jueves, 17 de octubre de 2013

Gracias a ella...

Era una mujer sabia, una maestra. Una consejera como pocas. 
Llegaba al salón entre el bullicio del desorden hormonal y los chasquidos molestos de la goma de mascar. Su clase era en la tarde, cuando el estómago se apodera de la sangre, necesitada urgentemente en el cerebro para no ceder al sueño del almuerzo. Prestar atención a una clase de literatura se vuelve un reto con el buche lleno.
Eran las dos de la tarde cuando abría su pesado volumen de "El Quijote", con la esperanza de que el nuevo día nos hubiese cambiado la mentalidad y le prestásemos nuestros oídos calentones. Nos trataba de enamorar de Quevedo, Rulfo, Isaacs, Vargas Llosa. Me sentaba en la primera fila a conocer sobre esos hombres que ella tanto amaba y que yo empezaba a conocer, mientras una gran parte de mis camaradas eran mucho más cuerdos que yo y preferían discutir de Kafu, Aldo, Toby y Danger. Unos pocos seguíamos la lección, y nos divertía hacer los papeles de los diálogos en las novelas que nos asignaba. 
Aunque, no lo niego. Cabeceaba un par de veces con las andanzas de Odiseo. 

Asignada la lectura. Yo la miraba a los ojos y su semblante cambiaba cuando ella notaba que alguien le escuchaba activamente. Miraba el resto de la algarabía, detrás de los cuatro gatos, y las risotadas burlonas parecían atravesarle el pecho. Tuve tantas ganas de decirle: "No es culpa de ellos, profe. Son sus ignorantes padres quienes no les inculcaron el respeto, mucho menos el gusto o el amor, por los libros". Yo odiaba a sus padres sin siquiera conocerlos, admito que era injusto sentirme así, pero


 no podía evitarlo. Esa minoría de mimados que crecían con el peso de la culpa de sus progenitores: sus juguetes electrónicos para usarlos un día y romperlos o tirarlos a la semana siguiente, sus ropas caras de marca que los hacían sentir mejores que los demás, su poco interés en todo lo que alguien quisiera enseñarles. Esos pocos pero a la vez demasiados, que amaban solo el recreo y la hora de dormir, que se paraban a cantar "era una chica, se llama.."y que llorarían cual imbéciles al graduarse, pero que en plena clase no apreciaban nada. Solo llorarían por despedirse de esa esquina oscura del gimnasio donde sintieron su ingle calentarse.

No les gustaba nada, ninguna asignatura, ningún ideal, no albergaban ningún sueño, y no era su culpa. Producto malogrado de las consecuencias de una falta de atención y tiempo de calidad, compensado con porquerías. 

Ella seguía. Trataba, yo sentía su dolor. No era fácil entender a Cervantes con tanto escándalo. Del enojo, pasaba a la frustración. De ahí a la desesperanza. Levantaba la voz (a todo docente le molesta tener que hacerlo), y se le quebraba, los ignorantes se burlaban. "Qué locura dedicarse a esto", pensaba yo. Siguió esforzándose. Nos llevó al teatro, a unos pocos les pareció lo máximo, a la mayoría le alegró el día salir de la escuela y zamparse un raspado en la plaza de Francia. Quiso que interpretáramos "La vida es sueño", al estilo de una obra de teatro, y un tarado masturbador crónico le torció la boca y dijo "Será 'La vida da sueño', profe". A otros les cayó como un yunque: "Me quitarán tiempo valioso de mi PS, de mi age of/war, star/diablo, mi birria, mi chupata, mi super computadora nueva para bajar 200 pornos en 1 minuto" y yo me preguntaba cómo sus padres los premiaban con tanto cachivache, dando tan poco. Tuve una 486 hasta primer año de universidad. 

Las semanas pasaron para alegría de ellos. Me sentí feliz porque gracias a ella conocí lo que desvelaba a Segismundo, por qué Basil Howard quería matar a Lord Henry, por qué Fiodor y Dimitri se peleaban a la misma mujer, siendo padre e hijo, y visité en mente los rincones privados de Macondo. Pero ella no estaba feliz. Ya no devolvía la sonrisa, solo suspiraba de desaliento. Solo repetía las sinopsis como un auxiliar de vuelo: rutinariamente, esperando que los más sesudos le pongan atención. Decidió no desperdiciar sus perlas en tantos puercos: los libros que ella tanto adoraba eran demasiado valiosos para nuestras cabezas de alcornoque. Me incluyo. Muchas veces adoré las historias de amor cortesano que nos asignaba leer, pero tenía quince años, y la tara inevitable que acompaña los bríos juveniles es, o bien la rebeldía, o la estupidez, o peor, ambas. 
Pudo haber sido mejor que los demás escogieran las lecturas, tal vez. Tal vez no. Algunos eran caso perdido. A todo le ofrecían un rictus de desprecio, yo me preguntaba qué los motivaba a seguir en la escuela, en sus pies, en la vida...
Aprobamos su curso, o se rindió y se canso de vernos la cara. Lo último que hicimos fue escribir. Me encantaba hacerlo, aunque gran parte de mi "obra" era basura. "Y volviste a llenarme, y a vaciarme y a tirarme al río, y empacaste tu morral y tus palabras, y te has ido". Tonterías como esa. Pero ella las leía, las de todos, las de buena letra y las de manchas de mostaza y ketchup. Unas brillaban, otras eran la muestra de lo que una mente juvenil embotada destila: un desfile de "haiga pero hubieron", y de "El gato hace miau, y yo veo el gato haciendo miau". Unos selectos mostraban sus pasiones, a pesar que no despuntaran en notas. Yo los respetaba: amaban tocar guitarra, o jugar fútbol, o batear home runs, o soñaban con ser odontólogos o pilotos, cantaban, dibujaban, querían exponer en galerías o hacer caricaturas, o navegar en un barco gigante de papel. Locuras varias, todas apasionadas. Pero otros eran el simple ganado que se babeaba horas frente a la caja boba, para que luego sus padres tuviesen que llevarlos a medio vestir al colegio.

Nada de pasión por nada. Ella lo sabía, quizá por eso se rindió.

Una noche, entrando a un vecindario, su auto fue embestido por otro. Se fue al cielo con los escritores que tanto amaba. Era yo graduanda, ya casi ni la mencionaba cuando me avisaron. Lloré al recordar, por primera vez, esa frase que me iluminó la cara cuando pocas cosas lo hacían, esas palabras que me hicierons entir valiosa cuando alguien se encargaba de convencerme que no valía nada, esas jornadas en el oasis llamado escuela, donde, por unas horas, todo estaba bien en mi vida; recordé lo último que la profesora Enelda me dijo en su clase:

"Algún día serás escritora".

Todavía se me anuda la garganta al recordarlo. 
Nunca se lo agradecí.
 

sábado, 20 de abril de 2013

Las sobras del día


Vivo a diario sabiendo que voy a morir.

A mis conocidos les altera mucho escuchar esta frase. A mí me altera que les altere, o que no la entiendan. Cuento los segundos, minutos, horas, en las que no exprimo las avaras gotas de fortaleza que los momentos gustosos nos dan, como ahorro para tormentas venideras. No es por mi salud, que a Dios gracias está en buenas condiciones. Ni por mis actividades cotidianas. Es un pavor nocturno, diario, un hiato en la siesta de la tarde tras una larga jornada de estar de pie y caminar a casa. 

Algún incauto de poco raciocinio dirá: "pero uno no puede andar por la vida pensando en que se va a morir". Tiene derecho, pero diría que todo lo contrario. no me interesa abandonar ese pensamiento. Y menos me interesa despilfarrar atención espectáculos dantescos y de pésimo gusto, como los que me rodean cuando permito un minuto de más a que las personas con las cuales intercambio palabras  me contaminen con su pesimismo y desgana. Con su hipnosis de bajo octanaje, sus discursos practicados, sus "shares" sin haber leído la nota completa, y sus buenos modales en el ascensor. Las conversaciones de ascensor, precisamente, son el mejor ejemplo de lo que trato de mostrar.

Ese pequeño espacio de forzosa compañía es la muestra de cuán necesitados estamos por compartir. Le das al compañero de ascensor lo primero que te viene a la cabeza, lo que desayunó tu alma, lo que llevarás para convidarle en el coffee break a tus colegas de cubículo. Tienes una gama de opciones, frescas aseveraciones de tu crío de cuatro años, divertidos chistes de la última vez que te reuniste con tus amigos solo porque sí, y no por algún cumpleaños olvidado. Pero prefieres recibirlos con "¿viste al tipo de las piernas machacadas? tienes que ver esto, mira. Qué feo, no puedo dejar de mirarlo", tal vez porque en vez de pasar un rato escuchando las palabras mudas del alma dolida de un amigo, prefieres ser parte del morbo colectivo, para decir que puedes hablar de lo mismo sin perturbarte. Yo sí me perturbo, con orgullo lo confieso. La simple vista de una paloma tiesa en la acera es capaz de descolocarme.

Horas en eso.
  • En futilidad, en morbo y caos, en dolor ajeno para tu propia curiosidad, en alimentar el fuego del hambre intelectual y emocional general. 
  • En procrastinar (se los dije), en no leer más de lo que el titular quiere que sepas. 
  • En dejarse tratar como bruto (aunque no lo seas, créeme, no lo eres, los medios quieren que lo creas)
  • En darle más importancia al "tengo" que al "quiero". 
  • En ignorar a los que realmente te quieren, para agradar a los que quieres que te quieran. 
  • En abusar de la conjugación futura para hablar de "cuando pase esto o aquello", en vez de decidirse a lograr pequeños pasos para llegar a ese esto o aquello algún día. 
  • En juzgar a los que tienen tiempo para sí mismos y quejarte de lo poco que puedes dedicar a respirar, porque todas esas mulas que tiran de tus extremidades cayeron ahí por accidente, para atormentarte. Porque te obligaron a ser hijo, trabajador, esposo, padre, amante. 
  • En tratar de ser el héroe de todos y estar ahí para todos; dejar de regar las gardenias del patio ajeno que ya tiene quien lo cuide, para ir a plantar tus rosales.

Tus sueños, tu pasión, tus planes, tus ambiciones personales. Alguien te metió en la cabeza que no eran importantes. Y esas almas pobres tienen la libertad de expresar y vociferar lo que sus vacías cabezas les quieran dar de consuelo. Pero lo malo es que tú te lo creíste. Ahora eres adulto. Dices ser libre, tener tus propias ideas,  pero les regalas tu valiosa vida, tus pensamientos, tus horas que te hacen falta, a lo que otros piensen o decidan sobre ti.

Y aquí estás. Eres parte de los pocos que se rebelan contra el yugo de los límites de la campana de Gauss. Lees esto sin preguntarte cuánto gana mi psiquiatra, porque sabes que no es lo mismo escribir que sobrevivir en la realidad, que las letras son el bacanal mental donde todo se puede sin culpas ni látigos. Pero no estás haciendo eso que tanto has postergado. Prefieres tu seguridad, tu tranquilidad, tus cuatro cifras de cuenta bancaria por quincena, otro día, sigues con ese consuelo de "cuando pase esto", mientras tu mente pasa más horas embotada que ocupada.
Te preguntas, muy eventualmente, después de cuidar al mundo entero, de responder a la moral y buenas costumbres que te exige tu jefe durante las horas en que añora encontrarse con su amante, de revisar todos los titulares, tanto importantes como inútiles, de enterarte de cuál celebridad está "esperando bebé", de atender a los amigos que se les antoja aparecerse en tu vida cuando necesitan algo de ti y desatender a los que sí les importas. En tu diario segundo de paz, tu encuentro con el bocón de porcelana, cavilas en las brillantes ideas que quieres plasmar y compartir con el mundo, con los que apreciarán tus atinadas reflexiones y pagarán por ellas. Pero ahí siguen, estancadas, dando vueltas. Y seguirán ahí mientras les dediques la última pizca de vigilia de la jornada, las sobras del día.

viernes, 12 de abril de 2013

Creación interrumpida

  1. El proceso de escribir. Engorroso, interminable, un striptease emocional del que nadie sabe. Creen que los libros te saldrán disparados por la boca o por algún otro agujero fisiológico, que es un simple trabajo donde te sientas frente a una pantalla, a las dos o tres horas terminas, imprimes y sigues con tu vida. Que se hace en fechas programadas, a horas establecidas, y con toda facilitad y soltura. Que mientras lo haces te ves igual que cuando presentas, luces tus galas, frente a un ventanal que da hacia un riachuelo donde no hay más ruido que las gotas de agua al fundirse nuevamente con una gran masa a la que pertenecen, de la que son solo una parte minúscula. Que reposa a tu lado una taza de café y un par de anteojos, como si todos los escritores fuesen miopes (yo lo soy, pero esa es otra historia). Que permaneces en una cabañita de madera con una mecedora chillona en la puerta y tu labrador siguiéndote cuando sales a pasear bajo los frondosos árboles para recargar las pilas de inspiración..
  2.  Tendría indigestión de solo releer lo que escribí, no la tengo solo porque llevo varias horas sin comer, dado que estoy, como muchos colegas a los que veré dentro de unos 130 días, más o menos, en el evento cultural más importante del año. Esta vez, como si fuera poco el enorme placer que me da poder presentar mi obra al público interesado en seguir escuchando, leyendo, lo que esta humilde trastornada tiene que decir, me corresponde el honor de ser el medio por el cual otro autor plasma sus ideas. Un empujón, un jalón de oreja. Lo que desconoce, que trabajar con él me está ayudando a mí también en la disciplina necesaria para mi propio trabajo literario. Serán dos a la vez, hace dos años era una visitante más, una lectora insaciable, una solitaria criatura que se preguntaba cuándo tendrán de país invitado a Italia y como orador especial al mismísimo Eco. (Cumplió ochenta y todavía no lo conozco... comienzo a asustarme). Ahora soy parte del repertorio, qué más podría pedir. Ya recuerdo, podría pedir algo que bastante falta hace, privacidad. 
  3. Escribo estas líneas mientras mi inocente socio en las letras sufre la enésima interrupción de la noche. Sé que esto será un vago recuerdo, cuando por fin veamos concretado nuestro esfuerzo. Mientras tanto, lo engorroso y frustrante del proceso creativo se eleva a la tercera potencia, pues somos dos cerebros distintos que trabajan en una misma faena. Dos escenarios colmados de distracciones por parte de personas amorosas y preocupadas que no entienden el significado de "necesito concentrarme". No es su trabajo entenderlo, es el nuestro aislarnos y evitar que nos toquen la puerta cada media hora para ocupaciones varias. Si fuese un encierro de trabajo convencional, no osarían ni pisar muy fuerte cerca de la puerta. Pero ante los ojos de quienes nunca se enfrascaron en volcar sus verdaderos pensamientos, emociones y fantasmas, la tarea es incomprensible.  
  4. Ni el sueño es bienvenido. Esa hora fatal (porque ahí muere el proceso) donde la cabeza adquiere peso de yunque, los párpados se rinden y el cuerpo se derrama sobre la silla, cada vez más horizontal, es la peor. El momento de inspiración es fulminado por el cansancio de las horas de trabajo. En medio de la noche, una idea para anexar al proyecto, en la mañana, olvidada completamente, no hay manera de escribir con letra clara a esa hora. Dios te libre que tus jefes sepan que dedicas buena parte del tiempo libre a escribir en un blog o trabajar semillas de ideas en las redes sociales. Dios te libre también que sepan que tienes una opinión. Eres una persona, no una máquina repetidora de información académica. 
  5. "¿De dónde sacas tiempo y espacio para hacer tanto? Tú sí puedes, te sobra el tiempo. No como a mí. Entre mi trabajo, la clínica, la casa, los niños, mi marido, mi abuela enferma, mi cuñado alcohólico, las reuniones familiares, esto y aquello...". Esa opinión viciada, que los solteros  nos pasamos la mitad del día con el dedo en el ombligo, que por solo alquilar en vez de pagar casa no nos toca nuestra cuota de responsabilidad y compromisos diarios, como cualquier otro ciudadano, que no hacemos fila en el supermercado preocupados por estirar el salario para que alcance. Que no nos enfermamos, que nos pasamos (como ella sí lo hace y yo no) cuatro horas diarias repartidas, compartiendo y twiteando babosadas. Tuve que trazarle un mapa de un día regular de trabajo para mí. Lo trazo ahora para usted, querido lector que por ya llegar a este párrafo merece un premio. 
  6. Es sencillo.  En lugar de despertar a una hora decente para llegar a las labores a tiempo, agregas una media hora más a la vigilia y se la restas al sueño. Te sientas a dejar que el resplandor del monitor te perfore las córneas, que tratan de ponerse al día con el cambio de rutina ("¿qué está pasando? ¡apaga eso! ¡vamos a dormir una hora más!). Tratas de seguir el hilo de la idea que dejaste con ganas de aflorar en la víspera. Claro, ahora la lees y te suena a una línea sacada de "Las puertas de la percepción" de Huxley. Ni qué decir del matapasiones televisor del cuarto contiguo, del que sale un bullicio cuyas únicas palabras comprensibles son "amigos televidentes, despierten con alegría... sangre... horror... acribillado... tercer debate... elecciones primarias... descomunal tranque". ¿No sería mejor leerlas y ahorrarse ese chabacano estrépito? Buenos días para ti también. Me pregunto cómo soportan la vida con ese desayuno de campeones. En el camino al trabajo tratas de seguir el proceso, pero tu copiloto se siente abandonado porque no le conversas, quizás no sea mala idea, hasta que en medio de una frase como "estamos muy entusiasmados por la forma que está tomando el libro", aprovecha para de repartir buenos deseos a los demás conductores: "taxista de m..., busero de p...., mira la otra pendeja cómo va caminando con audífonos puestos (sic)". Se les quiere tal cual, pero la idea murió.
  7. La esperada llegada a un lugar donde se trabaja con las ideas, tengo suerte de trabajar en un sitio así. Me pagan para usar la cabeza y ayudar a otros a usarla. Aprovecharé la hora previa al inicio de la jornada para refugiarme en el teacher's lounge y revisar ese párrafo en el que me inspiré, qué milagro que salió sin tanta redundancia. Recuerdo cuando en el borrador de STH encontré cien veces "cosas". Qué inocencia la mía. Llegada la hora de iniciar, termina la sesión, un rato libre para seguir trabajando. Ardor en el epigastrio. Dolor de cabeza. Debo comer. Idea, espérame, no me abandones. Pronto estaremos juntos.
  8. Acaba la jornada. Adoro mi trabajo, es el mejor hervidero de creatividad que puedo encontrar, no sé si me la comparten los chicos o se las absorbo sin que se den cuenta. Aunque una de mis peores pesadillas es imaginarme que estén estudiando solo para ser una hormiga obrera más, para desfilar junto al ejército de los que se levantan en la mañana a esperar que el día termine, a pitar en el tráfico y criticar al que va por la calle bajo el son de la música, a tomar el trabajo más estable y seguro que después odiarán, a casarse con el primer mequetrefe que las encante, a tener hijos para decirles que "estudien algo seguro", y a ocupar la oficina más grande de una corporación para invitarme a presentar mi decimoquinto libro y preguntarme ... ver párrafo 5.
  9. Las obras avanzan. Cada una a paso lento pero firme. Es divertido trabajar en un proyecto con alguien que jamás ha publicado, pero es difícil cuando mancilla la pureza de nuestro trabajo con la opinión de su amorosa familia. Los tiene a ellos, a miles de amigos para perder tiempo para hablar sobre zoncerías con personas a las que dedica un cariño incondicional aunque tengan la peor ortografía conocida y los hábitos más cuestionables. Quiere opiniones e impresiones de todos, demasiado ocupados para revisar seis páginas de palabras que ellos mismos dijeron. Demasiado atareados para entenderlo. "Tú no tienes una familia, no lo entiendes, ellos son importantes para mí en esto". La cima es un lugar solitario, déjalos en su paz soporífera, puedes bajar a visitarlos cuando quieras, pero no los hales hacia este remolino. Nunca les va a importar como a ti, quiérelos y punto.
  10.  Yo no tengo ese problema. Solo el problema del tiempo. Exhausta, sin voz, disponerse a trabajar en lo que queda del día. Esperar, crear, mantenerse concentrado en un sitio donde no existe espacio personal, crearlo en tu cabeza. Crear sin pausas, sin descanso, hasta que el traidor cansancio o las obligaciones sociales te saquen del laboratorio invisible. Dormir ofusca, pero es necesario. Mañana será otro día de interrupciones. Otro reto a vencer, otra persona a la que responderle que yo también tengo una vida, que cada día se pone mejor.

sábado, 30 de marzo de 2013

Via crucis - II

0635: Un extraño calor en mi pierna me despierta. Dejé la computadora encendida anoche, perdón, hoy en la madrugada. El escritor en cautiverio tiende a menospreciar las horas de sueño y a rogar porque su necesidad de descanso se reduzca. Cada minuto desperdiciado en otra actividad nos hace tener pesadillas con entregas tardías al corrector de estilo, la larga espera del proceso de editar y revisar que no puede tomarse a la ligera, la interminable angustia de decidir el arte de portada, y rogar porque la imprenta no sufra mayores inconvenientes. 
0645: Las cafeteras deberían venir empotradas a la cama, como si fuesen una lámpara de día. La máquina está congelada, como si fuera poco. Me pregunto qué hace el resto de la humanidad mortal un día como hoy, donde no se puede hacer nada en el mundo laboral.
0700: Necesito un sinónimo para "amigos", pero cada vez que se me ocurre alguno veo a Dumbo columpiándose en la telaraña de Charlotte. ¿O será Babar? Pocos recuerdan a Babar, el rey de los elefantes. A su madre la mató un humano, reemplazó a un rey que comió hongos venenosos y se casó con su sobrina. Hablando de historias para niños y de padres inocentones que juran que saben escoger lo mejor para sus hijos.
0900: Es difícil enseñarle a tu socio lo que puedes visualizar antes que él lo haga. Veo el proyecto en mi mente, cómo quedará cuando esté listo, a él le cuesta verlo. Pocos afortunados tienen la capacidad de dibujar en su mente lo que tanto anhelan encontrar. Ambos se enfrascan en el mismo proyecto, pero cada uno se sumerge en nivel distinto de entrega. Tal vez sea yo la descompensada, nada nuevo bajo el sol. Siempre hay algo mejor que hacer que escribir, a menos que seas escritor.
1000: Los programas de televisión siguen la normalidad de la semana. Extraño esos buenos días en que Viernes Santo era sinónimo de música suave y cero bullicio. Asomo a la ventana y un borrachín da los buenos días al poste de electricidad frente al basurero.
1050: El teléfono celular debe descansar. No creo que haya algo más importante hoy que hablar que la reflexión y el camino con el madero de tormento. La Biblia me produce escalofríos, pero los evangelios están colmados de buenas reflexiones y lecciones para la vida. Las parábolas de Jesús tienen tanto sentido que ni los ateos niegan sus moralejas. Me gustan además los proverbios y el eclesiastés de Salomón. "Hay tiempo para todo".
1100: Si carecemos de condiciones físicas para levantar pesas, se evidenciarán los años de falta de entrenamiento. Así vive en carne propia el escritor novato cuando se percata de su remediable pobreza de vocabulario, a la hora de plasmar en caracteres y vocablos sus ideas, el fondo resulta precioso, la forma, cuestionable. Un simple ejercicio protege de tal limitación: la lectura. Si el precio a pagar en mis años de crecimiento por leer fue aislarme de los carnales, aliados, conocidos, camaradas, compañeros, valió la pena. Ahora los amigos verdaderos que tengo me aprecian por compartirles mis palabras cuando las necesitan.
1200: No hay suficiente shiraz en la nevera para todo lo que falta por escribir. Es hora de un buen almuerzo. El libro que estaba leyendo hace dos días me mira cual niño abandonado. "Ven a pasar tiempo conmigo". Pero debo seguir, aunque al pasar una segunda vuelta por las palabras escritas anoche me saben a vino amargo. Escribir es agónico, carecer de la privacidad necesaria para hacerlo implica ingeniárselas. Música, encierro, prudentes y sanos recesos para acariciar a un pequeño cuadrúpedo y ejercicios físicos de estiramiento para no morir de un tromboembolismo por inmovilidad son los coadyuvantes invaluables de este duro camino. 
1310: Faltan cinco meses para el gran evento, la fiesta más esperada del año. Todo fue tan fluido con el primero. Quizá porque esas cartas ya estaban escritas en mi cabeza durante todos esos años. Este se está convirtiendo en una espada de Longino, ¿o de Damocles? depende de quién juzgue. Mis dedos no trabajan a la velocidad necesaria, estoy agotada. Dormir por las tardes y crear por las noches me está desajustando el hipotálamo. No es un buen signo que me dé sueño cuando veo salir el sol. Mi nariz me recuerda que debo tomar un baño. 
1335: Descanso la vista y desempolvo mis libros. Pronto tendré que inventar una nueva forma de acomodarlos. Observo mi versión de "Los Miserables" de coleccionista. Qué clase de escritor fue Víctor Hugo... ¡diecisiete años! el tipo tardó ese tiempo en terminarla y publicarla. Tamaña tortura para que después sus coetáneos lo mandaran a freír espárragos. Claro, pero ni Las Flores del Mal ni Madame Bovary se le pueden parar al lado en trascendencia. 
1400: Esta amorfa composición está tomando estilo poco a poco. Puedo verlo, cada día y hora más. Igual es inútil, es posible que las páginas que más me entusiasmen sean las que menos sentido tengan, las que sean cercenadas en la edición. Muchos alabaron mi primer libro, yo sigo pensando muy de vez en cuando en esas noches en que releía todo otra vez y decía: "esto va a ser un colosal descalabro. Al fin y al cabo, eso lo deciden los lectores. En sus manos encomiendo mi espíritu.

viernes, 29 de marzo de 2013

Miserere - I


0600: Abro los ojos, Jueves Santo. Despertador mixto: ladridos, las puertas de los vecinos asegurando en vano sus pertenencias con doble cerrojo, como si no corriesen igual peligro cuando se ausentan nueve horas diarias para ir a trabajar, y el televisor en encendido automático que olvidé desprogramar. Es mi día libre, ¿por qué no tomé cinco minutos anoche para desconectarlo? La descarga de adrenalina al recordar los planes para estos días. Las letras y yo. Tortura mental, cuando leo todo es tan hermoso, cuando escribo padezco íleo, jaquecas. Debo levantarme de esta cama, marzo está a punto de morir. Misericordia, Dios, por tu bondad.

0700: Cincuenta palabras más. Recuerdo que mi amigo el fanático de la tecnología me dijo cómo desactivar el parpadeo del cursor en el editor de texto de la computadora (sé cómo se llama, pero no quiero pagarle regalías a Bill Gates), me da demasiada flojera chatearle para preguntarle eso. Esta máquina no tiene conexión a Internet, ventaja suprema, no hay distracciones para enterarse de cuán orgullosa está mamá novata, o tratar de entender por qué tanta gente está compartiendo cómo hacer feliz a un hombre. De pronto deberían dejarse de estupideces y hacerse felices a sí mismas. La gente detesta esa palabra, estupidez y sus derivados, cuando en realidad significa "torpeza notable en comprender las cosas", no es una devaluación de la persona, y estoy convencida que es reversible y que todos caemos en ella en algún corto momento de la vida, tal vez por eso no responden bien al vocablo, la verdad para quien no quiere oírla es como sal en la herida. Antes yo era torpe en comprender cómo usar un cuchillo, ahora doy clases a otros. De todos modos los ofende la palabra, en cambio usan otras sin titubear, mucho más ofensivas, contra sus propia prole, amigos, extraños. Qué estupidez.

0750: El libro está mordaz, o tal vez sea como los dientes del gatito antes que madure. Primero cortan y lastiman, luego se desarrollan firmes y pulidos, para uso controlado. Mordaz, alguien me describió así en algún momento para criticarme, yo le respondí que gracias por el halago, ahí entendí que no conocía el significado de la palabra. Mordaz, qué buen nombre para un niño. Amo las palabras con zeta al final: pertinaz, audaz, capaz, sagaz, solaz, faz, asaz, vivaz, paz. Solo detesto falaz. Tal vez sea hora de seguir escribiendo de una buena vez, altivez, sensatez, madurez, palidez, sencillez, palidez...Diablos, no puedo parar.

0820: Saludo a muchos, nadie responde. Reviso sus estados en el chat a ver si consigo material de inspiración. No es un cumplido pero tampoco es mi culpa que laven sus trapos íntimos en el mensaje de saludo que ve todo el mundo. La juventud enamorada, santo Dios, pensar que yo fui una de esas, cuánto puerco enjoyado dejé por ahí. Esta falacia de los chats es un cuento barato. O tal vez (¡diablos!) no estoy despierta y sueño que el tiempo se detiene y arranca nuevamente cuando termine esta preñez mental. Qué risa, alguien pensará que comparo mi bloqueo mental con el proceso de embarazo, no conocen las cuatro acepciones de la palabra, perdonable. No la buscarán en el diccionario del celular, tablet, pc, internet, ni qué decir en el de la casa, aunque la aplicación de diccionario para móviles pese menos que la de "aplasta hormigas". Así nos tiene la tecnología, harta curiosidad, cero profundidad. Reír para no llorar.

0935: No tengo hambre, no quiero tener hambre, no tengo que comer. Comer significa interrupción. No quemo una sola kilocaloría escribiendo y pensando. Si mis estudiantes me escucharan, clase de ridiculez (...) que estoy diciendo. El cerebro necesita energía, no usa insulina ni se regenera, aunque hay tantos que les haría bien una regeneración cada 120 días como el de ciertas células (chiste médico). ¿Qué hay de desayuno? Oh, no. No hay café, no puede ser. Señor, llévame contigo. Regresa mi alma al cuerpo, queda un sobrecito. Tomaré un tazón de cereal multigrano orgánico y leche de soja con sabor a vainilla. Este no flota como el de rueditas de colores que comía de niña, lo cual es bueno, significa que tiene mucha fibra. Mis provisiones se agotaron, mi madre hará agua de pollo con sal y arroz blanco asesino de células beta pancreáticas y osará que lo coma. Imposible. Debo ir al supermercado, un jueves santo, posterior a quincena, a las 12 del día. Genial. Te veo luego, amado teclado. Contaré los minutos para volver contigo.

1000: Supermercado. Pasillo de los panes. Pan de huevo, pan de mantequilla, con pasas, sin corteza, con granos de mijo, de anís (asco), la esquina olvidada de los panes integrales, multigranos, selectos, orgánicos, toda para mí. Solo estamos un caballero y yo. El hombre pregunta a su esposa cuál tendrá mejor índice glicémico. Diabético complicado, ahora reaprendiendo a comer, sin duda. Uno de su misma edad toma el de mantequilla, blanco y lo coloca en su carretilla junto al jamón, el cartón de leche de vaca entera que ya no sabe a la que su abuela le daba en la finca y los tres tipos distintos de chorizos que hará en el patio de su casa para recibir a su familia. Siempre me invitan a barbacoas, nunca voy. Temo que un día el hombre de la casa se desplome frente a las brochetas y todos me miren a mí para que detenga el auto que va directo al precipicio después de atravesar 365 kilómetros a 60 millas por hora con gasolina de mala calidad y sin revisado.

1015: Pasillo de los productos orgánicos, veganos, sin gluten, bajos en sodio, sin azúcar o sin lactosa. Personas de todas las edades. Qué alivio. Hasta que escucho: "a papá le gustará esto", "la abuela come esto ahora". Qué caro está todo, pero es comida. Me acuerdo del comentario de unn amigo que dice "jamás voy a gastar dinero en un celular que no sea el mejor del mercado", pero cuando le conté que un litro de leche de almendras cuesta 2.50 para arriba, le pareció una locura. Cada uno le da valor a ciertas cosas, yo valoro primero mi vida y lo que la sustenta. 

Sigo mi recorrido. Las cajas son una vana manipulación, abundan palabras como "fresco", "natural",  y se comen el cuento. Quizás yo también con mi corriente vegana orgánica. Quizá todo es un cuento, la música lenta del supermercado a propósito para hacer que te demores más en comprar sazonadores con sabor a raíz de amaranto y jugo natural con polvo de hadas. Un hombre lleva a sus dos hijos con sus carretillas de juguete, se antojan de cada paquete de colores y de todas las marcas de galletas. "No se puede ceder a todo gusto, hijo". Me imagino que eso mismo hace cuando ve a sus colegas de trabajo, gallletas prohibidas en su estricta dieta. Todas saben a lo mismo tarde o temprano, piensa. Mejor me quedo con la que me nutre y me llena de energía. Sé que un día no tendré su dulce sabor en mi boca y la extrañaré. Yo extraño las galletas de animalitos que salían antes, eran delgaditas y venían en un paquete transparente con rayas amarillas y rojas (lloren, generación 80), hacía los ruidos de la jirafa cuando le cortaba la cabeza con mis dientes. Tengo hambre, mejor me apuro.

1130: Mi carretilla está repleta, acabo con los enlatados orgánicos. El caballero frente a mí en la fila de la caja lleva seis paquetes de 6 cervezas que cuestan 6.25 cada uno. Perturbadora casualidad numérica. Estoy alucinando del hambre. Los vegetales siguen subiendo, no me quejo, igual que el adicto a la bebida azucarada carbonatada de etiqueta roja más vendida del mundo no se queja de cuánto deba pagar por el producto. Quiero mis setas y mis ajíes pimentones. La carne de soja está por las nubes también, me apoderé de todas las latas que había. Con frecuencia se agotan. Claro, pero el día que no haya lomo, babilla o falda habrá cierre de calles en toda la ciudad. El pasillo de la carne me recuerda a la morgue, apesta a sangre,; el del pescado me recuerda a mis años en medicina, apesta a... mejor voy a pagar.

1300: Iré al área de libros antes de retirarme para visitar mi engendro. Un apuesto caballero revisa la selección de Coelho, perfectamente organizada. Los libros de autores nacionales apretujados de frente, de costado, sin clasificación alguna, solo veo dos copias del mío. Le mostré mi libro al señor, lo llevó a la caja y regresó para que se lo firmara. Hoy comienza el momento de recogimiento y reflexión, y yo metida en la farándula. Debería darme... ¿vergüenza? No creo que mi pecado sea mayor que el de los cristianos que trabajan por el vil metal hoy, con todo su honesto esfuerzo. Cada vez que firmo un libro titubeo, mi letra sigue empeorando.

El recibo de compra es tan largo que no puedo evitar garabatear unas líneas sobre la mundana escena de la cafetería, mientras espero a mi compañera de compras. Una niña se sube a la mesa y anuncia a gritos que tiene hambre, unos vejetes en la mesa contigua lo celebran. Un empacador almuerza apresurado para seguir con su pesado trabajo de hoy, empacar lo que otros comerán para ganarse los reales con los que comerá él y su hija, nacida el día antes de su graduación del colegio. Qué extrañas decisiones tomamos, que al principio parecen las peores y la vida se encarga de hacer de ellas hermosas consecuencias. Triste que repitan a cada rato que no fueron decisiones, sino la voluntad de Dios. Apuesto a que él no lo hace.
Mesa a mi izquierda. La señora de grandes caderas compró lo más grasoso del menú y lo acompaña con una bebida de dieta. Yo solía hacer eso cuando compensaba mis tributos a la dopamina con ejercicio físico. La entiendo, no la juzgo. La mente no deja de atormentarnos cuando hacemos daño deliberado a nuestro cuerpo para llenarnos de un corto rato de placer y no pagamos una manda.

1320: ¿Por qué sigo aquí? debo ir a casa a escribir. Ni modo, decidí salir a comprar hoy en vez de salir el domingo como todo el mundo. Compré víveres, debo cocinar. Estoy cocinando, debo comer. Tiempo perdido obligatorio, ya iría por la última página. Debo pagar por mi error. O remediar mis obstáculos, teñir mi piel con clorofila y abrir la ventana. Por algo todos los libros vienen de los árboles.