0600: Abro los ojos, Jueves Santo. Despertador mixto: ladridos, las puertas de los vecinos asegurando en vano sus pertenencias con doble cerrojo, como si no corriesen igual peligro cuando se ausentan nueve horas diarias para ir a trabajar, y el televisor en encendido automático que olvidé desprogramar. Es mi día libre, ¿por qué no tomé cinco minutos anoche para desconectarlo? La descarga de adrenalina al recordar los planes para estos días. Las letras y yo. Tortura mental, cuando leo todo es tan hermoso, cuando escribo padezco íleo, jaquecas. Debo levantarme de esta cama, marzo está a punto de morir. Misericordia, Dios, por tu bondad.
0700: Cincuenta palabras más. Recuerdo que mi amigo el fanático de la tecnología me dijo cómo desactivar el parpadeo del cursor en el editor de texto de la computadora (sé cómo se llama, pero no quiero pagarle regalías a Bill Gates), me da demasiada flojera chatearle para preguntarle eso. Esta máquina no tiene conexión a Internet, ventaja suprema, no hay distracciones para enterarse de cuán orgullosa está mamá novata, o tratar de entender por qué tanta gente está compartiendo cómo hacer feliz a un hombre. De pronto deberían dejarse de estupideces y hacerse felices a sí mismas. La gente detesta esa palabra, estupidez y sus derivados, cuando en realidad significa "torpeza notable en comprender las cosas", no es una devaluación de la persona, y estoy convencida que es reversible y que todos caemos en ella en algún corto momento de la vida, tal vez por eso no responden bien al vocablo, la verdad para quien no quiere oírla es como sal en la herida. Antes yo era torpe en comprender cómo usar un cuchillo, ahora doy clases a otros. De todos modos los ofende la palabra, en cambio usan otras sin titubear, mucho más ofensivas, contra sus propia prole, amigos, extraños. Qué estupidez.
0750: El libro está mordaz, o tal vez sea como los dientes del gatito antes que madure. Primero cortan y lastiman, luego se desarrollan firmes y pulidos, para uso controlado. Mordaz, alguien me describió así en algún momento para criticarme, yo le respondí que gracias por el halago, ahí entendí que no conocía el significado de la palabra. Mordaz, qué buen nombre para un niño. Amo las palabras con zeta al final: pertinaz, audaz, capaz, sagaz, solaz, faz, asaz, vivaz, paz. Solo detesto falaz. Tal vez sea hora de seguir escribiendo de una buena vez, altivez, sensatez, madurez, palidez, sencillez, palidez...Diablos, no puedo parar.
0820: Saludo a muchos, nadie responde. Reviso sus estados en el chat a ver si consigo material de inspiración. No es un cumplido pero tampoco es mi culpa que laven sus trapos íntimos en el mensaje de saludo que ve todo el mundo. La juventud enamorada, santo Dios, pensar que yo fui una de esas, cuánto puerco enjoyado dejé por ahí. Esta falacia de los chats es un cuento barato. O tal vez (¡diablos!) no estoy despierta y sueño que el tiempo se detiene y arranca nuevamente cuando termine esta preñez mental. Qué risa, alguien pensará que comparo mi bloqueo mental con el proceso de embarazo, no conocen las cuatro acepciones de la palabra, perdonable. No la buscarán en el diccionario del celular, tablet, pc, internet, ni qué decir en el de la casa, aunque la aplicación de diccionario para móviles pese menos que la de "aplasta hormigas". Así nos tiene la tecnología, harta curiosidad, cero profundidad. Reír para no llorar.
0935: No tengo hambre, no quiero tener hambre, no tengo que comer. Comer significa interrupción. No quemo una sola kilocaloría escribiendo y pensando. Si mis estudiantes me escucharan, clase de ridiculez (...) que estoy diciendo. El cerebro necesita energía, no usa insulina ni se regenera, aunque hay tantos que les haría bien una regeneración cada 120 días como el de ciertas células (chiste médico). ¿Qué hay de desayuno? Oh, no. No hay café, no puede ser. Señor, llévame contigo. Regresa mi alma al cuerpo, queda un sobrecito. Tomaré un tazón de cereal multigrano orgánico y leche de soja con sabor a vainilla. Este no flota como el de rueditas de colores que comía de niña, lo cual es bueno, significa que tiene mucha fibra. Mis provisiones se agotaron, mi madre hará agua de pollo con sal y arroz blanco asesino de células beta pancreáticas y osará que lo coma. Imposible. Debo ir al supermercado, un jueves santo, posterior a quincena, a las 12 del día. Genial. Te veo luego, amado teclado. Contaré los minutos para volver contigo.
1000: Supermercado. Pasillo de los panes. Pan de huevo, pan de mantequilla, con pasas, sin corteza, con granos de mijo, de anís (asco), la esquina olvidada de los panes integrales, multigranos, selectos, orgánicos, toda para mí. Solo estamos un caballero y yo. El hombre pregunta a su esposa cuál tendrá mejor índice glicémico. Diabético complicado, ahora reaprendiendo a comer, sin duda. Uno de su misma edad toma el de mantequilla, blanco y lo coloca en su carretilla junto al jamón, el cartón de leche de vaca entera que ya no sabe a la que su abuela le daba en la finca y los tres tipos distintos de chorizos que hará en el patio de su casa para recibir a su familia. Siempre me invitan a barbacoas, nunca voy. Temo que un día el hombre de la casa se desplome frente a las brochetas y todos me miren a mí para que detenga el auto que va directo al precipicio después de atravesar 365 kilómetros a 60 millas por hora con gasolina de mala calidad y sin revisado.
1015: Pasillo de los productos orgánicos, veganos, sin gluten, bajos en sodio, sin azúcar o sin lactosa. Personas de todas las edades. Qué alivio. Hasta que escucho: "a papá le gustará esto", "la abuela come esto ahora". Qué caro está todo, pero es comida. Me acuerdo del comentario de unn amigo que dice "jamás voy a gastar dinero en un celular que no sea el mejor del mercado", pero cuando le conté que un litro de leche de almendras cuesta 2.50 para arriba, le pareció una locura. Cada uno le da valor a ciertas cosas, yo valoro primero mi vida y lo que la sustenta.
Sigo mi recorrido. Las cajas son una vana manipulación, abundan palabras como "fresco", "natural", y se comen el cuento. Quizás yo también con mi corriente vegana orgánica. Quizá todo es un cuento, la música lenta del supermercado a propósito para hacer que te demores más en comprar sazonadores con sabor a raíz de amaranto y jugo natural con polvo de hadas. Un hombre lleva a sus dos hijos con sus carretillas de juguete, se antojan de cada paquete de colores y de todas las marcas de galletas. "No se puede ceder a todo gusto, hijo". Me imagino que eso mismo hace cuando ve a sus colegas de trabajo, gallletas prohibidas en su estricta dieta. Todas saben a lo mismo tarde o temprano, piensa. Mejor me quedo con la que me nutre y me llena de energía. Sé que un día no tendré su dulce sabor en mi boca y la extrañaré. Yo extraño las galletas de animalitos que salían antes, eran delgaditas y venían en un paquete transparente con rayas amarillas y rojas (lloren, generación 80), hacía los ruidos de la jirafa cuando le cortaba la cabeza con mis dientes. Tengo hambre, mejor me apuro.
1130: Mi carretilla está repleta, acabo con los enlatados orgánicos. El caballero frente a mí en la fila de la caja lleva seis paquetes de 6 cervezas que cuestan 6.25 cada uno. Perturbadora casualidad numérica. Estoy alucinando del hambre. Los vegetales siguen subiendo, no me quejo, igual que el adicto a la bebida azucarada carbonatada de etiqueta roja más vendida del mundo no se queja de cuánto deba pagar por el producto. Quiero mis setas y mis ajíes pimentones. La carne de soja está por las nubes también, me apoderé de todas las latas que había. Con frecuencia se agotan. Claro, pero el día que no haya lomo, babilla o falda habrá cierre de calles en toda la ciudad. El pasillo de la carne me recuerda a la morgue, apesta a sangre,; el del pescado me recuerda a mis años en medicina, apesta a... mejor voy a pagar.
1300: Iré al área de libros antes de retirarme para visitar mi engendro. Un apuesto caballero revisa la selección de Coelho, perfectamente organizada. Los libros de autores nacionales apretujados de frente, de costado, sin clasificación alguna, solo veo dos copias del mío. Le mostré mi libro al señor, lo llevó a la caja y regresó para que se lo firmara. Hoy comienza el momento de recogimiento y reflexión, y yo metida en la farándula. Debería darme... ¿vergüenza? No creo que mi pecado sea mayor que el de los cristianos que trabajan por el vil metal hoy, con todo su honesto esfuerzo. Cada vez que firmo un libro titubeo, mi letra sigue empeorando.
El recibo de compra es tan largo que no puedo evitar garabatear unas líneas sobre la mundana escena de la cafetería, mientras espero a mi compañera de compras. Una niña se sube a la mesa y anuncia a gritos que tiene hambre, unos vejetes en la mesa contigua lo celebran. Un empacador almuerza apresurado para seguir con su pesado trabajo de hoy, empacar lo que otros comerán para ganarse los reales con los que comerá él y su hija, nacida el día antes de su graduación del colegio. Qué extrañas decisiones tomamos, que al principio parecen las peores y la vida se encarga de hacer de ellas hermosas consecuencias. Triste que repitan a cada rato que no fueron decisiones, sino la voluntad de Dios. Apuesto a que él no lo hace.
Mesa a mi izquierda. La señora de grandes caderas compró lo más grasoso del menú y lo acompaña con una bebida de dieta. Yo solía hacer eso cuando compensaba mis tributos a la dopamina con ejercicio físico. La entiendo, no la juzgo. La mente no deja de atormentarnos cuando hacemos daño deliberado a nuestro cuerpo para llenarnos de un corto rato de placer y no pagamos una manda.
1320: ¿Por qué sigo aquí? debo ir a casa a escribir. Ni modo, decidí salir a comprar hoy en vez de salir el domingo como todo el mundo. Compré víveres, debo cocinar. Estoy cocinando, debo comer. Tiempo perdido obligatorio, ya iría por la última página. Debo pagar por mi error. O remediar mis obstáculos, teñir mi piel con clorofila y abrir la ventana. Por algo todos los libros vienen de los árboles.


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