Si tuviera una vieja joya, irremplazable, de oro, diamantes o alguna otra piedra preciosa, herencia de alguna abuela Chocha o bisabuela Severa, trabajada con delicadeza, joya que sería el sueño hecho metal de cualquier mujer ilusa que quiera recordar a su viejita represora en su dedito junto al otro aro que la identificará como pertenencia dada por sentada, joya que haya pasado por generación tras generación como una herencia representativa del digno nombre de una familia decente, sobrepoblada con muchos hijos sin ambiciones, ignorancia voluntaria, infinitas necesidades y poca mesura, joya cuya pérdida en el tambor de la lavadora haría llorar a la más amargada de las damas, que valiera suficiente para sentir asfixia al recordar que la dejamos por accidente en un lugar público... la entregaría sin siquiera pensarlo a la primera casa de empeño que me diera una cifra. Con la mano fría, la mente enfocada en lo importante y los pies ansiosos por ir a buscar lo que realmente es valioso. La entregaría y diría: "Quédesela y no se moleste en devolvérmela".
Hace más de un mes comencé a inventariar todos los artículos sin valor trascendental alguno que encontraba en mi cuarto, con el propósito de seguir reuniendo fondos para costear el dichoso libro del que tal vez hablo demasiado. Acababa de recibir la cotización del primer pago que debía realizar para lograr que mi obra estuviese lista a tiempo. Simple, pensaba, sólo tengo que deshacerme de toda esta porquería y publicarla en alguna página de clasificados, en donde un individuo afortunado se beneficie de ellos. Podré obtener una entrada importante, suficiente para amortiguar el descalabro de vaciar mi cuenta y llevar mi salario completo (sí, completo) a la empresa editora.
Nadie respondió al anuncio. Todos preferían (y no los culpo) comprar dichos cachivaches nuevos, pues admitámoslo, no es que durarán mucho de todas maneras. El récord quizás lo tengo yo, que fui la orgullosa propietaria de una computadora personal Compaq presario de 240Mb de RAM y procesador celeron de 733 MHz por ¡9 años!. La inmortal, sólo tuvo un par de infecciones por virus y una reparación de disco duro. soportó un cambio de sistema operativo, una sobrecarga de voltaje por una extensión baratona, y hasta que le derramara doce tazas de café sobre la torre (si alguien desea comprarla, puede contactarme, está guardadita en el armario). La única razón por la que dejé de usarla fue para que los visitantes a quienes se la prestase no se orinaran de la risa al verla. Soy fiel a lo que me es fiel.
Pasan las semanas, los gastos se elevan, pero lo valen. Igual que ver el corazón de un feto en una pantalla a blanco y negro, ver el bosquejo de mis 360 horas de insomnio convertidas en una maqueta de libro me anestesió de todo daño colateral a la enorme inversión realizada. Vendí la línea blanca, los insulsos trajes de marca que me cedió la tía, los muebles que no fueran de primera necesidad; para mí solo basta un colchón, una lámpara para leer y una mesa para comer; de pronto la ganancia no daba positivo, sólo me regresaba al cero.
Pedir dinero prestado es quizás la peor humillación por la que puedo pasar, pero Dios me concedió la suerte de contar con un buen amigo, que sin hacer más preguntas me cedió un buen apoyo inicial, pues llevamos años dándonos la mano mutuamente. Sin embargo, el tiempo se agotaba y la cifra no se completaba. ¿Patrocinio? se resume en dos letras: n-o. Mejor así, la pureza de la cubierta de mi obra no fue adulterada con logos comerciales de instituciones farisaicas, sólo el de la empresa editora que colocó su lista de otras publicaciones en la solapa posterior, a cambio de un descuento que fue como una bocanada de aire ante tanta asfixia.
El último paso, el que traté de evitar: casas de empeño. Luego recordé, en casa no hay nada que pueda empeñar. Si esos sitios aceptaran dientes, los entregaría arrancándomelos uno a uno. Si concedieran dinero a cambio de unas libras de hígado sano, definitivamente me abriría yo misma el hipocondrio derecho y les cedería una buena porción, de todos modos se regenera. Pero a los comerciantes de la desesperación ajena les va mejor con objetos que puedan satisfacer las necesidades inmediatas y embrutecedoras, para que los clientes ni se percaten del momento en que el mazo les apaga el juicio.
El dependiente del infame lugar me mira con cierta compasión y trata de auxiliarme en la misión. "¿No tienes alguna prendita de oro, como tu sortija de quinceaños?". Recuerdo entonces, el caso de la madre a la que conocí en el hospital pediátrico cuyo tesoro más valioso yacía en una fría cama, perforado por catéteres y jeringas en sus pequeños brazos. El niño debía recibir un trasplante de riñón pronto, de lo contrario su calidad de vida sería lentamente consumida y en el peor de los casos, tendría un decaimiento lento y doloroso de su salud y debería confinarse a una máquina de diálisis por quién sabe cuánto.
Sabia y valerosa mujer, lograba poner en orden sus pensamientos para trazar planes que la ayudasen a lograr su objetivo. Sacaba provecho de cada segundo que podía, jugaba con el pequeño, le ayudaba a estudiar y lo distraía cuando llegaba el momento de las inyecciones. Una noche me contó que se encontraba muy aliviada, ya que reunió los fondos necesarios para cubrir la operación del niño y ya tenía el donante. Había empeñado unas sortijas de oro que su madre le había heredado y otras alhajas que sus amigas, también madres, habían reunido. Sus hermanos estaban furiosos al enterarse, ya que las dichosas sortijas fueron, en algún momento, de la abuela que llevaba ya varios años muerta. Le reprocharon que rechazara dinero prestado y prefiriera deshacerse del "invaluable tesoro familiar", cuando bien podía sacrificar algo de tiempo y trabajar horas extras o ingeniárselas para reunir el dinero.
"Qué mal andamos -pensé- una criatura inocente confinado a una deprimente sala de diálisis, sin más alegría que los títeres de mano que su madre reanima cada noche para darle algo de felicidad, ¡y una partida de tontainas haciéndole velorio al pinche anillo de la abuela! Si tanto valor tenía para ellos, será entonces porque la señora era una persona respetable, decente y buena...¡que si se enterara de tal vanidad y sinvergüenzura regresaría del más allá a darles una merecida patada en el esfínter!"
Si tienes una joya invaluable que te cabe en el bolsillo, recuerda que la puerta del otro mundo no se puede cruzar con posesiones, por más "valiosas" que creas que sean.

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