viernes, 29 de junio de 2012

Sin Mecenas


El tedioso proceso de escribir no acaba con el punto final. ¿Cómo es posible que una autora, a punto de ver nacer de la imprenta su opera prima luego de tanto esfuerzo, diga semejante barbaridad? Simple. Vivo en un país donde se despilfarra en tonterías. No puedo ser más franca ni decirlo de otra forma. Un hermoso paraíso donde las personas abundan en talentos pero los mecenas escasean, y los pocos no siempre dirigen sus gentiles recursos hacia las causas que realmente representarían un aporte a la cultura, a la comunidad, a la formación de personas con una perspectiva suficientemente educada como para saber cuándo están burlándose de ellos y cuándo les están abusando. 

Toda tarea con un propósito invaluable exige un sacrificio, una inversión tremenda… inimaginable para mí antes que todo esto comenzara. Desaté a los demonios que encerraba mi cerebro pasional, ese al que mantengo en ataduras y con bozal mientras el mundo se come el cuento de que soy totalmente coherente, que no me pesa un solo día vivido en la consciencia y que ignora la clase de monstruos que habitan mi cabeza, mis sueños, mis páginas privadas que duermen en el cajón de la mesa de noche. Logré reunir ideas coherentes, palabras sencillas pero a la vez formales, visualicé a quién debía escribirle, y para quién publicaría este humilde manojo de páginas, escritas con la tinta de las lágrimas vertidas, la sangre derramada y las mieles probadas. 

Un algoritmo a seguir luego de terminar (o convencerme de que jamás se termina de escribir un libro), una lista de nombres, empresas, números de teléfono, direcciones de correo que nadie abre hace meses, cartas cuyas líneas de clara solicitud de apoyo económico a cambio del reconocimiento por ser parte del progreso de la cultura se ahogan en las mil flores artificiales que debo aventarle antes a cada jefe de mercadeo que se toma la molestia de leer unos extensos 4 párrafos, cantidad que en esta era tecnológica de lectura por trozos suena irrisoria. 

Mi estimada universidad no se digna en ofrecerme un oportuno rechazo, sino que devuelven elegantes excusas, frases sacadas de los manuales de diplomacia del siglo pasado, en el que importaba más quedar bien con los demás que decir la verdad, para luego enviar estúpidos memorandos sobre actividades del día del chocolate, sermonear a todo el cuerpo estudiantil por la ofensa a la vestimenta de una sola desubicada y ensalzar la gran labor que realizan sus docentes, algunos de los cuales no promueven siquiera la consulta de libros y animan a los estudiantes a fotocopiar todo un texto, que a otro sufrido autor le costó tiempo y dinero publicar. 

Solicito entonces el regalo del tiempo a algunos conocidos, personas a las que admiro y adoro por razones distintas, para que si así lo desean revisen el manuscrito y me compartan sus opiniones. Me hubiese ido mejor pagándole a un extraño, pero así menos se lograría la objetividad necesaria. Dos meses después, ninguno ha terminado de leer, unos confiesan sin pena alguna lo atrasados que van con la lectura y se refugian en la misma frase con la que apuesto y no pierdo atienden el resto de los aspectos de sus vidas que no implican dinero, pañales, boletines o rezongos de cónyuge amargado: “cuando tenga un tiempo”. 

Decía mi abuelo que el tiempo no nos pertenece, sino que le pertenecemos, lo único que nos corresponde es decidir qué hacer con él. Si yo pensara de esa forma y me refugiara en que aparecerá ese momento mágico donde se creará ese tiempo que no podré cederle a nada más que a esa tarea que he pospuesto hace rato, jamás hubiese terminado de escribir el libro, mi primer libro, cuya redacción inicié durante un proceso de psicoterapia y desarrollé en su mayoría mientras atendía mi trabajo de día, mis clases de noche y mi vida personal. Curioso es, en verdad: a mí no me sobra una sola hora del día para las parrilladas de “humillemos a la soltera de la familia” o “bebamos cerveza entre hombres para alejarnos de las gordas esposas aburridas”, pero hice el tiempo, como dirían los seres más ocupados de la historia. 

Mi olfato para las patrañas es enorme: la realidad es que no les agrada leer, no les interesa o no pueden concentrarse en un texto personal, íntimo y aleccionador porque el cacareo del celular ante el anuncio de la subida de foto de la nueva sobrinita de la colega de trabajo es más importante.  No soy nadie para criticar las prioridades ajenas, bastante confusión producen las mías a las mentes promedio, pero de pronto me equivoqué al pensar que por ser mis amigos y ofrecerse me cumplirían. 

Solo cumplieron a tiempo y al tiempo los que aparecerán en la página de créditos, como ese ejército de colaboradores que hacen real el sueño de mi vida: mi editora, una mujer por la que guardo tanto respeto y admiración que hasta hablar de ella me cohíbe; los cordiales miembros de la empresa encargada de convertir el documento de Word en un libro real con páginas fragantes, color atractivo y una cubierta adornada con mi nombre. Invaluable también el titánico esfuerzo de mi fotógrafo y amigo, que sin pedírselo se ofreció a leer todo el libro para poder proyectar en las imágenes lo que trato de plasmar en las palabras. Añadido ahora, el apoyo y palabras de aliento de una dama, una autoridad de la cultura panameña, quien desea colaborar en promocionar a los nacionales que presentaremos en la feria.

Contadas unidades por las que guardo un especial agradecimiento, que contrasta totalmente con la magna frustración que el resto del proceso me produce. Contar los cachivaches de mi cuarto a ver cuánto podré obtener si los empeño, mirar cómo el nuevo juguete tecnológico de mi madre se burla en mi cara de su gran valor que no puedo convertir en dinero, mientras hago restas en la hoja de cálculo para saber cuántas comidas deberé saltarme al día para pagar todo a tiempo, armarme de valor para entrar a esa financiera y explicarle a los viejos amigos de mi madre que todo este proyecto está sucediendo a sus espaldas, averiguar cuánto paga el mercado negro por una de mis células reproductoras o un quinto de mi hígado, y el más cómico de todos los malos hábitos que he adquirido gracias a esta temporal preocupación por el dinero: pensar en todos los cheques de pensión alimenticia que mi padre jamás pagó, que bien podrían sumar una cantidad suficiente para que la tirada de la primera edición de mi libro fuera de unos nueve mil ejemplares. 

Qué buenos tiempos los de los mecenas, supongo. El artista no debía arrancarse los cabellos pensando cómo financiar el lienzo, las ilustraciones, las actividades de promoción, no había razón para desperdiciar tiempo en conseguir dinero, tiempo que podría usarse para seguir sembrando la semilla de la creatividad. El arte era valioso porque así lo decidía la gente, ahora es costoso, relegado a las segundas planas de los diarios, a cinco días en un año, a unos breves minutos entre el bullicio de la chabacanada televisiva. El arte sin mecenas, el país sin cultura.

1 comentario:

  1. En el dia a dia de nuestras vidas, nos damos cuenta que realizar nuestros objetivos cuesta tanto que es es dificil calcularlo en dinero. Sin embargo, ese esfuerzo debe tener alguna recompenza. Te felicito y te admiro, por todo lo que has hecho para lograr tu meta. lo mas que prometos es ser unos de los primeros en adquirir tu libro... by joe

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