Los que realmente me conocen saben lo que pienso del día de San Valentín: es una total manipulación mediática que sólo trae problemas a las parejas. No entiendo la obsesión con celebrar un día empalagoso de costumbres trilladas sólo por cumplir con la fecha. Los adeptos al santo que ni conocen dirán que ya sueno como otra más de la horda de amargadas que no tienen a nadie para celebrarlo, pero ese no es mi caso, y mi repudio no es hacia el amor, sino hacia lo tradicional y aburrido de un día en que muchas chicas esperan que el troglodita de los otros 364 días cumpla a la fuerza con detalles que en otros momentos le nacen espontáneamente.
Es la misma película de todos los años y va modificando un poco la trama según el tiempo que haya pasado desde que está ella esclavizada a él: se acerca el día, la inocente va planificando los posibles sitios a los que llevará arrastrado al pobre sometido sin siquiera preguntarle lo que él quiere hacer. Se sobreentiende que todos los planes que ella tenga serán los que se harán, pero si el otro está demasiado cansado o no tiene dinero, o simplemente no le da la gana de salir ese día, ¡Aléjense todos porque se desatará la ira hormonal!
Lo que realmente me desconcierta es: ¿Por qué rayos ese día se limpia el historial de todas las pequeñas muestras de interés y dedicación que tanto le cuesta al hombre el resto del tiempo? ¿por qué la fijación con la estúpida rosa que se secará y pudrirá en un par de días mientras cuelga tristemente su cabeza desde el jarrón que sólo sirve de criadero para el Aedes? ¿de dónde sale el repentino antojo por los chocolates y demás chucherías cuando el resto del año andan paranoicas por ese helado que se comieron después de cenar? ¿Y por qué corcho se dejan manipular por los comerciales que cometen la salvajada de ponerle precio a las demostraciones de amor?
Conozco a alguien que planeó su boda para que fuera un 14 de febrero. Me pregunto si consideraría menos dichosa su suerte de estar con el hombre al que adora si la boda no hubiese sido ese día. Con lo escasos que son los que dan ese paso con una sonrisa en la cara y el corazón en la mano, esa plebe de ingratas debería reconsiderar lo que realmente importa en una relación, que no son precisamente rosas y chocolates.
Los hombres de mi vida tienen prohibido colmarme con esa clase de cursilerías. Me deprimen las flores cortadas cruelmente de sus tallos para ser empacadas cual costillas de cerdo en un congelador con el único fin de hacer sentir como una reina a una materialista y superficial controladora de hombres que no quiere ser la única sin una rosa en la mano; prefiero una sincera e inesperada hoja de papel con sentimientos paridos de un momento de inspiración en cualquier día del año, y en lugar de una caja de chocolates rellenos de porquerías pegajosas, prefiero un apasionado beso que me tome por sorpresa.

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