domingo, 9 de septiembre de 2012

Desequinoccio

(Celebrando tantas cosas, además de un año más desde que se acabó mi pesadilla autorrecetada. Comparto lo que escribí el día que decidí salir de ella. Un día a la vez, un paso a la vez)


Contar ovejas no sirve.
Es ese momento negro en el que la calle se apaga, pero no del todo, pues aún debe agotar mi paciencia con sus chillidos cuasi humanos y sacarme del descanso.
En el preludio estamos yo y mi fiel máquina; dos cachivaches de mucho uso y poca calidad. Dos viejas amigas que a pesar de los pronósticos aún siguen funcionando. Ella en su armazón de lata, yo en 2 metros cuadrados de pellejo.
Mi hogar es mi palacio, pero en ese momento negro es mi prisión. De pronto estoy yo sola con mi absurda y ridícula cabeza. Un beso de buenas noches que luego da paso al horror del más ruin de los silencios: ver un hermoso día agonizar, cansarse de mí e irse a dormir bajo el manto de color carbón.
Dejo en paz a la compacta, me planto a leer alguna sátira. Ni risa me provoca, me voy al encierro azul al que llamo cuarto; la radio me acompaña mientras procedo con mi inútil ritual de higiene y acicalamiento personal, como si no tuviera las entrañas sucias y la fe arrugada. Veo fantasmas y oigo brujas, como los niños traviesos cuando han hecho algo indebido y no lo cuentan. Aún así no dejo que me perturben. Pero esa voz maldita, esa que habla y no quiero escucharla, que me estorba cuando elevo mi oración al de arriba, no la puedo hacer callar (porque soy yo). Será el hambre o el hastío, será el miedo o la incertidumbre, pero todas las noches sucede igual, yo no la invito y ella igual aparece, y desaparece con mi tranquilidad.
Ese momento negro en el que un día da paso a otro, en el que las horas se empiezan a ordenar, mi mente se burla de todas las verdades y ciencias que ha tragado casi a la fuerza, y decide emborracharme con preguntas sin respuesta. Pasa un carro y la calle abandonada le hace un interminable eco. He saltado nuevamente del colchón a ver si hay algo entre las sombras.
¿Por qué me cuestionas tanto? No soy poderosa, ni valiente ni adivina, no tengo esas respuestas ni las quiero todavía. Sólo quiero dormir, tengo una misión pendiente y debo descansar, no me atormentes. No me hagas ver el trasluz de mi aposento cada noche, tatuado del qué será y de lo que debo y no debo hacer. Regálame esas horas de ignorancia y paz en las que sólo somos corazón y aire, esos minutos callados en los que el paisaje más hermoso es el interior de los párpados, en los que somos bellos e imperturbables para luego ser sacados del soponcio por el despertar del nuevo día.
No hagas la noche más larga, sólo hazla más llevadera, no hagas más corto el silencio, sólo haz más corta la espera.
Gracias, Señor, por este nuevo día.


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