Escribir es un negocio complicado e ingrato. Un trabajo solitario, igual
que la docencia. Un proyecto con el que nunca se está del todo satisfecho con
el resultado, igual que ser padres, supongo. También es una canalización
saludable a las angustias y hostilidades acumuladas que no pueden salir de otra
forma más aceptable. Antes, un pasatiempo, ahora una de mis necesidades
básicas.
Mi fascinación con las letras comenzó muy temprano. Los libros eran un
regalo frecuente en casa, Aly se desvivía por conseguirme lecturas que me
mantuvieran interesada en aprender y de temas varios. A veces el nivel de los
libros era muy avanzado para mi comprensión, pero eso no quitaba que me
encantaran. Leía conmigo desde muy pequeña, luego yo leía sola, por horas casi.
En clase me iba muy bien gracias a este hábito que para mí era muy natural. De
haber sido igual de desenvuelta en alguna actividad física quizás tendría
medallas y todo ese cuento.
En verano las cosas no variaban mucho. Teniendo acres de patio para
jugar y divertirme, prefería quedarme en la hamaca bajo los árboles y tirarme a
leer por horas seguidas. No me atraía ir a la playa ni a la finca si había una
buena lectura esperándome. No podía llevar mis libros, así que me entretenía
con la biblioteca de mis tíos. Un cerro de revistas ‘Escuela para Todos’, otras
sobre hechos científicos, las de trivialidades femeninas de mis primas y las de
mecánica de los muchachos. Por último, algunos ejemplares de Mafalda.
Cuando debía quedarme en casa de los vecinos, no había mucho que leer y
por falta de otro material interesante, me conformaba con leer el ejemplar del
día del diario El Siglo, plagado de sangre, barrios de trifulca, violencia y
lenguaje poco pulido. Cualquier cosa con tal de leer algo. De pronto se me
ocurrió que podía escribir mis propios libros, ya tenía cierta práctica con
composiciones asignadas en clase y concursos de redacción. Mi estilo no era el mejor
pero siempre alguien me hacía un comentario sobre lo bien que podía escribir a
mi edad. A estas alturas todavía no me lo creo, soy mi más implacable crítica.
En secundaria inició mi aventura con las rimas. No me había atrevido por
temor a hacer algo cacofónico y cursi, pero fue interesante el intento. Mis
temas principales eran mis padres, la incertidumbre ante la vida universitaria,
el temor a la soledad, las pérdidas y por supuesto, el amor adolescente. De vez
en cuando me gusta regresar a esos cuadernos borrosos y empañados para
reencontrarme con la chica soñadora que antes era, con esa parte de mi
identidad que no quiero perder y que los embates del mundo me han obligado a
encerrar.
El año pasado tomé finalmente un curso formal sobre escritura con una de
las escritoras más respetadas del país. Utilicé una época confusa de mi vida
para dedicarme a algo que me apasiona y rodearme de gente que adora lo mismo
que yo. Fue una experiencia increíble, la estocada final para decidirme a
tomarme el negocio en serio y sentarme a escribir sin buscar excusas ni esperar
a que todo salga perfecto desde el primer renglón. Dos libros simultáneamente
en proceso, que serán mis primeros hijos.
La desventaja del arte, como otros me han explicado hasta el cansancio,
es que se vuelve parte de la vida. Afecta cada relación importante que tenemos,
cada decisión que tomamos, cada sentimiento queda vinculado de alguna forma a
las obras, y hay que abrirse a la experiencia de sentir todo eso que en una
vida monótona no podemos tocar. Enojarse, entristecerse, indignarse,
avergonzarse, ser fiel a lo que queremos transmitir. Tener una multitud de
admiradores de mis ideas es mi lugar de ensueño, y la pluma es el camino.
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