lunes, 1 de octubre de 2012

Velocidad permitida



No me niego a sentir nada, me libero al volverme presa de cualquier emoción, sobre todo si es placentera. La vida se me ha vuelto un recorrido en autopista, donde pagué demasiado peaje y jamás corrí a mi antojo. Me deleito con la melodía de la lluvia en la ventana mientras en el auto contiguo, una pareja en sus treinta discute, hartos el uno del otro y pensando en cómo fue que sus vidas se volvieron una aburrida cadena de paradas en eventos familiares y conversaciones superfluas sobre dónde cenarán ese día.

Conozco el sentimiento. He sufrido demasiado porque así me lo permitía. Escuchaba a los necios que me obligaban a callar, que me reprimían para que negara mis pulsiones y no me entregara a las pocas ocasiones que nos da la vida para sentirnos realmente felices y extasiados, mareados en un arrebato de exaltación y abrumados por el rápido latir de nuestro pecho cuando los sentidos están atrapados en una nube de embeleso visual y un aroma encantador. 

Es antinatural aquella pretensión que algunos mortales quisieran que fuera cierta: que en el largo y doloroso recorrido de la vida una sola persona a la vez podrá satisfacer todas nuestras necesidades de afecto y atención, sin que haya la mínima inclinación por acercarnos a otros. Si Dios permite que podamos amar a dos padres o a dos hijos a la vez, ¿por qué sería imposible amar a más personas? Otros piensan que en medio de una tediosa esclavitud de deberes no escritos y celosías, la misma fuente de palabrería puede inspirar una pasión desbordada que se rehúsa a dejar de perturbar nuestro sueño. Qué tamaña mentira, qué cuento tan infantil. Es precisamente esa creencia la que tiene a medio planeta en los consultorios de los terapeutas, en los juzgados o en las casas de ocasión, contando en sollozos los patéticos reclamos de la que un día se disfrazó de mártir complaciente y tolerante para cazar en su red a un pobre inútil en el que depositó las semillas de todos sus sueños sin realizar, sin revisar bien lo que le vendieron, porque la familia de mente arcaica le dijo que amarrar a un hombre es condición innegociable para ser feliz y completa. 

No hay estadística que contradiga la triste realidad: las masoquistas que critican a las libres, en el fondo mueren de envidia. Son ellas las que en sus cuarentas vacían los mostradores de las farmacias buscando remedios para mantener vivo lo que ya murió, se regañan por sentir atracción hacia un ejemplar más galán y culto que el que cazaron, o se consuelan al pensar que por más errores que el hombre cometa, por más mujeres que mire, toque, desee o frecuente, y por más fantasías que él guarde para sus sesiones de autocomplacencia, son ellas las que tienen el título de propiedad. Se les olvida que lo que compran no es un perrito faldero, sino un ser humano con atributos y defectos incluidos, con derecho a sentir todo lo que quiera, igual que ellas.

Ser amiga y confidente de tantos hombres necesitados, reprimidos, que fingen felicidad mientras esperan aplausos por las veces que se portan con decencia, confundidos entre sus látigos de culpa y sus ansias de libertad y aceptación genuina, cansados de tener que pensar todo en base a lo que opine o sienta otra persona, asfixiados de rutina y con temor a que se les exija una “seriedad de compromiso”, o peor, que se vendan los ojos para no deslumbrarse con el eclipse en el que se convirtieron las luces de su pasado, deja un cúmulo de aprendizaje sobre los seres humanos y los incomprensibles vuelcos que dan a sus destinos mientras recorren la vida en piloto automático, sin mirar el paisaje ni perdonarse a sí mismos por sus infracciones. Cuántos secretos les ocultan a esas pobres chicas que merecen algo mejor, hasta el nuevo padre afirma que su doble vida de pañales y adulterio es lo que lo mantiene cuerdo ante “una vida caóticamente… caótica”. La esposa le debe las gracias a la amante; gracias al placer extremo que se permite tener con ella, su culpa lo pone a cambiar pañales; qué graciosa es la vida. 

Para mis amigos de más años, el conflicto es la fuente del dolor: algún maldito charlatán de esos que manosean chiquillos en privado los convenció que desear a más de una mujer sería el boleto al infierno; quizás les lavaron el cerebro inyectándoles culpas sobre lo que para todas las especies es más que natural; es más fácil culpar a las reglas, a los baches del camino o a las distracciones, quién fue el idiota que las puso ahí. Con mucho dolor, uno de ellos me confiesa: “Ni siquiera sé para qué me comprometí: pensé que todo se arreglaría”. Siento pena por ellos, su único pecado es tener que juzgarse a sí mismos por querer vivir el amor en una nueva dimensión: sin culpas ni amarres, ni promesas que no pueden cumplir, y con la total libertad de sus muy merecidos deseos. El amor que se regocija con la compañía, sin revolcarse en la posesión y ansias de que el fulano tome el siguiente paso.

Hace tanto que tomé yo misma el volante de mi vida. No necesito choferes ni copilotos, no siento obligación alguna por seguir reglamentos, juramentos ni respetar la velocidad ajena. Puedo ir donde quiera y cuando quiera. Aún puedo darle al pedal con toda la fuerza de mi anatomía sin preocuparme por lo que el insulso copiloto piense, sentir el cabello flotando cuando rebase el límite permitido sin tener que guardar la compostura; aún siento esa descarga más fuerte que cualquier droga, cuando una refrescante ráfaga me rodea con sus brazos, mi pulso se enloquece con su risa y me da igual si voy en contravía o si me destroza los vidrios con sus embestidas pasionales. 

Adoro su presencia, su prisión me hace sentir libre. Odio que sepa cómo me hierve la piel cuando me alcanza a tocar. Lo disfruto y no pregunto nada más. No me importa quién opine ni qué consciencia pierda su tiempo borrándome. Igual la vía se acorta cada vez más, con cada milla que avanzamos. No hay nada más sensato que disfrutar el recorrido. Dirán lo que sea de mí, pero soy yo quien conduce. No me siento cual damisela en espera de que un galán tome el volante y la lleve a conocer el paraíso. Soy yo quien voy hacia allá, y puedo encontrar sola esa felicidad que el lugar promete. Quizás algún fruto de patios ajenos quiera que lo devore sin piedad, quizás tenga mejor suerte y la ráfaga vuelva a sacarme del camino por un rato, para hacerme llegar a esa velocidad que no conocía. Puede que sobreviva, puede que me vaya de bruces hacia un lado. Puede que el recuerdo de la cima me cause dolor. No me niego sentir nada, a frenar o a acelerar. No soy las ruedas, soy la autopista.

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