La realidad y lo inevitable ya es bastante duro como para tomar decisiones que nos hagan infelices.
Las mujeres a las que adoro suelen verse en este espejo... en el que una vez me veía yo también. A las que aún siguen en ese camino del "amor sufrido y bondadoso" y de sacrificarse por los demás mientras se menosprecian a sí mismas, por favor no lo hagan. Comparto esta reflexión, cuyo punto final agregué el día que desperté.
He sido justa con
todos, menos conmigo.
He querido dar
satisfacción al resto antes que a mí.
He tenido miedo a
equivocarme y salir de mi zona segura.
He azotado mi
consciencia antes de tener de qué arrepentirme.
He sembrado
frustración para cosechar resentimiento.
He llenado de
amarguras las horas con mis seres queridos por la mala digestión de mis enojos.
He callado mis gritos
por escuchar los ajenos, he dado valor a mis acciones, pero no a mi identidad.
He pensado en cómo
mis actos dañarían a los demás si se enteraran, pero no en cómo me dolerían a
mí.
He postergado mis
sueños más descabellados por respetar los de otros, como si los míos fueran
menos importantes.
He seguido las normas
mientras otros las violan alegremente sobre mí.
He pensado que vivir
200 años no me bastaría para lograr todo lo que quiero, pero que en 20 no he
logrado nada.
He buscado argumentos
para no tropezar, o mejor, para no mirar cuando tropiezo.
He creído que mis
fallos son más imperdonables que los de todos los demás.
He vivido esperando
recompensa en lugar de ir a buscarla.
He sentido vergüenza
por llorar cuando muero por hacerlo.
He amarrado riendas a
mi risa cuando hay motivos suficientes para dejarla correr.
He querido ser
sincera con el mundo mientras me engaño a mí misma impunemente.
He sentido que el
perdón no es para mí, sino para que yo lo pida.
He tratado de aceptar
a todos como son, mientras me impongo condiciones para que otros me acepten.
No hay comentarios:
Publicar un comentario