viernes, 23 de marzo de 2012

La pluma es el camino


Escribir es un negocio complicado e ingrato. Un trabajo solitario, igual que la docencia. Un proyecto con el que nunca se está del todo satisfecho con el resultado, igual que ser padres, supongo. También es una canalización saludable a las angustias y hostilidades acumuladas que no pueden salir de otra forma más aceptable. Antes, un pasatiempo, ahora una de mis necesidades básicas.
Mi fascinación con las letras comenzó muy temprano. Los libros eran un regalo frecuente en casa, Aly se desvivía por conseguirme lecturas que me mantuvieran interesada en aprender y de temas varios. A veces el nivel de los libros era muy avanzado para mi comprensión, pero eso no quitaba que me encantaran. Leía conmigo desde muy pequeña, luego yo leía sola, por horas casi. En clase me iba muy bien gracias a este hábito que para mí era muy natural. De haber sido igual de desenvuelta en alguna actividad física quizás tendría medallas y todo ese cuento.

En verano las cosas no variaban mucho. Teniendo acres de patio para jugar y divertirme, prefería quedarme en la hamaca bajo los árboles y tirarme a leer por horas seguidas. No me atraía ir a la playa ni a la finca si había una buena lectura esperándome. No podía llevar mis libros, así que me entretenía con la biblioteca de mis tíos. Un cerro de revistas ‘Escuela para Todos’, otras sobre hechos científicos, las de trivialidades femeninas de mis primas y las de mecánica de los muchachos. Por último, algunos ejemplares de Mafalda. 

Cuando debía quedarme en casa de los vecinos, no había mucho que leer y por falta de otro material interesante, me conformaba con leer el ejemplar del día del diario El Siglo, plagado de sangre, barrios de trifulca, violencia y lenguaje poco pulido. Cualquier cosa con tal de leer algo. De pronto se me ocurrió que podía escribir mis propios libros, ya tenía cierta práctica con composiciones asignadas en clase y concursos de redacción. Mi estilo no era el mejor pero siempre alguien me hacía un comentario sobre lo bien que podía escribir a mi edad. A estas alturas todavía no me lo creo, soy mi más implacable crítica. 

En secundaria inició mi aventura con las rimas. No me había atrevido por temor a hacer algo cacofónico y cursi, pero fue interesante el intento. Mis temas principales eran mis padres, la incertidumbre ante la vida universitaria, el temor a la soledad, las pérdidas y por supuesto, el amor adolescente. De vez en cuando me gusta regresar a esos cuadernos borrosos y empañados para reencontrarme con la chica soñadora que antes era, con esa parte de mi identidad que no quiero perder y que los embates del mundo me han obligado a encerrar.

El año pasado tomé finalmente un curso formal sobre escritura con una de las escritoras más respetadas del país. Utilicé una época confusa de mi vida para dedicarme a algo que me apasiona y rodearme de gente que adora lo mismo que yo. Fue una experiencia increíble, la estocada final para decidirme a tomarme el negocio en serio y sentarme a escribir sin buscar excusas ni esperar a que todo salga perfecto desde el primer renglón. Dos libros simultáneamente en proceso, que serán mis primeros hijos. 

La desventaja del arte, como otros me han explicado hasta el cansancio, es que se vuelve parte de la vida. Afecta cada relación importante que tenemos, cada decisión que tomamos, cada sentimiento queda vinculado de alguna forma a las obras, y hay que abrirse a la experiencia de sentir todo eso que en una vida monótona no podemos tocar. Enojarse, entristecerse, indignarse, avergonzarse, ser fiel a lo que queremos transmitir. Tener una multitud de admiradores de mis ideas es mi lugar de ensueño, y la pluma es el camino.