domingo, 9 de diciembre de 2012

Procrastinar - El síndrome del que cree que vivirá 200 años




 Era apenas una estudiante de medicina en los primeros pasos de mi vida profesional como médica. Cursaba el semestre de las “O” (saludos a todos los que entienden esto sin mayor explicación, los extraño mucho) y acompañé a un R1 a responder una interconsulta. Era un paciente desahuciado por un CA (cáncer) prostático, con mets (metástasis) a fémur y caderas. Luego de explicarme los detalles del motivo de consulta, me pregunta, como si realmente esperara que yo a mis 20 años contestara correctamente “Ese abuelito está listo para la foto. Doctora, ¿dónde crees tú que este señor estaría mejor, considerando que lo que le queda de vida no es mucho y ya no se puede hacer nada aquí?” A lo que yo respondí: “En el hospital está mejor porque lo cuidan y así debe ser, porque está enfermo”. Me miró de reojo, no se molestó en voltear la cabeza ante tal ignorancia, y jamás me sentí tan tonta como ese día, cuando respondió: “Debe estar viviendo lo que le queda de vida, feliz, con su familia o con quien quiera”. Nada más cierto.


He tocado este tema en otras ocasiones (ver “Lo que un torso me enseñó”) y debido a varias experiencias distintas. Se sabe que el ser humano es experto en producir, en resolver problemas, en buscar el camino de salida a obstáculos de diverso tamaño y envergadura, pero con frecuencia me pregunto cuándo podré conocer a algunos de ellos, porque la mayoría de los que conozco que me superan en edad y experiencias, y que se jactan de tener muchos consejos que darme, son expertos en procrastinar, y además predican a su alrededor la palabra de cosechar el día para las obligaciones y los suplicios, pero no la de disfrutar cada día con las bendiciones, pequeñas y efímeras que recibimos a diario. Que jamás haya tiempo para el goce, la risa, el festejo y el pequeño desenfreno necesario para destapar la olla de presión que se cocina toda la semana. 

Esa generación que nos crió a los que ahora vivimos en la tercera década de vida lleva la batuta de la procrastinación, y me pregunto por qué. Si fuera yo la que viera llegar el ocaso de mi juventud y a la vez estuviera en excelente estado de salud, libertad de salir con quien desee y con la satisfacción de ver a los hijos ya como adultos independientes, estaría celebrando cada minuto sagrado, cada hora como un regalo, cada día como un milagro. Caso contrario a lo que realmente pasa. Detrás de estos seres que nos inculcaron el camino del bien sigue sonando el látigo de la culpa, del deber y de evitar expresar vítores de alegría, lo sienten en sus espaldas y quieren pasarlo a nosotros, con las clásicas lecciones de “aguántate en un trabajo que te consume porque es mejor mantener la estabilidad, los trabajos no abundan”, a pesar que hayas estudiado y estés seguro que tu vocación se encuentra en otro lado, o bien el sermón de “voy a sacar tiempo para hacer ejercicio y relajarme”, llega el día de la jubilación y muchos se enfrascan en más deberes, aunque me alegra ver que no todos se quedan esperando a vivir 50 años más y envejecer hacia atrás como el personaje del cuento de Fitzgerald. Procrastina más el grupo de la población que por estadística no debería hacerlo. 

A los ojos de la persona que me vio crecer solo a mí y a nadie más yo soy la campeona de las ofensas, la ordinariez, la obstinación y la ineptitud. Y más vale que carguemos el latiguito cada vez que salgamos a dar los pasos que consideremos mejores para nuestro esquema de vida, ni Dios lo permita soltemos una carcajada que atraviesa una pared. Creo que la decencia y el respeto deben ser constantes en la vida, en mayor o menor grado pero constantes, con cierta flexibilidad ante las ocasiones de camaradería familiar o encuentros de amigos, pero dejar de vivir la propia libertad y tomar decisiones que hagan nuestra existencia más agradable y enriquecedora es una total idiotez. 

A veces llega el discurso de “la vida es muy corta”, pero solo aplica a más compromisos y obligaciones, cuando se trata de permitirse placeres merecidos, llega la procrastinación, no porque sea necesaria, sino porque, para desgracia de estos personajes que se convencen a sí mismos que son los más responsables, simplemente les da miedo salir de su cadena, de lo seguro y conocido (soberbia ridiculez porque no hay nada seguro en esta vida y cada día trae un desconocido mundo que atravesar), de su cerco estrecho en donde cada nueva experiencia placentera es aterradora. No los compromisos, no las nuevas deudas, no las amistades de la familia extendida con sus comentarios impertinentes, sino las experiencias donde les toca ser ellos y hacer algo que represente un gozo momentáneo o incluso perdurable, saludable y aleccionador. 

Ejemplos concretos, y no heriré susceptibilidades a propósito ni haré ataques personales, porque la realidad es que cada uno de nosotros conoce a alguna de estas unidades, y es enorme el cariño que les profesamos dado que (a diferencia de ellos) nosotros sí sabemos que cada día es un regalo invaluable y (nuevamente a diferencia de ellos) por alguna razón esta generación a la que pertenecemos vive relativamente más el presente. 


  • Quieren leer pero “no tienen tiempo”, o muchos no tienen tiempo para leer, o compran un libro y lo acomodan en la repisa. Sin embargo, suma las horas del día que dedican a las preocupaciones ante lo que no pueden controlar y podrían terminar Nuestra Señora de París en una sentada (por cierto, gracias a todos los que leyeron mi libro en una sentada, es bonito saber que pude provocar eso). 
  • Postergan el cuidado de la salud, los exámenes mandatorios, los cambios de alimentación y las visitas al médico. Todo se arregla mágicamente en enero, cada inicio de año lo ven como el nuevo arranque, así sea que falten 3 meses para fin de año, pero todos los años suelen dedicarse al mismo pasatiempo: procrastinar, que enero es de locos, que febrero es carnavales, que en marzo los niños inician clases, que “abril florecía frente a mi ventana” (cosa curiosa, en ese poema se habla de la fugacidad de la vida y de cuántos abriles perdemos), y así hasta que los persigue el nuevo diciembre con las contadas horas de oficina para cumplir con todo lo que postergaron porque “siempre habrá tiempo”. No estoy de acuerdo, será porque la salud no es una garantía sino un trabajo en el que tenemos una gran parte que hacer si nos da la gana, pero tristemente estos expertos en procrastinar esperan el día adecuado mientras engullen embutidos y ven crecer ese lunar sospechoso en su piel

  • Nos piden paciencia en las relaciones, incluso ya adultos y emancipados. Que tal persona no es de tu confianza, no la conoces, que van muy rápido, que hay que esperar a ver qué tiene para ofrecerte, que solo llevan dos años de conocerse, que cuál es el apuro, que habrá muchas personas que serán mejores que esa, que te tomes el tiempo para conocer a uno y salir con uno. Mientras tanto, ellos les regalan minutos valiosos de sus vidas a los que los lastiman, o hablan sandeces de sus propios hijos o no aportan nada significativo, por la preocupación por quedar bien con todos. 
  • Tienen algunos sueños sin cumplir, y nada tan inverosímil como vivir en Júpiter y conocer a los Picapiedras. No. Sus sueños son más sencillos y posibles de lo que piensan, pero no tienen tiempo para percatarse de eso. Procrastinar hasta en la consecución de lo que quieren, porque Dios los mandó a este mundo a sufrir y esa es su única misión, porque disfrutar de esta vida, esta que tenemos ahora, que es la única que realmente nos consta, es para ellos un vicio innecesario. Igual al que ahorra toda su vida y trabaja 14 horas diarias para darle lo mejor a su familia y desaprovecha el tiempo presente, que es en realidad lo mejor que puede darle. “Yo quisiera...” y todavía pueden, simplemente no lo hacen. Deber, deber, deber, imponerse la tarea de cumplir primero con los demás. Y dicen que nosotros perdemos el tiempo. 
  • No expresan sus emociones: al muerto lo lloran en privado o nunca, a los vivos no les expresan su descontento o diferencia de opinión, no les hablan de lo que les molesta porque luego hay que soportar la culpa del peso de nuestras palabras, sean ofensivas o asertivas. Claro, pero cuando esos mismos individuos de vidrio ofenden u hostigan a sus hijos, en ellos sí se justifica ese comportamiento y hay que tomarlo como broma, aun cuando la injuria está hecha. Limitar, amarrar las expresiones de afecto, disgusto, euforia, decepción, ánimo, enojo, para no escandalizar ni provocar la crítica que inevitablemente llega, porque nadie es moneda de oro para agradar a todos. Pero hay que intentarlo.
  • Coleccionan diarios que nunca serán leídos sino solo superficialmente ojeados, revistas que ya leyeron y que no volverán a ser leídas, ropa en la que no entrarán ni con grasa de puerco y cacharros que no llevarán a reparar pero que tampoco botarán por sepa Dios qué razón, tienen a viejos amigos en sus agendas y perfiles de redes sociales, a los que añoraban ver hace años, pero a los que no tienen tiempo para llamar o visitar. No tienen tiempo para pasar un rato agradable con ellos, pero sí con la familia política que no les agrada o con los vecinos vidajenas. Lo hacen hasta con su propia familia, prueba de ello: las dos últimas reuniones familiares fueron funerales, y se negaron el sano derecho a llorar al muerto, porque eso significa que “uno no está bien”, y qué bueno que quien le sobrevive se ve tranquilo, eso es sano (reitero: no estoy aludiendo a nadie en particular, es solo que todos conocemos a alguien que cae en esta descripción). 
Sé que algunos dirán que en treinta años entenderé esa actitud. No creo, en primer lugar soy producto de otra generación y en segundo lugar mis autores vivos favoritos y muchas personas a las que no tengo el gusto de conocer no procrastinan, al contrario, se despiertan con más energía y palabras que compartir que yo que soy más joven. Producen más que algunos jóvenes que se lamentan a diario de la falta de tiempo, cuando en sus días libres se dedican literalmente a hacer nada. El ocio en cantidades adecuadas no es malo, lo patético es escuchar a quien le sobra el tiempo quejarse porque no le alcanzan las horas para seguir haciendo nada. Son los mismos que envidian al que tiene trabajo pero que no se levantan a buscar uno; son los que detestan ver las fotografías de los viajes de sus amigos pero que no les da la gana de ir ni a las playas nacionales; son los mismos que se preguntan: “¿Qué diantres hizo ella para escribir un libro? Ni siquiera ha vivido suficiente” pero no levantan un dedo para comenzar a teclear su manuscrito. 

Procrastinan. Porque hay deberes que cumplir con la boca amarrada, porque hay tiempo para tomarle la lección al mocoso y hacerlo sentir un inepto cuando se le olvide apuntar una tarea, pero no hay tiempo para verlo jugar en el parque o tocar su guitarra. Porque hay tiempo para atragantarse con el circo político matutino en el cuarto donde dejamos entrar a la parlanchina estación televisiva antes que al sol, en la cocina mientras preparan el desayuno y se desayunan jugo de sangre de tiroteo y omelette de tragedia insulsa en la que no tenemos nada que arreglar, en el carro como música de fondo del embotellamiento, en la cháchara de oficina, en el celular, en la computadora, en el metrobus mientras ese muchacho escandaloso “atormenta” con su guitarra y su voz a los pasajeros para hacer su viaje más placentero, en el ascensor donde el saludo de buenos días es “supiste que Kate la princesa…”, en la fila de pago del supermercado luego de quejarse de lo caro que está todo. Generación reprimida que ha pasado una existencia fertilizando el suelo, es hora de cosechar la flor del día, de cada día, una a la vez. O al menos no se molesten porque otros, que valoramos la vida y a los que nos la adornan sí lo hagamos.  


martes, 16 de octubre de 2012

"Deja que cargue la mochila"

Los patios de entrada de los colegios son sitios de inspiración para quien escribe sobre la realidad cotidiana. Tanta patología y disfunción, oculta tras caras sonrientes y camisas perfectamente planchadas y almidonadas. El abnegado ángel que vigila los pequeños pasos de los escolares, entre halones de oreja para que el imberbe no olvide dar los "buenos días" al entrar a un recinto, no para que aprenda a convivir con los demás, sino para dar una buena impresión del excelente ejemplo que recibe en su hogar. ¿Qué van a decir los vecinos de mí? Lo mismo que dicen a tus espaldas cuando te despides de ellos tras comentar banalidades: lo que realmente opinan de ti.
 

Tengo una opinión fuertemente arraigada en mi historia familiar con respecto a esa clase de conductas, que generalmente provienen de las madres. Me intriga pensar de dónde sacan que siempre deben ser esas sacrificadas mujeres, colmadas de buenas intenciones que nos toca traducir después de los comentarios soeces o destructivos que realizan con importante frecuencia, desveladas por la opinión ajena y el cumplimiento del deber (el deber de quién, pregunto yo), así sea que nuestra felicidad esté en juego. No se trata de discutir el amor, el agradecimiento o la gratitud que les debemos. No. El propósito ante tal cuestionamiento sería entender por qué hay tantos consultorios colmados de personas llorosas con matrimonios infelices, carreras insatisfactorias y sueños machacados cuyo análisis revela que una décima parte de la raíz de su problema radica en querer complacer a sus madres. 
 
Frente a mi ventana observo el patio de un colegio. Niños de todas las edades, tamaños y ánimos para ir a clases. En la esquina lejana, una mujer desarreglada, maquillaje escaso que seguramente se aplicó a media luz para no despertar a su crío, la ropa de hace tres días porque no gasta un centavo en sus pertenencias para darle todo al niño. Una sonrisa cordial hacia las demás madres del colegio mientras descarga de su espalda la mochila del niño. Sigue pareciendo la escena de una cuña televisiva, hasta que la abnegada estira la mano mientras el niño está por comentarle sobre algún amigo nuevo que hizo en clase, le da un fuerte tirón de oreja y le murmura "saluda a las señoras, malcriado". Mensaje captado: la apariencia y quedar bien con los demás es más importante que tus tontas anécdotas de amigos.

Años después, viajar al campo a casa de los familiares. Agradable ocasión, hasta que la madre murmura: "Vamos a visitar a tu tía Petunia". Te alegras, tu tía siempre tiene una sonrisa que compartir, un vaso de jugo de naranja fresco y una hamaca para que te columpies mientras observas las ramas bailar al son del viento de verano. Pero la abnegada te comenta: "Mejor vamos, para que no digan que no los visitamos si nos ven por ahí". Mensaje captado: la apariencia y quedar bien con los familiares es más importante que demostrarles nuestro cariño e interés en compartir tiempo con ellos. Ningún asombro cuando la misma frase sale de tu boca veinte años después, en el consultorio del terapeuta que se ríe en tu cara, al explicar por qué llamaste a tus suegros si aún estas disgustado y herido con la forma en que te trataron.
 
Se sigue repitiendo el sermón de complacencia, en todas sus versiones, disfrazando las buenas intenciones ("Yo solo quiero que te vaya bien y que seas feliz" aunque eso en realidad signifique que quieran que vivas según sus expectativas) hasta que la programación mental da fruto. Tomas decisiones por agradar a todos, menos a ti. Tu carrera, el color de tu cuarto, la ropa que usarás en tu primer día de trabajo, la persona con la que sales y luego te casas porque "es lo correcto" o "ya es hora que endereces tu vida", la música que escuchas los domingos en la mañana, el nombre de tu primer hijo... la lista no acaba. A estas alturas ya tienes tu propio sustento, eres un adulto y sin percatarte a tiempo, tomaste caminos de otros, para otros, y así vives, en esa incesante búsqueda de la palmadita en la espalda, que si no llega representa el valor nulo de todas tus cualidades. Tonterías, es precisamente cuando vivimos según nuestro propio código que nos damos cuenta de que no es necesario perder tiempo esperando aprobación.

Y la entrega, por Dios. Esa entrega diaria, ese abandono completo, absoluto y eterno de las prioridades, del tiempo para ser feliz por su cuenta, ese insistente impulso de cargar la mochila del niño hasta la escuela, no con una sonrisa, sino con la obligación sonándole un coscorrón en la culpa. Cargar con la frustración de no darse un pequeño gusto a diario por estar pendiente de todo, lo cual se agradece pero a la larga es un crédito con letras colmadas de intereses difíciles de saldar ("Por ti me sacrifiqué y así me pagas, nunca me compro nada para darte todo"); cargar con la tarea del adolescente que se distrajo chateando y no tiene tiempo para teclear la tarea en google, pero sí para actualizar el facebook con las nuevas obscenidades que le compartieron. Cargar con los problemas laborales y maritales del hijo, con el cuidado del nieto que nadie invitó pero que gracias a Dios está sano y presente, cargar con la ropa sucia que a estas alturas ya debe lavar por su cuenta. Cargar, cargar, cargar... hasta la columna quebrar.

¿Qué hago con mi madre? preguntan algunos. Puede que la tuya sea esa mujer amorosa que olvidó su propia felicidad, como si se lo hubieras pedido. Puede que sea una hermosa persona cuyos dolores autoinflingidos intentas remediar con un sincero y paciente cariño. Si no reacciona, cumpliste con la intención, y tal como nos toca aprender a lo largo de nuestras vidas, la conducta manipuladora y chantajista no hace cambiar a nadie, tal como ellas lo entienden si tenemos los cojones para vivir según nuestras convicciones y el tacto para hacerles ver que así debe ser. 
 
Llega un momento en que hay que soltar la mochila, enseñar al hijo a cargar con su propio equipaje, no resolverle todo porque un día ya no estaremos con él. Nos ahorraríamos mucho dolor si las madres entendieran que nadie les está pidiendo que carguen la mochila, que hagan la tarea ajena, que usen su hermoso vestido de flores para recoger nuestras cagadas. No es trabajo de nadie cambiar a los demás, sino mejorar nuestra propia percepción y conducta ante las tuercas flojas de los seres queridos, porque nosotros también las tenemos. Aceptarlos incondicionalmente, pero también decirles cuando algo que hacen o dicen nos causa dolor, conducta bastante rara en una sociedad reprimida, que prefiere guardar los trapos en un armario hasta que la pestilencia se hace insoportable, en lugar de discutir las diferencias con asertividad. Y también recordarles que la mochila solo tiene espacio para dos brazos, los nuestros.

lunes, 1 de octubre de 2012

Velocidad permitida



No me niego a sentir nada, me libero al volverme presa de cualquier emoción, sobre todo si es placentera. La vida se me ha vuelto un recorrido en autopista, donde pagué demasiado peaje y jamás corrí a mi antojo. Me deleito con la melodía de la lluvia en la ventana mientras en el auto contiguo, una pareja en sus treinta discute, hartos el uno del otro y pensando en cómo fue que sus vidas se volvieron una aburrida cadena de paradas en eventos familiares y conversaciones superfluas sobre dónde cenarán ese día.

Conozco el sentimiento. He sufrido demasiado porque así me lo permitía. Escuchaba a los necios que me obligaban a callar, que me reprimían para que negara mis pulsiones y no me entregara a las pocas ocasiones que nos da la vida para sentirnos realmente felices y extasiados, mareados en un arrebato de exaltación y abrumados por el rápido latir de nuestro pecho cuando los sentidos están atrapados en una nube de embeleso visual y un aroma encantador. 

Es antinatural aquella pretensión que algunos mortales quisieran que fuera cierta: que en el largo y doloroso recorrido de la vida una sola persona a la vez podrá satisfacer todas nuestras necesidades de afecto y atención, sin que haya la mínima inclinación por acercarnos a otros. Si Dios permite que podamos amar a dos padres o a dos hijos a la vez, ¿por qué sería imposible amar a más personas? Otros piensan que en medio de una tediosa esclavitud de deberes no escritos y celosías, la misma fuente de palabrería puede inspirar una pasión desbordada que se rehúsa a dejar de perturbar nuestro sueño. Qué tamaña mentira, qué cuento tan infantil. Es precisamente esa creencia la que tiene a medio planeta en los consultorios de los terapeutas, en los juzgados o en las casas de ocasión, contando en sollozos los patéticos reclamos de la que un día se disfrazó de mártir complaciente y tolerante para cazar en su red a un pobre inútil en el que depositó las semillas de todos sus sueños sin realizar, sin revisar bien lo que le vendieron, porque la familia de mente arcaica le dijo que amarrar a un hombre es condición innegociable para ser feliz y completa. 

No hay estadística que contradiga la triste realidad: las masoquistas que critican a las libres, en el fondo mueren de envidia. Son ellas las que en sus cuarentas vacían los mostradores de las farmacias buscando remedios para mantener vivo lo que ya murió, se regañan por sentir atracción hacia un ejemplar más galán y culto que el que cazaron, o se consuelan al pensar que por más errores que el hombre cometa, por más mujeres que mire, toque, desee o frecuente, y por más fantasías que él guarde para sus sesiones de autocomplacencia, son ellas las que tienen el título de propiedad. Se les olvida que lo que compran no es un perrito faldero, sino un ser humano con atributos y defectos incluidos, con derecho a sentir todo lo que quiera, igual que ellas.

Ser amiga y confidente de tantos hombres necesitados, reprimidos, que fingen felicidad mientras esperan aplausos por las veces que se portan con decencia, confundidos entre sus látigos de culpa y sus ansias de libertad y aceptación genuina, cansados de tener que pensar todo en base a lo que opine o sienta otra persona, asfixiados de rutina y con temor a que se les exija una “seriedad de compromiso”, o peor, que se vendan los ojos para no deslumbrarse con el eclipse en el que se convirtieron las luces de su pasado, deja un cúmulo de aprendizaje sobre los seres humanos y los incomprensibles vuelcos que dan a sus destinos mientras recorren la vida en piloto automático, sin mirar el paisaje ni perdonarse a sí mismos por sus infracciones. Cuántos secretos les ocultan a esas pobres chicas que merecen algo mejor, hasta el nuevo padre afirma que su doble vida de pañales y adulterio es lo que lo mantiene cuerdo ante “una vida caóticamente… caótica”. La esposa le debe las gracias a la amante; gracias al placer extremo que se permite tener con ella, su culpa lo pone a cambiar pañales; qué graciosa es la vida. 

Para mis amigos de más años, el conflicto es la fuente del dolor: algún maldito charlatán de esos que manosean chiquillos en privado los convenció que desear a más de una mujer sería el boleto al infierno; quizás les lavaron el cerebro inyectándoles culpas sobre lo que para todas las especies es más que natural; es más fácil culpar a las reglas, a los baches del camino o a las distracciones, quién fue el idiota que las puso ahí. Con mucho dolor, uno de ellos me confiesa: “Ni siquiera sé para qué me comprometí: pensé que todo se arreglaría”. Siento pena por ellos, su único pecado es tener que juzgarse a sí mismos por querer vivir el amor en una nueva dimensión: sin culpas ni amarres, ni promesas que no pueden cumplir, y con la total libertad de sus muy merecidos deseos. El amor que se regocija con la compañía, sin revolcarse en la posesión y ansias de que el fulano tome el siguiente paso.

Hace tanto que tomé yo misma el volante de mi vida. No necesito choferes ni copilotos, no siento obligación alguna por seguir reglamentos, juramentos ni respetar la velocidad ajena. Puedo ir donde quiera y cuando quiera. Aún puedo darle al pedal con toda la fuerza de mi anatomía sin preocuparme por lo que el insulso copiloto piense, sentir el cabello flotando cuando rebase el límite permitido sin tener que guardar la compostura; aún siento esa descarga más fuerte que cualquier droga, cuando una refrescante ráfaga me rodea con sus brazos, mi pulso se enloquece con su risa y me da igual si voy en contravía o si me destroza los vidrios con sus embestidas pasionales. 

Adoro su presencia, su prisión me hace sentir libre. Odio que sepa cómo me hierve la piel cuando me alcanza a tocar. Lo disfruto y no pregunto nada más. No me importa quién opine ni qué consciencia pierda su tiempo borrándome. Igual la vía se acorta cada vez más, con cada milla que avanzamos. No hay nada más sensato que disfrutar el recorrido. Dirán lo que sea de mí, pero soy yo quien conduce. No me siento cual damisela en espera de que un galán tome el volante y la lleve a conocer el paraíso. Soy yo quien voy hacia allá, y puedo encontrar sola esa felicidad que el lugar promete. Quizás algún fruto de patios ajenos quiera que lo devore sin piedad, quizás tenga mejor suerte y la ráfaga vuelva a sacarme del camino por un rato, para hacerme llegar a esa velocidad que no conocía. Puede que sobreviva, puede que me vaya de bruces hacia un lado. Puede que el recuerdo de la cima me cause dolor. No me niego sentir nada, a frenar o a acelerar. No soy las ruedas, soy la autopista.