El tedioso proceso de escribir no
acaba con el punto final. ¿Cómo es posible que una autora, a punto de ver nacer
de la imprenta su opera prima luego de tanto esfuerzo, diga semejante
barbaridad? Simple. Vivo en un país donde se despilfarra en tonterías. No puedo
ser más franca ni decirlo de otra forma. Un hermoso paraíso donde las personas
abundan en talentos pero los mecenas escasean, y los pocos no siempre dirigen
sus gentiles recursos hacia las causas que realmente representarían un aporte a
la cultura, a la comunidad, a la formación de personas con una perspectiva
suficientemente educada como para saber cuándo están burlándose de ellos y
cuándo les están abusando.
Toda tarea con un propósito
invaluable exige un sacrificio, una inversión tremenda… inimaginable para mí
antes que todo esto comenzara. Desaté a los demonios que encerraba mi cerebro
pasional, ese al que mantengo en ataduras y con bozal mientras el mundo se come
el cuento de que soy totalmente coherente, que no me pesa un solo día vivido en
la consciencia y que ignora la clase de monstruos que habitan mi cabeza, mis
sueños, mis páginas privadas que duermen en el cajón de la mesa de noche. Logré
reunir ideas coherentes, palabras sencillas pero a la vez formales, visualicé a
quién debía escribirle, y para quién publicaría este humilde manojo de páginas,
escritas con la tinta de las lágrimas vertidas, la sangre derramada y las
mieles probadas.
Un algoritmo a seguir luego de
terminar (o convencerme de que jamás se termina de escribir un libro), una
lista de nombres, empresas, números de teléfono, direcciones de correo que
nadie abre hace meses, cartas cuyas líneas de clara solicitud de apoyo
económico a cambio del reconocimiento por ser parte del progreso de la cultura
se ahogan en las mil flores artificiales que debo aventarle antes a cada jefe
de mercadeo que se toma la molestia de leer unos extensos 4 párrafos, cantidad
que en esta era tecnológica de lectura por trozos suena irrisoria.
Mi estimada universidad no se
digna en ofrecerme un oportuno rechazo, sino que devuelven elegantes excusas,
frases sacadas de los manuales de diplomacia del siglo pasado, en el que
importaba más quedar bien con los demás que decir la verdad, para luego enviar
estúpidos memorandos sobre actividades del día del chocolate, sermonear a todo
el cuerpo estudiantil por la ofensa a la vestimenta de una sola desubicada y
ensalzar la gran labor que realizan sus docentes, algunos de los cuales no
promueven siquiera la consulta de libros y animan a los estudiantes a
fotocopiar todo un texto, que a otro sufrido autor le costó tiempo y dinero
publicar.
Solicito entonces el regalo del
tiempo a algunos conocidos, personas a las que admiro y adoro por razones
distintas, para que si así lo desean revisen el manuscrito y me compartan sus
opiniones. Me hubiese ido mejor pagándole a un extraño, pero así menos se
lograría la objetividad necesaria. Dos meses después, ninguno ha terminado de
leer, unos confiesan sin pena alguna lo atrasados que van con la lectura y se
refugian en la misma frase con la que apuesto y no pierdo atienden el resto de
los aspectos de sus vidas que no implican dinero, pañales, boletines o rezongos
de cónyuge amargado: “cuando tenga un tiempo”.
Decía mi abuelo que el tiempo no
nos pertenece, sino que le pertenecemos, lo único que nos corresponde es
decidir qué hacer con él. Si yo pensara de esa forma y me refugiara en que
aparecerá ese momento mágico donde se creará ese tiempo que no podré cederle a
nada más que a esa tarea que he pospuesto hace rato, jamás hubiese terminado de
escribir el libro, mi primer libro, cuya redacción inicié durante un proceso de
psicoterapia y desarrollé en su mayoría mientras atendía mi trabajo de día, mis
clases de noche y mi vida personal. Curioso es, en verdad: a mí no me sobra una
sola hora del día para las parrilladas de “humillemos a la soltera de la
familia” o “bebamos cerveza entre hombres para alejarnos de las gordas esposas
aburridas”, pero hice el tiempo, como dirían los seres más ocupados de la
historia.
Mi olfato para las patrañas es
enorme: la realidad es que no les agrada leer, no les interesa o no pueden
concentrarse en un texto personal, íntimo y aleccionador porque el cacareo del
celular ante el anuncio de la subida de foto de la nueva sobrinita de la colega
de trabajo es más importante. No soy
nadie para criticar las prioridades ajenas, bastante confusión producen las
mías a las mentes promedio, pero de pronto me equivoqué al pensar que por ser
mis amigos y ofrecerse me cumplirían.
Solo cumplieron a tiempo y al
tiempo los que aparecerán en la página de créditos, como ese ejército de
colaboradores que hacen real el sueño de mi vida: mi editora, una mujer por la
que guardo tanto respeto y admiración que hasta hablar de ella me cohíbe; los
cordiales miembros de la empresa encargada de convertir el documento de Word en
un libro real con páginas fragantes, color atractivo y una cubierta adornada
con mi nombre. Invaluable también el titánico esfuerzo de mi fotógrafo y amigo,
que sin pedírselo se ofreció a leer todo el libro para poder proyectar en las
imágenes lo que trato de plasmar en las palabras. Añadido ahora, el apoyo y
palabras de aliento de una dama, una autoridad de la cultura panameña, quien
desea colaborar en promocionar a los nacionales que presentaremos en la feria.
Contadas unidades por las que
guardo un especial agradecimiento, que contrasta totalmente con la magna
frustración que el resto del proceso me produce. Contar los cachivaches de mi
cuarto a ver cuánto podré obtener si los empeño, mirar cómo el nuevo juguete
tecnológico de mi madre se burla en mi cara de su gran valor que no puedo
convertir en dinero, mientras hago restas en la hoja de cálculo para saber
cuántas comidas deberé saltarme al día para pagar todo a tiempo, armarme de
valor para entrar a esa financiera y explicarle a los viejos amigos de mi madre
que todo este proyecto está sucediendo a sus espaldas, averiguar cuánto paga el
mercado negro por una de mis células reproductoras o un quinto de mi hígado, y
el más cómico de todos los malos hábitos que he adquirido gracias a esta
temporal preocupación por el dinero: pensar en todos los cheques de pensión
alimenticia que mi padre jamás pagó, que bien podrían sumar una cantidad
suficiente para que la tirada de la primera edición de mi libro fuera de unos
nueve mil ejemplares.
Qué buenos tiempos los de los
mecenas, supongo. El artista no debía arrancarse los cabellos pensando cómo
financiar el lienzo, las ilustraciones, las actividades de promoción, no había
razón para desperdiciar tiempo en conseguir dinero, tiempo que podría usarse
para seguir sembrando la semilla de la creatividad. El arte era valioso porque
así lo decidía la gente, ahora es costoso, relegado a las segundas planas de
los diarios, a cinco días en un año, a unos breves minutos entre el bullicio de
la chabacanada televisiva. El arte sin mecenas, el país sin cultura.

En el dia a dia de nuestras vidas, nos damos cuenta que realizar nuestros objetivos cuesta tanto que es es dificil calcularlo en dinero. Sin embargo, ese esfuerzo debe tener alguna recompenza. Te felicito y te admiro, por todo lo que has hecho para lograr tu meta. lo mas que prometos es ser unos de los primeros en adquirir tu libro... by joe
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