Los patios de entrada de los colegios son sitios de inspiración para quien escribe sobre la realidad cotidiana. Tanta patología y disfunción, oculta tras caras sonrientes y camisas perfectamente planchadas y almidonadas. El abnegado ángel que vigila los pequeños pasos de los escolares, entre halones de oreja para que el imberbe no olvide dar los "buenos días" al entrar a un recinto, no para que aprenda a convivir con los demás, sino para dar una buena impresión del excelente ejemplo que recibe en su hogar. ¿Qué van a decir los vecinos de mí? Lo mismo que dicen a tus espaldas cuando te despides de ellos tras comentar banalidades: lo que realmente opinan de ti.
Tengo una opinión fuertemente arraigada en mi historia familiar con respecto a esa clase de conductas, que generalmente provienen de las madres. Me intriga pensar de dónde sacan que siempre deben ser esas sacrificadas mujeres, colmadas de buenas intenciones que nos toca traducir después de los comentarios soeces o destructivos que realizan con importante frecuencia, desveladas por la opinión ajena y el cumplimiento del deber (el deber de quién, pregunto yo), así sea que nuestra felicidad esté en juego. No se trata de discutir el amor, el agradecimiento o la gratitud que les debemos. No. El propósito ante tal cuestionamiento sería entender por qué hay tantos consultorios colmados de personas llorosas con matrimonios infelices, carreras insatisfactorias y sueños machacados cuyo análisis revela que una décima parte de la raíz de su problema radica en querer complacer a sus madres.
Frente a mi ventana observo el patio de un colegio. Niños de todas las edades, tamaños y ánimos para ir a clases. En la esquina lejana, una mujer desarreglada, maquillaje escaso que seguramente se aplicó a media luz para no despertar a su crío, la ropa de hace tres días porque no gasta un centavo en sus pertenencias para darle todo al niño. Una sonrisa cordial hacia las demás madres del colegio mientras descarga de su espalda la mochila del niño. Sigue pareciendo la escena de una cuña televisiva, hasta que la abnegada estira la mano mientras el niño está por comentarle sobre algún amigo nuevo que hizo en clase, le da un fuerte tirón de oreja y le murmura "saluda a las señoras, malcriado". Mensaje captado: la apariencia y quedar bien con los demás es más importante que tus tontas anécdotas de amigos.
Años después, viajar al campo a casa de los familiares. Agradable ocasión, hasta que la madre murmura: "Vamos a visitar a tu tía Petunia". Te alegras, tu tía siempre tiene una sonrisa que compartir, un vaso de jugo de naranja fresco y una hamaca para que te columpies mientras observas las ramas bailar al son del viento de verano. Pero la abnegada te comenta: "Mejor vamos, para que no digan que no los visitamos si nos ven por ahí". Mensaje captado: la apariencia y quedar bien con los familiares es más importante que demostrarles nuestro cariño e interés en compartir tiempo con ellos. Ningún asombro cuando la misma frase sale de tu boca veinte años después, en el consultorio del terapeuta que se ríe en tu cara, al explicar por qué llamaste a tus suegros si aún estas disgustado y herido con la forma en que te trataron.
Se sigue repitiendo el sermón de complacencia, en todas sus versiones, disfrazando las buenas intenciones ("Yo solo quiero que te vaya bien y que seas feliz" aunque eso en realidad signifique que quieran que vivas según sus expectativas) hasta que la programación mental da fruto. Tomas decisiones por agradar a todos, menos a ti. Tu carrera, el color de tu cuarto, la ropa que usarás en tu primer día de trabajo, la persona con la que sales y luego te casas porque "es lo correcto" o "ya es hora que endereces tu vida", la música que escuchas los domingos en la mañana, el nombre de tu primer hijo... la lista no acaba. A estas alturas ya tienes tu propio sustento, eres un adulto y sin percatarte a tiempo, tomaste caminos de otros, para otros, y así vives, en esa incesante búsqueda de la palmadita en la espalda, que si no llega representa el valor nulo de todas tus cualidades. Tonterías, es precisamente cuando vivimos según nuestro propio código que nos damos cuenta de que no es necesario perder tiempo esperando aprobación.
Y la entrega, por Dios. Esa entrega diaria, ese abandono completo, absoluto y eterno de las prioridades, del tiempo para ser feliz por su cuenta, ese insistente impulso de cargar la mochila del niño hasta la escuela, no con una sonrisa, sino con la obligación sonándole un coscorrón en la culpa. Cargar con la frustración de no darse un pequeño gusto a diario por estar pendiente de todo, lo cual se agradece pero a la larga es un crédito con letras colmadas de intereses difíciles de saldar ("Por ti me sacrifiqué y así me pagas, nunca me compro nada para darte todo"); cargar con la tarea del adolescente que se distrajo chateando y no tiene tiempo para teclear la tarea en google, pero sí para actualizar el facebook con las nuevas obscenidades que le compartieron. Cargar con los problemas laborales y maritales del hijo, con el cuidado del nieto que nadie invitó pero que gracias a Dios está sano y presente, cargar con la ropa sucia que a estas alturas ya debe lavar por su cuenta. Cargar, cargar, cargar... hasta la columna quebrar.
¿Qué hago con mi madre? preguntan algunos. Puede que la tuya sea esa mujer amorosa que olvidó su propia felicidad, como si se lo hubieras pedido. Puede que sea una hermosa persona cuyos dolores autoinflingidos intentas remediar con un sincero y paciente cariño. Si no reacciona, cumpliste con la intención, y tal como nos toca aprender a lo largo de nuestras vidas, la conducta manipuladora y chantajista no hace cambiar a nadie, tal como ellas lo entienden si tenemos los cojones para vivir según nuestras convicciones y el tacto para hacerles ver que así debe ser.
Llega un momento en que hay que soltar la mochila, enseñar al hijo a cargar con su propio equipaje, no resolverle todo porque un día ya no estaremos con él. Nos ahorraríamos mucho dolor si las madres entendieran que nadie les está pidiendo que carguen la mochila, que hagan la tarea ajena, que usen su hermoso vestido de flores para recoger nuestras cagadas. No es trabajo de nadie cambiar a los demás, sino mejorar nuestra propia percepción y conducta ante las tuercas flojas de los seres queridos, porque nosotros también las tenemos. Aceptarlos incondicionalmente, pero también decirles cuando algo que hacen o dicen nos causa dolor, conducta bastante rara en una sociedad reprimida, que prefiere guardar los trapos en un armario hasta que la pestilencia se hace insoportable, en lugar de discutir las diferencias con asertividad. Y también recordarles que la mochila solo tiene espacio para dos brazos, los nuestros.

