No soy buena para las mentiras. Pasé gran parte de mi infancia con un espejo moral demasiado pulido, siguiéndome a todas partes. Si mi boca trataba de mentir, tarde o temprano me delatarían mis acciones. Pero a la hora de guardar secretos, lograrlo mejor que cualquiera, solo que con fecha de vencimiento.
A estas alturas los que ya tienen mi libro (por cierto, mil gracias) saben que les oculté cierta información sobre mi vida. Debo disculparme por omitir ese dato que está ahora en la solapa delantera, el secreto no fue con mala intención, sino para evitarme un problema legal o una desafortunada situación donde me viese comprometida a actuar pero sin las herramientas necesarias. Espero lo comprendan.
Para escribir no se necesita talento, sino que se debe tener algo que decir, y un objetivo al decirlo. La literatura es un mundo realmente maravilloso (como el lema de la feria de este año), no solo porque alimenta las mentes de los hambrientos lectores con historias fantásticas y prosa inspiradora y hermosa, sino porque nos da licencia para convertirnos en ese personaje que el mundo real no dejaría en paz, con sus prejuicios e hipócritas sentencias morales. Los libros nos llenan de esperanzas ante las desgracias de la vida, la maldad que entre semejantes malogra los sueños y exprime el corazón, y nos dan esa palmada en la espalda cuando los dedos de nuestros amigos de carne y hueso están ocupados chateando en sus blackmierdis. Les debo a los libros la mayor parte de mi aprendizaje.
Resultó natural entonces que decidiera escribir. He acumulado por años tantos cuadernos, hojas sueltas, diarios de adolescente, documentos preliminares inéditos en word, servilletas con lágrimas de aquellas veces en que les concedí a otros el placer de creerse importantes para mí sin merecerlo, recibos de cenas con versos escritos en la zozobra de saber si la noche acabará en una fría frase de despedida, en un beso lleno de culpas o en un abrazo reprimido. Pero cuando intento escribir ficción, todo lo que me sale, en mi opinión de lectora voraz, es basura. No se puede ser inspirador si lo que escribimos no está encadenado a nuestros sentimientos verdaderos. Eso solo pueden hacerlo dos tipos de escritores: los artistas de la ficción, con una volátil imaginación ejercitada en los trucos de la narrativa, y los que son pura fachada, con más miedo a exponer una parte de su yo verdadero que deseos de aportar a la literatura. Me encanta leer ficción, pero no escribo en ese género aún.
Puede que seas tú, en quien pienso en este momento, el que está leyendo esta confesión. Sabes quién eres, porque cada vez que el mundo te pide una historia moldeas un par de muñecos de arcilla con nombres ficticios, les implantas tus prejuicios, tus miedos, tus caídas vergonzosas, tu mantita de seguridad a la que no puedes soltar a pesar de los años, y posas junto a ellos, sudando hasta por los flancos, con temor a que descubran que es tu mente, tus opiniones, tu propia vida la que se derrama en esas páginas. Es muy cómodo escribir tratando de impresionar. Pues a mí no me impresionas, tienes miedo, nada de tu hermoso exterior evita que sigas siendo para mí más transparente que un vidrio.
Dices que quieres escribir, comienza por hundir el dedo en la llaga. Esa que te sangra y te atrapa el aire en el pecho de la rabia, esa que preferirías dejar de mirar para no saber que es la que te hace llorar cuando te la tocan. Esa que te arranca la única lágrima que te permites soltar cada año. No temas, no hay nada espantoso bajo ese caparazón. Yo que veo en tu interior, te digo que no hay nada que pueda asustarte ahí. Y si el dolor es demasiado, no faltará quien tome tu mano. Porque cuando estés listo para tocar esa llaga, comenzará a sanar, esta vez de verdad y para siempre.
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