Cinco de la
mañana. Sacarme de encima el abrazo del sueño interrumpido, del que aún quiere
acariciar mi cabeza y sumergirme en ese estado de muerte reversible, donde nada
malo puede pasar, donde no hay obligaciones ni angustias, ni contaminación
informativa. Despertar es un suplicio, un sufrimiento necesario, pues tras esas
horas de quietud mental, nuestra mente organiza la nueva información que le
introducimos y limpia la casa para atender las tareas del nuevo día, pero
abandona ese tibio y placentero sepulcro donde mueren nuestras horas de
cansancio, nuestros sueños frustrados del día, nuestras disputas ridículas con
la gente que amamos.
Horas de arrancarme uno a uno los abrazos de
Morfeo, el agua helada me atraviesa y le devuelve la corriente al espinazo. El
cacareo de la pantalla endemoniada en el cuarto contiguo no logra perturbar mi
ritual de inicio del día, sigo entonando una canción de rock clásico,
contemplando mi vision board con las
metas que aún tengo pendientes antes del próximo año, le doy los buenos días a
mi amiga la cafetera, quien me reprocha que la salude antes que a mi familia.
Le confieso que su elixir resucitador me hace más tolerable para ellos, que sus
aromas me alivian el grito matutino de horror ante la vida en esta sociedad que
no se hace más fácil, en parte porque los seres humanos no acostumbran ver el
milagro de una nueva salida del sol.
La luz
artificial todavía no entra a mi morada. Prefiero los mantos azules y grises de
esa luz natural que poco a poco asoman para engalanar el aposento donde el sol
acomoda su trono cada día. Un oscuro azul profundo, cortado con un tajo en el
horizonte, en donde se separa de un celeste temeroso que anuncia la llegada de
la nueva jornada. Las luces de las casas, lentamente anunciando la hora de
levantarse de los niños perezosos en sus camas que tratan de sacar fuerzas para
ir a escuchar sermones sobre la historia patria y digerir derivadas e
integrales, mientras las lámparas de la cocina avisan que las madres están
preparando el desayuno. Quizás algún chico recordará que hoy le toca ver a esa
niña que lo enloquece, o que compartirá algunas horas de diversión en la cancha
de fútbol con sus amigos.
Al otro lado,
un triciclo solitario en la calle, lleva el modo de sustento de un padre de
familia que, por la alegría que muestra en su rostro se nota que está despierto
hace horas. No envidia la carroza lujosa del conductor que le pita para que se
quite del camino, no aspira a verse nunca en una oficina con un cómodo asiento
que no le mate de isquemia los testes, no quiere conocer sus posibilidades,
quiere pagar sus cuentas y mantener a los hijos que Dios le mandó (aunque fue
él quien los encargó), porque “así debe ser y hay que conformarse con tener un
trabajo honrado”.
Detrás se
acerca una nevera rodante con varios cristianos cabeceando contra el vidrio de
la ventana. Una madre con salario inexcusable para todas las horas que dedica a
su trabajo y se separa de sus hijos, un obrero que despertó cuando casi todos
están apenas apoyando la cabeza en la almohada, un estudiante uniformado que
cavila sobre sus nuevas bifurcaciones: escoger la vida universitaria o trabajar
y ganar dinero rápido, embarazar a su novia del momento, vivir apretados en un
hueco donde no puedan escapar uno del otro y diez años después preguntarse qué
hubiese pasado si hubiera optado por estudiar, cuando tuvo todas las
oportunidades y recursos para hacerlo. Dirá que nadie se lo advirtió.
Al otro lado
de la calle, un colegio lujoso con las puertas cerradas. Un humilde conserje
pasando el trapeador sin imaginarse que el trabajo que detesta está salvando
vidas indirectamente: ayuda a cientos de niños a recibir formación en sus aulas
sin exponerse a partículas virales. Lo observo y recuerdo el olor del
detergente que me invadía al cruzar la puerta de mi escuela, olor que antes me
producía estornudos, ahora me evoca nostalgia. Sentada en la entrada, una adolescente
somnolienta con su mochila en su regazo y su cuaderno empapado de los chubascos
que la acompañan en su viaje de regreso a casa. Termina la tarea asignada hace
dos semanas, no porque su madre haya criado a una irresponsable, sino porque el
docente de la materia no se esmera en motivar a sus hijos adoptivos a
aprenderla. No ha llegado un alma a esa hora, sus padres prefieren dejarla
temprano en clase y saltarse el desayuno en familia para llegar a tiempo al
gimnasio. Abren la puerta en plena calle, la chica abandona el vehículo y en
dos segundos el auto se aleja, como el que suelta un saco de cacharros
inservibles que nadie en casa recuerda para qué los compraron. Recuerdo
entonces el beso y abrazo de mi madre cada día antes de despedirme para abordar
el colegial y me imagino que en ese auto ocurre una escena similar.
El mejor de
los detalles sigue en ese cuadro mundano, que no por ser repetitivo deja de producirme
la misma embriagadora emoción, con personajes que a pesar de ser mortales
comunes poseen cada uno cualidades sublimes que hasta puede que desconozcan,
porque no tienen estos momentos de quietud que me obligo a separar de mis horas
previas al trabajo, para no desquiciarme ante tanto circo público y decadencia
humana mientras relevamos a las máquinas, los bits, tweets y mensajes lo que
nuestras manos, labios, ojos y brazos podrían hacer. A lo lejos en el cielo permanece
una estrella solitaria que rehúsa esconderse, la niña rebelde que no quiere
irse a dormir, porque su momento de fulgurar no ha terminado. Tan solitaria que
llama la atención con más fuerza que el astro rey soltando su pijama. No sigue
indicaciones, ni reglas sin sentido, no se va tras la manada de las otras que
se intimidan ante el séquito que precede al intimidante amanecer, ella también
es una estrella.
El sol la hará
invisible en un par de minutos con su soberbia, pero ella volverá en la noche,
no necesita robarle el espectáculo, le recuerda al prepotente astro que ya son
muy pocos los que agradecen verlo asomar por la ventana cada día, que ya casi
nadie se suelta de Morfeo para dar gracias porque sus rayos vuelven a diario a
iluminarles la vida y calentar las frías aceras. Te dan por sentado, dice ella,
solo los que vivieron la verdadera oscuridad, la que ninguna lámpara artificial
puede aclarar, agradecen a Dios verte nuevamente al despertar. Solo los que ven
en esa estrella de la mañana la rebeldía de seguir brillando, aun cuando te
digan que se acabó el tiempo de hacerlo, agradecen ver los dorados bucles de tu
fulgor, y tal como el último día de oscuridad, ven en ellos una maravillosa
bendición.
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