Vivo a diario sabiendo que voy a morir.
A mis conocidos les altera mucho escuchar esta frase. A mí me altera que les altere, o que no la entiendan. Cuento los segundos, minutos, horas, en las que no exprimo las avaras gotas de fortaleza que los momentos gustosos nos dan, como ahorro para tormentas venideras. No es por mi salud, que a Dios gracias está en buenas condiciones. Ni por mis actividades cotidianas. Es un pavor nocturno, diario, un hiato en la siesta de la tarde tras una larga jornada de estar de pie y caminar a casa.
Algún incauto de poco raciocinio dirá: "pero uno no puede andar por la vida pensando en que se va a morir". Tiene derecho, pero diría que todo lo contrario. no me interesa abandonar ese pensamiento. Y menos me interesa despilfarrar atención espectáculos dantescos y de pésimo gusto, como los que me rodean cuando permito un minuto de más a que las personas con las cuales intercambio palabras me contaminen con su pesimismo y desgana. Con su hipnosis de bajo octanaje, sus discursos practicados, sus "shares" sin haber leído la nota completa, y sus buenos modales en el ascensor. Las conversaciones de ascensor, precisamente, son el mejor ejemplo de lo que trato de mostrar.
Ese pequeño espacio de forzosa compañía es la muestra de cuán necesitados estamos por compartir. Le das al compañero de ascensor lo primero que te viene a la cabeza, lo que desayunó tu alma, lo que llevarás para convidarle en el coffee break a tus colegas de cubículo. Tienes una gama de opciones, frescas aseveraciones de tu crío de cuatro años, divertidos chistes de la última vez que te reuniste con tus amigos solo porque sí, y no por algún cumpleaños olvidado. Pero prefieres recibirlos con "¿viste al tipo de las piernas machacadas? tienes que ver esto, mira. Qué feo, no puedo dejar de mirarlo", tal vez porque en vez de pasar un rato escuchando las palabras mudas del alma dolida de un amigo, prefieres ser parte del morbo colectivo, para decir que puedes hablar de lo mismo sin perturbarte. Yo sí me perturbo, con orgullo lo confieso. La simple vista de una paloma tiesa en la acera es capaz de descolocarme.
Horas en eso.
Tus sueños, tu pasión, tus planes, tus ambiciones personales. Alguien te metió en la cabeza que no eran importantes. Y esas almas pobres tienen la libertad de expresar y vociferar lo que sus vacías cabezas les quieran dar de consuelo. Pero lo malo es que tú te lo creíste. Ahora eres adulto. Dices ser libre, tener tus propias ideas, pero les regalas tu valiosa vida, tus pensamientos, tus horas que te hacen falta, a lo que otros piensen o decidan sobre ti.
Y aquí estás. Eres parte de los pocos que se rebelan contra el yugo de los límites de la campana de Gauss. Lees esto sin preguntarte cuánto gana mi psiquiatra, porque sabes que no es lo mismo escribir que sobrevivir en la realidad, que las letras son el bacanal mental donde todo se puede sin culpas ni látigos. Pero no estás haciendo eso que tanto has postergado. Prefieres tu seguridad, tu tranquilidad, tus cuatro cifras de cuenta bancaria por quincena, otro día, sigues con ese consuelo de "cuando pase esto", mientras tu mente pasa más horas embotada que ocupada.
Te preguntas, muy eventualmente, después de cuidar al mundo entero, de responder a la moral y buenas costumbres que te exige tu jefe durante las horas en que añora encontrarse con su amante, de revisar todos los titulares, tanto importantes como inútiles, de enterarte de cuál celebridad está "esperando bebé", de atender a los amigos que se les antoja aparecerse en tu vida cuando necesitan algo de ti y desatender a los que sí les importas. En tu diario segundo de paz, tu encuentro con el bocón de porcelana, cavilas en las brillantes ideas que quieres plasmar y compartir con el mundo, con los que apreciarán tus atinadas reflexiones y pagarán por ellas. Pero ahí siguen, estancadas, dando vueltas. Y seguirán ahí mientras les dediques la última pizca de vigilia de la jornada, las sobras del día.
Horas en eso.
- En futilidad, en morbo y caos, en dolor ajeno para tu propia curiosidad, en alimentar el fuego del hambre intelectual y emocional general.
- En procrastinar (se los dije), en no leer más de lo que el titular quiere que sepas.
- En dejarse tratar como bruto (aunque no lo seas, créeme, no lo eres, los medios quieren que lo creas)
- En darle más importancia al "tengo" que al "quiero".
- En ignorar a los que realmente te quieren, para agradar a los que quieres que te quieran.
- En abusar de la conjugación futura para hablar de "cuando pase esto o aquello", en vez de decidirse a lograr pequeños pasos para llegar a ese esto o aquello algún día.
- En juzgar a los que tienen tiempo para sí mismos y quejarte de lo poco que puedes dedicar a respirar, porque todas esas mulas que tiran de tus extremidades cayeron ahí por accidente, para atormentarte. Porque te obligaron a ser hijo, trabajador, esposo, padre, amante.
- En tratar de ser el héroe de todos y estar ahí para todos; dejar de regar las gardenias del patio ajeno que ya tiene quien lo cuide, para ir a plantar tus rosales.
Tus sueños, tu pasión, tus planes, tus ambiciones personales. Alguien te metió en la cabeza que no eran importantes. Y esas almas pobres tienen la libertad de expresar y vociferar lo que sus vacías cabezas les quieran dar de consuelo. Pero lo malo es que tú te lo creíste. Ahora eres adulto. Dices ser libre, tener tus propias ideas, pero les regalas tu valiosa vida, tus pensamientos, tus horas que te hacen falta, a lo que otros piensen o decidan sobre ti.
Y aquí estás. Eres parte de los pocos que se rebelan contra el yugo de los límites de la campana de Gauss. Lees esto sin preguntarte cuánto gana mi psiquiatra, porque sabes que no es lo mismo escribir que sobrevivir en la realidad, que las letras son el bacanal mental donde todo se puede sin culpas ni látigos. Pero no estás haciendo eso que tanto has postergado. Prefieres tu seguridad, tu tranquilidad, tus cuatro cifras de cuenta bancaria por quincena, otro día, sigues con ese consuelo de "cuando pase esto", mientras tu mente pasa más horas embotada que ocupada.
Te preguntas, muy eventualmente, después de cuidar al mundo entero, de responder a la moral y buenas costumbres que te exige tu jefe durante las horas en que añora encontrarse con su amante, de revisar todos los titulares, tanto importantes como inútiles, de enterarte de cuál celebridad está "esperando bebé", de atender a los amigos que se les antoja aparecerse en tu vida cuando necesitan algo de ti y desatender a los que sí les importas. En tu diario segundo de paz, tu encuentro con el bocón de porcelana, cavilas en las brillantes ideas que quieres plasmar y compartir con el mundo, con los que apreciarán tus atinadas reflexiones y pagarán por ellas. Pero ahí siguen, estancadas, dando vueltas. Y seguirán ahí mientras les dediques la última pizca de vigilia de la jornada, las sobras del día.


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