o incluso perdurable, saludable y
aleccionador.
Ejemplos
concretos, y no heriré susceptibilidades a propósito ni haré ataques
personales, porque la realidad es que cada uno de nosotros conoce a alguna de
estas unidades, y es enorme el cariño que les profesamos dado que (a diferencia
de ellos) nosotros sí sabemos que cada día es un regalo invaluable y
(nuevamente a diferencia de ellos) por alguna razón esta generación a la que
pertenecemos vive relativamente más el presente.
- Quieren leer pero “no tienen tiempo”, o muchos no tienen tiempo para leer, o compran un libro y lo acomodan en la repisa. Sin embargo, suma las horas del día que dedican a las preocupaciones ante lo que no pueden controlar y podrían terminar Nuestra Señora de París en una sentada (por cierto, gracias a todos los que leyeron mi libro en una sentada, es bonito saber que pude provocar eso).
- Postergan el cuidado de la salud, los exámenes mandatorios, los cambios de alimentación y las visitas al médico. Todo se arregla mágicamente en enero, cada inicio de año lo ven como el nuevo arranque, así sea que falten 3 meses para fin de año, pero todos los años suelen dedicarse al mismo pasatiempo: procrastinar, que enero es de locos, que febrero es carnavales, que en marzo los niños inician clases, que “abril florecía frente a mi ventana” (cosa curiosa, en ese poema se habla de la fugacidad de la vida y de cuántos abriles perdemos), y así hasta que los persigue el nuevo diciembre con las contadas horas de oficina para cumplir con todo lo que postergaron porque “siempre habrá tiempo”. No estoy de acuerdo, será porque la salud no es una garantía sino un trabajo en el que tenemos una gran parte que hacer si nos da la gana, pero tristemente estos expertos en procrastinar esperan el día adecuado mientras engullen embutidos y ven crecer ese lunar sospechoso en su piel
- Nos piden paciencia en las relaciones, incluso ya adultos y emancipados. Que tal persona no es de tu confianza, no la conoces, que van muy rápido, que hay que esperar a ver qué tiene para ofrecerte, que solo llevan dos años de conocerse, que cuál es el apuro, que habrá muchas personas que serán mejores que esa, que te tomes el tiempo para conocer a uno y salir con uno. Mientras tanto, ellos les regalan minutos valiosos de sus vidas a los que los lastiman, o hablan sandeces de sus propios hijos o no aportan nada significativo, por la preocupación por quedar bien con todos.
- Tienen algunos sueños sin cumplir, y nada tan inverosímil como vivir en Júpiter y conocer a los Picapiedras. No. Sus sueños son más sencillos y posibles de lo que piensan, pero no tienen tiempo para percatarse de eso. Procrastinar hasta en la consecución de lo que quieren, porque Dios los mandó a este mundo a sufrir y esa es su única misión, porque disfrutar de esta vida, esta que tenemos ahora, que es la única que realmente nos consta, es para ellos un vicio innecesario. Igual al que ahorra toda su vida y trabaja 14 horas diarias para darle lo mejor a su familia y desaprovecha el tiempo presente, que es en realidad lo mejor que puede darle. “Yo quisiera...” y todavía pueden, simplemente no lo hacen. Deber, deber, deber, imponerse la tarea de cumplir primero con los demás. Y dicen que nosotros perdemos el tiempo.
- No expresan sus emociones: al muerto lo lloran en privado o nunca, a los vivos no les expresan su descontento o diferencia de opinión, no les hablan de lo que les molesta porque luego hay que soportar la culpa del peso de nuestras palabras, sean ofensivas o asertivas. Claro, pero cuando esos mismos individuos de vidrio ofenden u hostigan a sus hijos, en ellos sí se justifica ese comportamiento y hay que tomarlo como broma, aun cuando la injuria está hecha. Limitar, amarrar las expresiones de afecto, disgusto, euforia, decepción, ánimo, enojo, para no escandalizar ni provocar la crítica que inevitablemente llega, porque nadie es moneda de oro para agradar a todos. Pero hay que intentarlo.
- Coleccionan diarios que nunca serán leídos sino solo superficialmente ojeados, revistas que ya leyeron y que no volverán a ser leídas, ropa en la que no entrarán ni con grasa de puerco y cacharros que no llevarán a reparar pero que tampoco botarán por sepa Dios qué razón, tienen a viejos amigos en sus agendas y perfiles de redes sociales, a los que añoraban ver hace años, pero a los que no tienen tiempo para llamar o visitar. No tienen tiempo para pasar un rato agradable con ellos, pero sí con la familia política que no les agrada o con los vecinos vidajenas. Lo hacen hasta con su propia familia, prueba de ello: las dos últimas reuniones familiares fueron funerales, y se negaron el sano derecho a llorar al muerto, porque eso significa que “uno no está bien”, y qué bueno que quien le sobrevive se ve tranquilo, eso es sano (reitero: no estoy aludiendo a nadie en particular, es solo que todos conocemos a alguien que cae en esta descripción).
Sé
que algunos dirán que en treinta años entenderé esa actitud. No creo, en primer lugar soy producto de otra generación y en segundo lugar mis
autores vivos favoritos y muchas personas a las que no tengo el gusto de conocer no procrastinan, al contrario, se despiertan con más
energía y palabras que compartir que yo que soy más joven. Producen más que
algunos jóvenes que se lamentan a diario de la falta de tiempo, cuando en sus
días libres se dedican literalmente a hacer nada. El ocio en cantidades
adecuadas no es malo, lo patético es escuchar a quien le sobra el tiempo
quejarse porque no le alcanzan las horas para seguir haciendo nada. Son los
mismos que envidian al que tiene trabajo pero que no se levantan a buscar uno;
son los que detestan ver las fotografías de los viajes de sus amigos pero que
no les da la gana de ir ni a las playas nacionales; son los mismos que se
preguntan: “¿Qué diantres hizo ella para
escribir un libro? Ni siquiera ha vivido suficiente” pero no levantan un
dedo para comenzar a teclear su manuscrito.
Procrastinan.
Porque hay deberes que cumplir con la boca amarrada, porque hay tiempo para
tomarle la lección al mocoso y hacerlo sentir un inepto cuando se le olvide
apuntar una tarea, pero no hay tiempo para verlo jugar en el parque o tocar su
guitarra. Porque hay tiempo para atragantarse con el circo político matutino en
el cuarto donde dejamos entrar a la parlanchina estación televisiva antes que
al sol, en la cocina mientras preparan el desayuno y se desayunan jugo de
sangre de tiroteo y omelette de
tragedia insulsa en la que no tenemos nada que arreglar, en el carro como
música de fondo del embotellamiento, en la cháchara de oficina, en el celular,
en la computadora, en el metrobus
mientras ese muchacho escandaloso “atormenta” con su guitarra y su voz a los
pasajeros para hacer su viaje más placentero, en el ascensor donde el saludo de
buenos días es “supiste que Kate la
princesa…”, en la fila de pago del supermercado luego de quejarse de lo
caro que está todo. Generación reprimida que ha pasado una existencia
fertilizando el suelo, es hora de cosechar la flor del día, de cada día, una a
la vez. O al menos no se molesten porque otros, que valoramos la vida y a los
que nos la adornan sí lo hagamos.


