viernes, 12 de abril de 2013

Creación interrumpida

  1. El proceso de escribir. Engorroso, interminable, un striptease emocional del que nadie sabe. Creen que los libros te saldrán disparados por la boca o por algún otro agujero fisiológico, que es un simple trabajo donde te sientas frente a una pantalla, a las dos o tres horas terminas, imprimes y sigues con tu vida. Que se hace en fechas programadas, a horas establecidas, y con toda facilitad y soltura. Que mientras lo haces te ves igual que cuando presentas, luces tus galas, frente a un ventanal que da hacia un riachuelo donde no hay más ruido que las gotas de agua al fundirse nuevamente con una gran masa a la que pertenecen, de la que son solo una parte minúscula. Que reposa a tu lado una taza de café y un par de anteojos, como si todos los escritores fuesen miopes (yo lo soy, pero esa es otra historia). Que permaneces en una cabañita de madera con una mecedora chillona en la puerta y tu labrador siguiéndote cuando sales a pasear bajo los frondosos árboles para recargar las pilas de inspiración..
  2.  Tendría indigestión de solo releer lo que escribí, no la tengo solo porque llevo varias horas sin comer, dado que estoy, como muchos colegas a los que veré dentro de unos 130 días, más o menos, en el evento cultural más importante del año. Esta vez, como si fuera poco el enorme placer que me da poder presentar mi obra al público interesado en seguir escuchando, leyendo, lo que esta humilde trastornada tiene que decir, me corresponde el honor de ser el medio por el cual otro autor plasma sus ideas. Un empujón, un jalón de oreja. Lo que desconoce, que trabajar con él me está ayudando a mí también en la disciplina necesaria para mi propio trabajo literario. Serán dos a la vez, hace dos años era una visitante más, una lectora insaciable, una solitaria criatura que se preguntaba cuándo tendrán de país invitado a Italia y como orador especial al mismísimo Eco. (Cumplió ochenta y todavía no lo conozco... comienzo a asustarme). Ahora soy parte del repertorio, qué más podría pedir. Ya recuerdo, podría pedir algo que bastante falta hace, privacidad. 
  3. Escribo estas líneas mientras mi inocente socio en las letras sufre la enésima interrupción de la noche. Sé que esto será un vago recuerdo, cuando por fin veamos concretado nuestro esfuerzo. Mientras tanto, lo engorroso y frustrante del proceso creativo se eleva a la tercera potencia, pues somos dos cerebros distintos que trabajan en una misma faena. Dos escenarios colmados de distracciones por parte de personas amorosas y preocupadas que no entienden el significado de "necesito concentrarme". No es su trabajo entenderlo, es el nuestro aislarnos y evitar que nos toquen la puerta cada media hora para ocupaciones varias. Si fuese un encierro de trabajo convencional, no osarían ni pisar muy fuerte cerca de la puerta. Pero ante los ojos de quienes nunca se enfrascaron en volcar sus verdaderos pensamientos, emociones y fantasmas, la tarea es incomprensible.  
  4. Ni el sueño es bienvenido. Esa hora fatal (porque ahí muere el proceso) donde la cabeza adquiere peso de yunque, los párpados se rinden y el cuerpo se derrama sobre la silla, cada vez más horizontal, es la peor. El momento de inspiración es fulminado por el cansancio de las horas de trabajo. En medio de la noche, una idea para anexar al proyecto, en la mañana, olvidada completamente, no hay manera de escribir con letra clara a esa hora. Dios te libre que tus jefes sepan que dedicas buena parte del tiempo libre a escribir en un blog o trabajar semillas de ideas en las redes sociales. Dios te libre también que sepan que tienes una opinión. Eres una persona, no una máquina repetidora de información académica. 
  5. "¿De dónde sacas tiempo y espacio para hacer tanto? Tú sí puedes, te sobra el tiempo. No como a mí. Entre mi trabajo, la clínica, la casa, los niños, mi marido, mi abuela enferma, mi cuñado alcohólico, las reuniones familiares, esto y aquello...". Esa opinión viciada, que los solteros  nos pasamos la mitad del día con el dedo en el ombligo, que por solo alquilar en vez de pagar casa no nos toca nuestra cuota de responsabilidad y compromisos diarios, como cualquier otro ciudadano, que no hacemos fila en el supermercado preocupados por estirar el salario para que alcance. Que no nos enfermamos, que nos pasamos (como ella sí lo hace y yo no) cuatro horas diarias repartidas, compartiendo y twiteando babosadas. Tuve que trazarle un mapa de un día regular de trabajo para mí. Lo trazo ahora para usted, querido lector que por ya llegar a este párrafo merece un premio. 
  6. Es sencillo.  En lugar de despertar a una hora decente para llegar a las labores a tiempo, agregas una media hora más a la vigilia y se la restas al sueño. Te sientas a dejar que el resplandor del monitor te perfore las córneas, que tratan de ponerse al día con el cambio de rutina ("¿qué está pasando? ¡apaga eso! ¡vamos a dormir una hora más!). Tratas de seguir el hilo de la idea que dejaste con ganas de aflorar en la víspera. Claro, ahora la lees y te suena a una línea sacada de "Las puertas de la percepción" de Huxley. Ni qué decir del matapasiones televisor del cuarto contiguo, del que sale un bullicio cuyas únicas palabras comprensibles son "amigos televidentes, despierten con alegría... sangre... horror... acribillado... tercer debate... elecciones primarias... descomunal tranque". ¿No sería mejor leerlas y ahorrarse ese chabacano estrépito? Buenos días para ti también. Me pregunto cómo soportan la vida con ese desayuno de campeones. En el camino al trabajo tratas de seguir el proceso, pero tu copiloto se siente abandonado porque no le conversas, quizás no sea mala idea, hasta que en medio de una frase como "estamos muy entusiasmados por la forma que está tomando el libro", aprovecha para de repartir buenos deseos a los demás conductores: "taxista de m..., busero de p...., mira la otra pendeja cómo va caminando con audífonos puestos (sic)". Se les quiere tal cual, pero la idea murió.
  7. La esperada llegada a un lugar donde se trabaja con las ideas, tengo suerte de trabajar en un sitio así. Me pagan para usar la cabeza y ayudar a otros a usarla. Aprovecharé la hora previa al inicio de la jornada para refugiarme en el teacher's lounge y revisar ese párrafo en el que me inspiré, qué milagro que salió sin tanta redundancia. Recuerdo cuando en el borrador de STH encontré cien veces "cosas". Qué inocencia la mía. Llegada la hora de iniciar, termina la sesión, un rato libre para seguir trabajando. Ardor en el epigastrio. Dolor de cabeza. Debo comer. Idea, espérame, no me abandones. Pronto estaremos juntos.
  8. Acaba la jornada. Adoro mi trabajo, es el mejor hervidero de creatividad que puedo encontrar, no sé si me la comparten los chicos o se las absorbo sin que se den cuenta. Aunque una de mis peores pesadillas es imaginarme que estén estudiando solo para ser una hormiga obrera más, para desfilar junto al ejército de los que se levantan en la mañana a esperar que el día termine, a pitar en el tráfico y criticar al que va por la calle bajo el son de la música, a tomar el trabajo más estable y seguro que después odiarán, a casarse con el primer mequetrefe que las encante, a tener hijos para decirles que "estudien algo seguro", y a ocupar la oficina más grande de una corporación para invitarme a presentar mi decimoquinto libro y preguntarme ... ver párrafo 5.
  9. Las obras avanzan. Cada una a paso lento pero firme. Es divertido trabajar en un proyecto con alguien que jamás ha publicado, pero es difícil cuando mancilla la pureza de nuestro trabajo con la opinión de su amorosa familia. Los tiene a ellos, a miles de amigos para perder tiempo para hablar sobre zoncerías con personas a las que dedica un cariño incondicional aunque tengan la peor ortografía conocida y los hábitos más cuestionables. Quiere opiniones e impresiones de todos, demasiado ocupados para revisar seis páginas de palabras que ellos mismos dijeron. Demasiado atareados para entenderlo. "Tú no tienes una familia, no lo entiendes, ellos son importantes para mí en esto". La cima es un lugar solitario, déjalos en su paz soporífera, puedes bajar a visitarlos cuando quieras, pero no los hales hacia este remolino. Nunca les va a importar como a ti, quiérelos y punto.
  10.  Yo no tengo ese problema. Solo el problema del tiempo. Exhausta, sin voz, disponerse a trabajar en lo que queda del día. Esperar, crear, mantenerse concentrado en un sitio donde no existe espacio personal, crearlo en tu cabeza. Crear sin pausas, sin descanso, hasta que el traidor cansancio o las obligaciones sociales te saquen del laboratorio invisible. Dormir ofusca, pero es necesario. Mañana será otro día de interrupciones. Otro reto a vencer, otra persona a la que responderle que yo también tengo una vida, que cada día se pone mejor.

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