martes, 16 de octubre de 2012

"Deja que cargue la mochila"

Los patios de entrada de los colegios son sitios de inspiración para quien escribe sobre la realidad cotidiana. Tanta patología y disfunción, oculta tras caras sonrientes y camisas perfectamente planchadas y almidonadas. El abnegado ángel que vigila los pequeños pasos de los escolares, entre halones de oreja para que el imberbe no olvide dar los "buenos días" al entrar a un recinto, no para que aprenda a convivir con los demás, sino para dar una buena impresión del excelente ejemplo que recibe en su hogar. ¿Qué van a decir los vecinos de mí? Lo mismo que dicen a tus espaldas cuando te despides de ellos tras comentar banalidades: lo que realmente opinan de ti.
 

Tengo una opinión fuertemente arraigada en mi historia familiar con respecto a esa clase de conductas, que generalmente provienen de las madres. Me intriga pensar de dónde sacan que siempre deben ser esas sacrificadas mujeres, colmadas de buenas intenciones que nos toca traducir después de los comentarios soeces o destructivos que realizan con importante frecuencia, desveladas por la opinión ajena y el cumplimiento del deber (el deber de quién, pregunto yo), así sea que nuestra felicidad esté en juego. No se trata de discutir el amor, el agradecimiento o la gratitud que les debemos. No. El propósito ante tal cuestionamiento sería entender por qué hay tantos consultorios colmados de personas llorosas con matrimonios infelices, carreras insatisfactorias y sueños machacados cuyo análisis revela que una décima parte de la raíz de su problema radica en querer complacer a sus madres. 
 
Frente a mi ventana observo el patio de un colegio. Niños de todas las edades, tamaños y ánimos para ir a clases. En la esquina lejana, una mujer desarreglada, maquillaje escaso que seguramente se aplicó a media luz para no despertar a su crío, la ropa de hace tres días porque no gasta un centavo en sus pertenencias para darle todo al niño. Una sonrisa cordial hacia las demás madres del colegio mientras descarga de su espalda la mochila del niño. Sigue pareciendo la escena de una cuña televisiva, hasta que la abnegada estira la mano mientras el niño está por comentarle sobre algún amigo nuevo que hizo en clase, le da un fuerte tirón de oreja y le murmura "saluda a las señoras, malcriado". Mensaje captado: la apariencia y quedar bien con los demás es más importante que tus tontas anécdotas de amigos.

Años después, viajar al campo a casa de los familiares. Agradable ocasión, hasta que la madre murmura: "Vamos a visitar a tu tía Petunia". Te alegras, tu tía siempre tiene una sonrisa que compartir, un vaso de jugo de naranja fresco y una hamaca para que te columpies mientras observas las ramas bailar al son del viento de verano. Pero la abnegada te comenta: "Mejor vamos, para que no digan que no los visitamos si nos ven por ahí". Mensaje captado: la apariencia y quedar bien con los familiares es más importante que demostrarles nuestro cariño e interés en compartir tiempo con ellos. Ningún asombro cuando la misma frase sale de tu boca veinte años después, en el consultorio del terapeuta que se ríe en tu cara, al explicar por qué llamaste a tus suegros si aún estas disgustado y herido con la forma en que te trataron.
 
Se sigue repitiendo el sermón de complacencia, en todas sus versiones, disfrazando las buenas intenciones ("Yo solo quiero que te vaya bien y que seas feliz" aunque eso en realidad signifique que quieran que vivas según sus expectativas) hasta que la programación mental da fruto. Tomas decisiones por agradar a todos, menos a ti. Tu carrera, el color de tu cuarto, la ropa que usarás en tu primer día de trabajo, la persona con la que sales y luego te casas porque "es lo correcto" o "ya es hora que endereces tu vida", la música que escuchas los domingos en la mañana, el nombre de tu primer hijo... la lista no acaba. A estas alturas ya tienes tu propio sustento, eres un adulto y sin percatarte a tiempo, tomaste caminos de otros, para otros, y así vives, en esa incesante búsqueda de la palmadita en la espalda, que si no llega representa el valor nulo de todas tus cualidades. Tonterías, es precisamente cuando vivimos según nuestro propio código que nos damos cuenta de que no es necesario perder tiempo esperando aprobación.

Y la entrega, por Dios. Esa entrega diaria, ese abandono completo, absoluto y eterno de las prioridades, del tiempo para ser feliz por su cuenta, ese insistente impulso de cargar la mochila del niño hasta la escuela, no con una sonrisa, sino con la obligación sonándole un coscorrón en la culpa. Cargar con la frustración de no darse un pequeño gusto a diario por estar pendiente de todo, lo cual se agradece pero a la larga es un crédito con letras colmadas de intereses difíciles de saldar ("Por ti me sacrifiqué y así me pagas, nunca me compro nada para darte todo"); cargar con la tarea del adolescente que se distrajo chateando y no tiene tiempo para teclear la tarea en google, pero sí para actualizar el facebook con las nuevas obscenidades que le compartieron. Cargar con los problemas laborales y maritales del hijo, con el cuidado del nieto que nadie invitó pero que gracias a Dios está sano y presente, cargar con la ropa sucia que a estas alturas ya debe lavar por su cuenta. Cargar, cargar, cargar... hasta la columna quebrar.

¿Qué hago con mi madre? preguntan algunos. Puede que la tuya sea esa mujer amorosa que olvidó su propia felicidad, como si se lo hubieras pedido. Puede que sea una hermosa persona cuyos dolores autoinflingidos intentas remediar con un sincero y paciente cariño. Si no reacciona, cumpliste con la intención, y tal como nos toca aprender a lo largo de nuestras vidas, la conducta manipuladora y chantajista no hace cambiar a nadie, tal como ellas lo entienden si tenemos los cojones para vivir según nuestras convicciones y el tacto para hacerles ver que así debe ser. 
 
Llega un momento en que hay que soltar la mochila, enseñar al hijo a cargar con su propio equipaje, no resolverle todo porque un día ya no estaremos con él. Nos ahorraríamos mucho dolor si las madres entendieran que nadie les está pidiendo que carguen la mochila, que hagan la tarea ajena, que usen su hermoso vestido de flores para recoger nuestras cagadas. No es trabajo de nadie cambiar a los demás, sino mejorar nuestra propia percepción y conducta ante las tuercas flojas de los seres queridos, porque nosotros también las tenemos. Aceptarlos incondicionalmente, pero también decirles cuando algo que hacen o dicen nos causa dolor, conducta bastante rara en una sociedad reprimida, que prefiere guardar los trapos en un armario hasta que la pestilencia se hace insoportable, en lugar de discutir las diferencias con asertividad. Y también recordarles que la mochila solo tiene espacio para dos brazos, los nuestros.

lunes, 1 de octubre de 2012

Velocidad permitida



No me niego a sentir nada, me libero al volverme presa de cualquier emoción, sobre todo si es placentera. La vida se me ha vuelto un recorrido en autopista, donde pagué demasiado peaje y jamás corrí a mi antojo. Me deleito con la melodía de la lluvia en la ventana mientras en el auto contiguo, una pareja en sus treinta discute, hartos el uno del otro y pensando en cómo fue que sus vidas se volvieron una aburrida cadena de paradas en eventos familiares y conversaciones superfluas sobre dónde cenarán ese día.

Conozco el sentimiento. He sufrido demasiado porque así me lo permitía. Escuchaba a los necios que me obligaban a callar, que me reprimían para que negara mis pulsiones y no me entregara a las pocas ocasiones que nos da la vida para sentirnos realmente felices y extasiados, mareados en un arrebato de exaltación y abrumados por el rápido latir de nuestro pecho cuando los sentidos están atrapados en una nube de embeleso visual y un aroma encantador. 

Es antinatural aquella pretensión que algunos mortales quisieran que fuera cierta: que en el largo y doloroso recorrido de la vida una sola persona a la vez podrá satisfacer todas nuestras necesidades de afecto y atención, sin que haya la mínima inclinación por acercarnos a otros. Si Dios permite que podamos amar a dos padres o a dos hijos a la vez, ¿por qué sería imposible amar a más personas? Otros piensan que en medio de una tediosa esclavitud de deberes no escritos y celosías, la misma fuente de palabrería puede inspirar una pasión desbordada que se rehúsa a dejar de perturbar nuestro sueño. Qué tamaña mentira, qué cuento tan infantil. Es precisamente esa creencia la que tiene a medio planeta en los consultorios de los terapeutas, en los juzgados o en las casas de ocasión, contando en sollozos los patéticos reclamos de la que un día se disfrazó de mártir complaciente y tolerante para cazar en su red a un pobre inútil en el que depositó las semillas de todos sus sueños sin realizar, sin revisar bien lo que le vendieron, porque la familia de mente arcaica le dijo que amarrar a un hombre es condición innegociable para ser feliz y completa. 

No hay estadística que contradiga la triste realidad: las masoquistas que critican a las libres, en el fondo mueren de envidia. Son ellas las que en sus cuarentas vacían los mostradores de las farmacias buscando remedios para mantener vivo lo que ya murió, se regañan por sentir atracción hacia un ejemplar más galán y culto que el que cazaron, o se consuelan al pensar que por más errores que el hombre cometa, por más mujeres que mire, toque, desee o frecuente, y por más fantasías que él guarde para sus sesiones de autocomplacencia, son ellas las que tienen el título de propiedad. Se les olvida que lo que compran no es un perrito faldero, sino un ser humano con atributos y defectos incluidos, con derecho a sentir todo lo que quiera, igual que ellas.

Ser amiga y confidente de tantos hombres necesitados, reprimidos, que fingen felicidad mientras esperan aplausos por las veces que se portan con decencia, confundidos entre sus látigos de culpa y sus ansias de libertad y aceptación genuina, cansados de tener que pensar todo en base a lo que opine o sienta otra persona, asfixiados de rutina y con temor a que se les exija una “seriedad de compromiso”, o peor, que se vendan los ojos para no deslumbrarse con el eclipse en el que se convirtieron las luces de su pasado, deja un cúmulo de aprendizaje sobre los seres humanos y los incomprensibles vuelcos que dan a sus destinos mientras recorren la vida en piloto automático, sin mirar el paisaje ni perdonarse a sí mismos por sus infracciones. Cuántos secretos les ocultan a esas pobres chicas que merecen algo mejor, hasta el nuevo padre afirma que su doble vida de pañales y adulterio es lo que lo mantiene cuerdo ante “una vida caóticamente… caótica”. La esposa le debe las gracias a la amante; gracias al placer extremo que se permite tener con ella, su culpa lo pone a cambiar pañales; qué graciosa es la vida. 

Para mis amigos de más años, el conflicto es la fuente del dolor: algún maldito charlatán de esos que manosean chiquillos en privado los convenció que desear a más de una mujer sería el boleto al infierno; quizás les lavaron el cerebro inyectándoles culpas sobre lo que para todas las especies es más que natural; es más fácil culpar a las reglas, a los baches del camino o a las distracciones, quién fue el idiota que las puso ahí. Con mucho dolor, uno de ellos me confiesa: “Ni siquiera sé para qué me comprometí: pensé que todo se arreglaría”. Siento pena por ellos, su único pecado es tener que juzgarse a sí mismos por querer vivir el amor en una nueva dimensión: sin culpas ni amarres, ni promesas que no pueden cumplir, y con la total libertad de sus muy merecidos deseos. El amor que se regocija con la compañía, sin revolcarse en la posesión y ansias de que el fulano tome el siguiente paso.

Hace tanto que tomé yo misma el volante de mi vida. No necesito choferes ni copilotos, no siento obligación alguna por seguir reglamentos, juramentos ni respetar la velocidad ajena. Puedo ir donde quiera y cuando quiera. Aún puedo darle al pedal con toda la fuerza de mi anatomía sin preocuparme por lo que el insulso copiloto piense, sentir el cabello flotando cuando rebase el límite permitido sin tener que guardar la compostura; aún siento esa descarga más fuerte que cualquier droga, cuando una refrescante ráfaga me rodea con sus brazos, mi pulso se enloquece con su risa y me da igual si voy en contravía o si me destroza los vidrios con sus embestidas pasionales. 

Adoro su presencia, su prisión me hace sentir libre. Odio que sepa cómo me hierve la piel cuando me alcanza a tocar. Lo disfruto y no pregunto nada más. No me importa quién opine ni qué consciencia pierda su tiempo borrándome. Igual la vía se acorta cada vez más, con cada milla que avanzamos. No hay nada más sensato que disfrutar el recorrido. Dirán lo que sea de mí, pero soy yo quien conduce. No me siento cual damisela en espera de que un galán tome el volante y la lleve a conocer el paraíso. Soy yo quien voy hacia allá, y puedo encontrar sola esa felicidad que el lugar promete. Quizás algún fruto de patios ajenos quiera que lo devore sin piedad, quizás tenga mejor suerte y la ráfaga vuelva a sacarme del camino por un rato, para hacerme llegar a esa velocidad que no conocía. Puede que sobreviva, puede que me vaya de bruces hacia un lado. Puede que el recuerdo de la cima me cause dolor. No me niego sentir nada, a frenar o a acelerar. No soy las ruedas, soy la autopista.