A tener que dar al mundo mis más profundas escaras,
a que mis versos nocturnos sólo me importen a mí,
a ser toda prescindible hasta para mi propia sangre,
a mirar en el espejo todo lo que aborrecí,
a decir frases de amor a quien no las ha ganado,
a callarle mis afectos al que me dio el mundo entero,
a tratar de merecerme el cariño cual trofeo,
a asfixiar mis intenciones y mis lánguidos deseos.
A mentirle a los que esperan de mí lo que no me nace,
a engañar a mi consciencia con el fondo de una copa,
a amarrarme a un inocente corazón que de mí anhela,
un futuro de sortijas, juramentos y lisonjas.
A dejar de ser la brisa que voltea tantos cuellos,
el siseo pretencioso que nadie puede ignorar,
el bramido de la bestia que no se rinde a ninguno,
la zancada estrepitosa, inflexible y mordaz.
A esconderme de mi rostro, a negar lo que me duela,
a pedirle concesiones al que tanto me negó,
a que las noches se alarguen cuando me invaden las penas,
a conformarme con poco y no arriesgarme a mejor.
a ignorar lo ya evidente, a aceptar que soy la isla
que todos miran pasmados pero nadie visitó,
a mostrar mi cara al mundo, y aceptar que soy la brisa,
que derrumbó sus quimeras y que nadie se enteró.
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