No me niego a sentir nada, me
libero al volverme presa de cualquier emoción, sobre todo si es placentera. La
vida se me ha vuelto un recorrido en autopista, donde pagué demasiado peaje y
jamás corrí a mi antojo. Me deleito con la melodía de la lluvia en la ventana
mientras en el auto contiguo, una pareja en sus treinta discute, hartos el uno
del otro y pensando en cómo fue que sus vidas se volvieron una aburrida cadena
de paradas en eventos familiares y conversaciones superfluas sobre dónde
cenarán ese día.
Conozco el sentimiento. He
sufrido demasiado porque así me lo permitía. Escuchaba a los necios que me
obligaban a callar, que me reprimían para que negara mis pulsiones y no me
entregara a las pocas ocasiones que nos da la vida para sentirnos realmente
felices y extasiados, mareados en un arrebato de exaltación y abrumados por el
rápido latir de nuestro pecho cuando los sentidos están atrapados en una nube
de embeleso visual y un aroma encantador.
Es antinatural aquella pretensión
que algunos mortales quisieran que fuera cierta: que en el largo y doloroso
recorrido de la vida una sola persona a la vez podrá satisfacer todas nuestras
necesidades de afecto y atención, sin que haya la mínima inclinación por
acercarnos a otros. Si Dios permite que podamos amar a dos padres o a dos hijos
a la vez, ¿por qué sería imposible amar a más personas? Otros piensan que en
medio de una tediosa esclavitud de deberes no escritos y celosías, la misma
fuente de palabrería puede inspirar una pasión desbordada que se rehúsa a dejar
de perturbar nuestro sueño. Qué tamaña mentira, qué cuento tan infantil. Es
precisamente esa creencia la que tiene a medio planeta en los consultorios de
los terapeutas, en los juzgados o en las casas de ocasión, contando en sollozos
los patéticos reclamos de la que un día se disfrazó de mártir complaciente y
tolerante para cazar en su red a un pobre inútil en el que depositó las
semillas de todos sus sueños sin realizar, sin revisar bien lo que le
vendieron, porque la familia de mente arcaica le dijo que amarrar a un hombre
es condición innegociable para ser feliz y completa.
No hay estadística que contradiga
la triste realidad: las masoquistas que critican a las libres, en el fondo mueren
de envidia. Son ellas las que en sus cuarentas vacían los mostradores de las
farmacias buscando remedios para mantener vivo lo que ya murió, se regañan por
sentir atracción hacia un ejemplar más galán y culto que el que cazaron, o se
consuelan al pensar que por más errores que el hombre cometa, por más mujeres
que mire, toque, desee o frecuente, y por más fantasías que él guarde para sus
sesiones de autocomplacencia, son ellas las que tienen el título de propiedad.
Se les olvida que lo que compran no es un perrito faldero, sino un ser humano
con atributos y defectos incluidos, con derecho a sentir todo lo que quiera,
igual que ellas.
Ser amiga y confidente de tantos
hombres necesitados, reprimidos, que fingen felicidad mientras esperan aplausos
por las veces que se portan con decencia, confundidos entre sus látigos de
culpa y sus ansias de libertad y aceptación genuina, cansados de tener que
pensar todo en base a lo que opine o sienta otra persona, asfixiados de rutina
y con temor a que se les exija una “seriedad de compromiso”, o peor, que se
vendan los ojos para no deslumbrarse con el eclipse en el que se convirtieron
las luces de su pasado, deja un cúmulo de aprendizaje sobre los seres humanos y
los incomprensibles vuelcos que dan a sus destinos mientras recorren la vida en
piloto automático, sin mirar el paisaje ni perdonarse a sí mismos por sus
infracciones. Cuántos secretos les ocultan a esas pobres chicas que merecen
algo mejor, hasta el nuevo padre afirma que su doble vida de pañales y
adulterio es lo que lo mantiene cuerdo ante “una vida caóticamente… caótica”.
La esposa le debe las gracias a la amante; gracias al placer extremo que se
permite tener con ella, su culpa lo pone a cambiar pañales; qué graciosa es la
vida.
Para mis amigos de más años, el
conflicto es la fuente del dolor: algún maldito charlatán de esos que manosean
chiquillos en privado los convenció que desear a más de una mujer sería el
boleto al infierno; quizás les lavaron el cerebro inyectándoles culpas sobre lo
que para todas las especies es más que natural; es más fácil culpar a las
reglas, a los baches del camino o a las distracciones, quién fue el idiota que
las puso ahí. Con mucho dolor, uno de ellos me confiesa: “Ni siquiera sé para qué me comprometí: pensé que todo se arreglaría”.
Siento pena por ellos, su único pecado es tener que juzgarse a sí mismos por
querer vivir el amor en una nueva dimensión: sin culpas ni amarres, ni promesas
que no pueden cumplir, y con la total libertad de sus muy merecidos deseos. El
amor que se regocija con la compañía, sin revolcarse en la posesión y ansias de
que el fulano tome el siguiente paso.
Hace tanto que tomé yo misma el
volante de mi vida. No necesito choferes ni copilotos, no siento obligación
alguna por seguir reglamentos, juramentos ni respetar la velocidad ajena. Puedo
ir donde quiera y cuando quiera. Aún puedo darle al pedal con toda la fuerza de
mi anatomía sin preocuparme por lo que el insulso copiloto piense, sentir el
cabello flotando cuando rebase el límite permitido sin tener que guardar la
compostura; aún siento esa descarga más fuerte que cualquier droga, cuando una
refrescante ráfaga me rodea con sus brazos, mi pulso se enloquece con su risa y
me da igual si voy en contravía o si me destroza los vidrios con sus embestidas
pasionales.
Adoro su presencia, su prisión me
hace sentir libre. Odio que sepa cómo me hierve la piel cuando me alcanza a
tocar. Lo disfruto y no pregunto nada más. No me importa quién opine ni qué
consciencia pierda su tiempo borrándome. Igual la vía se acorta cada vez más,
con cada milla que avanzamos. No hay nada más sensato que disfrutar el
recorrido. Dirán lo que sea de mí, pero soy yo quien conduce. No me siento cual
damisela en espera de que un galán tome el volante y la lleve a conocer el
paraíso. Soy yo quien voy hacia allá, y puedo encontrar sola esa felicidad que
el lugar promete. Quizás algún fruto de patios ajenos quiera que lo devore sin
piedad, quizás tenga mejor suerte y la ráfaga vuelva a sacarme del camino por
un rato, para hacerme llegar a esa velocidad que no conocía. Puede que
sobreviva, puede que me vaya de bruces hacia un lado. Puede que el recuerdo de
la cima me cause dolor. No me niego sentir nada, a frenar o a acelerar. No soy las
ruedas, soy la autopista.

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