Contar ovejas no sirve.
Es ese momento negro en el
que la calle se apaga, pero no del todo, pues aún debe agotar mi paciencia con
sus chillidos cuasi humanos y sacarme del descanso.
En el preludio estamos yo y
mi fiel máquina; dos cachivaches de mucho uso y poca calidad. Dos viejas
amigas que a pesar de los pronósticos aún siguen funcionando. Ella en su
armazón de lata, yo en 2 metros cuadrados de pellejo.
Mi hogar es mi palacio, pero
en ese momento negro es mi prisión. De pronto estoy yo sola con mi absurda y
ridícula cabeza. Un beso de buenas noches que luego da paso al horror del más
ruin de los silencios: ver un hermoso día agonizar, cansarse de mí e irse a
dormir bajo el manto de color carbón.
Dejo en paz a la compacta,
me planto a leer alguna sátira. Ni risa me provoca, me voy al encierro
azul al que llamo cuarto; la radio me acompaña mientras procedo con mi
inútil ritual de higiene y acicalamiento personal, como si no tuviera las
entrañas sucias y la fe arrugada. Veo fantasmas y oigo brujas, como los niños
traviesos cuando han hecho algo indebido y no lo cuentan. Aún así no dejo que
me perturben. Pero esa voz maldita, esa que habla y no quiero escucharla, que
me estorba cuando elevo mi oración al de arriba, no la puedo hacer callar
(porque soy yo). Será el hambre o el hastío, será el miedo o la incertidumbre,
pero todas las noches sucede igual, yo no la invito y ella igual aparece, y desaparece
con mi tranquilidad.
Ese momento negro en el que
un día da paso a otro, en el que las horas se empiezan a ordenar, mi mente se
burla de todas las verdades y ciencias que ha tragado casi a la fuerza, y
decide emborracharme con preguntas sin respuesta. Pasa un carro y la calle
abandonada le hace un interminable eco. He saltado nuevamente del colchón a ver
si hay algo entre las sombras.
¿Por qué me cuestionas tanto? No soy poderosa, ni valiente ni adivina, no tengo esas respuestas ni las quiero todavía. Sólo quiero dormir, tengo una misión pendiente y debo descansar, no me atormentes. No me hagas ver el trasluz de mi aposento cada noche, tatuado del qué será y de lo que debo y no debo hacer. Regálame esas horas de ignorancia y paz en las que sólo somos corazón y aire, esos minutos callados en los que el paisaje más hermoso es el interior de los párpados, en los que somos bellos e imperturbables para luego ser sacados del soponcio por el despertar del nuevo día.
¿Por qué me cuestionas tanto? No soy poderosa, ni valiente ni adivina, no tengo esas respuestas ni las quiero todavía. Sólo quiero dormir, tengo una misión pendiente y debo descansar, no me atormentes. No me hagas ver el trasluz de mi aposento cada noche, tatuado del qué será y de lo que debo y no debo hacer. Regálame esas horas de ignorancia y paz en las que sólo somos corazón y aire, esos minutos callados en los que el paisaje más hermoso es el interior de los párpados, en los que somos bellos e imperturbables para luego ser sacados del soponcio por el despertar del nuevo día.
No hagas la noche más larga,
sólo hazla más llevadera, no hagas más corto el silencio, sólo haz más corta la
espera.
Gracias, Señor, por este
nuevo día.
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